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December 2009

29 December, 10:38am

Creo que encontré el rincón más romántico de Londres. Caminaba por Oxford street una oscura tarde del boxing day. Miles de personas saturaban las aceras y las tiendas, que por la avenida abundan, en un vorágine de consumismo visto sólo en pocos lugares del planeta. El frío comenzaba a calar en mi rostro y en mis manos descubiertas, las cuales sumergí en los bolsillos de mis vaqueros, mientras que a la vez comprimía mi cuello para que la bufanda cubriera mi boca y parte de las orejas.

Para un nativo de latitudes tropicales como yo, un profano de los misterios septentrionales, encuentro inquietante que, en invierno, a las cinco de la tarde, la noche más cerrada haya cubierto la vieja Londinium. Sin embargo el espíritu navideño, aunado a los poderes capitalismo salvaje, iluminan la ciudad, adornando cada cruce de avenidas, cada monumento, cada aparador, cada puerta, con luces multicolor, con decoraciones alusivas como coronas, renos y pinos navideños cuajados en brillantes esferas.

Pero mi alma, como suele ser, tenía demandas contradictorias: por un lado me pedía a gritos huir de todo ese ruido sin sentido, mientras que me imploraba no regresar a casa aun. ¿A dónde ir? Tal vez sólo caminar sin dirección, huir constantemente, era la única solución al conflicto.

En la víspera, en más de un par de ocasiones para ser sinceros, algunos declarados turistas me detenían para preguntarme por alguna dirección. Estaban igual o menos perdidos que yo en realidad, y sin embargo había una gran diferencia: estar perdido para alguien que tiene un destino es sinónimo de ansiedad y frustración; mientras que estar perdido para alguien sin rumbo fijo, es un estado natural, tan normal que resulta fácil ser confundido por un nativo.

Y así caminaba entre la muchedumbre, entre la masa heterogénea de nacionalidades, idiomas, colores, olores, sonidos, abrigos y botines. Cuando una cálida brisa acarició mi mejilla derecha. Volví la mirada y encontré un estrecho callejón, con series de luces colgando por encima de esta, semejando una pequeña aurora boreal que se extendía a lo largo de aquel corredor peatonal. Había poca gente en él, sólo un par de almas observando los escaparates salidos de un cuento de Hans Christan Andersen o de los hermanos Grimm. Y una fuerza incontenible desvió mis pasos para internarme en aquél angosto pasaje.

El bullicio de Oxford street se ahogaba en la quietud de Gee's court (así se llama la callejuela) a cada paso que daba, tranquilizando así mi corazón, pero no sólo eso, sino que una fina canción se iba hilvanando en el aire con respecto mis pasos me llevaban a una esplendorosa intersección entre Gee's court y Barret street.  Hay una modesta fuente de roca formada de arcos intersectados en su parte superior, rodeada de bancas donde un músico callejero, armado solamente con una guitarra electroacústica interpretaba delicadamente aquella melodía que había hipnotizado mis pasos: One de U2.

Miré a mi alrededor, en las cuatro esquinas había pequeños restaurantes con terrazas sobre los pasajes, mesas con amantes compartiendo la cena, iluminando sus sonrisas trémulas llamas de velas y quinqués, dando luz a su vez todo el patio.

Los murmullos de los amantes, las miradas cautivadas, absortas en la vergüenza y el placer, las sonrisas mostrando blanquísimos dientes, el frío atenuado por los latidos del corazón. Y la voz de joven cantante:

Did I ask too much?
More than a lot.
You gave me nothing,
Now it's all I got.
We're one
But we're not the same.

Cerré los ojos. Tomé tu mano y quité el guante que la cubría, desnudando tus delicados dedos, que acaricié para darles calor. Quería sentir tu mano, sentirte y que me sintieras. Las curvilineas uñas esmaltadas, tu índice, tu pulgar, el dorso. Y mientras jugaba absorto juntando nuestras yemas, te acercaste a mi inadvertidamente, acercando tu rostro al mio, buscando mis labios y yo busqué los tuyos. El calor de nuestra respiración nos indicaba el  camino, anunciando el maná que emanaría, el alimento de los dioses entregado deliciosamente de tus labios a los mios. El primer contacto fue sutil, tímido, apenas un roce que serviría de heraldo de la celebración próxima. Mis manos soltaron las tuyas buscando tus caderas, subiendo por tu espalda, intentando fundir tu cuerpo dentro del mio, aprisionarlo entre mis brazos, intentando capturar el tiempo y el espacio de ese instante en una eternidad. Sentí tus manos clavarse en mi espalda, dejando sólo el espacio suficiente para que la comunión de los labios fuera inmaculada. Mis labios jugaban con los tuyos, los cubrían, huían, los tocaban furtivamente, caminaban de una comisura a otra, bajan, subían, exploraban tu mentón, para luego dejar que tus labios tomaran la iniciativa para reconocerme. Temí por un momento que te molestara mi barba de varios días, pero no pareció incomodarte, sino lo contrario.

Cuando nuestros labios nos escocían dimos paso al gran beso, donde colmaríamos la sed del uno por el otro, olvidándonos de respirar. La asfixia que sería una simulación de la anhelada petit morte, y paso necesario para la sincronización de nuestros latidos. Colocaste finalmente tu cabeza en mi pecho y nos abrazamos para sentir el único compás marcado por nuestros corazones. Eramos uno. El olor de tu pelo, tu respiración en mi pecho, el vaivén que nos mecía, las curvas de tus caderas. Finalmente estaba en casa.

Abrí los ojos. Una lágrima comenzó a brotar de ellos. El joven músico callejero había terminado su interpretación y había desaparecido. Un dolor inmenso brotaba de mis huesos y el frío acusaba con mayor vehemencia. Tenía que salir corriendo de ahí, seguir huyendo. Sin mirar a mi alrededor, con los ojos fijos en el suelo caminé rápidamente a la desembocadura de la Saint James street y regresé al mundanal ruido de Oxford Street. Dejé que su estridencia acallara la terrible sensibilidad que me atormentaba. Y seguí caminando. ¿Habrá por ahí un pub?

El universo bien podría ser determinista pero no-algorítimico

  1. Corsarios de Levante. Arturo Pérez-Reverte (12-13-2008 / 01-08-2009)
  2. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Stieg Larsson (01-14-2009 / 01-20-2009)
  3. La metamorfosis / Carta al Padre. Franz Kafka (01-21-2009 / 01-29-2009)
  4. Tokio Blues: Norwegian Wood. Haruki Murakami (01-30-2009 / 02-04-2009)
  5. Twilight. Stephenie Meyer (02-04-2009 / 03-07-2009)
  6. Mi vida, mi libertad. Ayaan Hirsi Ali (03-10-2009 / 04-05-2009)
  7. Viajes por el Scriptorium. Paul Auster (04-01-2009 / 04-12-2009)
  8. Sputnik, mi amor. Haruki Murakami (04-13-2009 / 04-19-2009)
  9. Firmin. Sam Savage (05-08-2009 / 05-16-2009)
  10. El misterio del solitario. Jostein Gaarder (05-29-2009 / 06-14-2009)
  11. Historia de un amor maravilloso. Carl-Johan Vallgren (05-17-2009 / 06-26-2009)
  12. La reina en el palacio de las corrientes de aire. Stieg Larsson (06-27-2009 / 07-12-2009)
  13. The graveyard book. Neil Gaiman (06-21-2009 / 07-25-2009)
  14. El Gran Gatsby. F. Scott Fitzgerald (08-09-2009 / 08-11-2009)
  15. El Tao de la Física. Fritjof Capra (08-15-2009 / 10-01-2009)
  16. La nueva mente del emperador. Roger Penrose (04-15-2009 / 12-25-2009)
Finalmente pude terminar este libro. Ha sido uno de los más complicados y que más me he tardado en leer: ¡8 meses! Claro, fue un libro al que le dí muchas pausas, leyendo en ellas otros libros.
Computación, relatividad, mecánica cuántica, consciencia y estructura del cerebro, todo ello explicado y mezclado para que el autor pueda exponer sus propias especulaciones sobre las próximas teorías cientificas que explicarán el universo como un todo.
Espero después abundar más en el libro.
La mala nota es que no llegué al registro de los 20 libros leídos. Aunque dudaría en justificar que este libro vale como tres juntos.

London

When one is tired of London, one is tired of life.
- Samuel Johnson
Abby Road London eye in London Tower Tower bridge

14 December, 5:34pm

Anotaciones en un cuadernillo de viaje:

Otra vez caminando solo por una ciudad desconocida. Tirando millas, siguiendo un río, perdiéndome entre callejuelas medievales. Otra vez viendo parejas absortas, entusiasmadas por su cercanía y sentimiento, mientras me pregunto ¿qué he hecho para evitar esa experiencia?

La libertad tiene su costo, decíamos durante el camino. Pero ese costo no es una renuncia si ya se daba por perdido de antemano. Y habiendo abandonado la esperanza, elegir siempre lo que llevara lejos de todo y todos es fácil.

Debería mejor dejar de observarme y mejor volver la mirada al mundo: Otoño en Bilbao. El fuerte viendo tira las hojas amarillas de los árboles.

¿Por qué sigo pensando que mi vida está a punto de comenzar? No sólo ya empezó, sino que también ya está muy encarrilada.

Las mujeres tienen la única capacidad de revertir la entropía. Reciben en su aterciopelada y húmeda vagina un pene con el fin de compartir gametos que se fundirán, si todo es propicio, en una única célula que albergarán y alimentarán con su propio ser, hasta que dicha célula se convierta en un nuevo ser humano, libre, limpio de consciencia, abierto a la experiencia. O dicho de otra forma, con la entropía al mínimo, recordándonos que la vida, el universo, es fluctuación: big bang - big crunch.

Frente al Nervión pienso en caracterizaciones psicológicas: un super-yo producto de un padre iracundo, siempre insatisfecho de sus hijos, quienes sólo pueden aceptar la soledad como castigo a su insuperable mediocridad y a la vez, por su condición de ser diferentes a los demás.

mi pequeño ego no cabe ya en la oficina

8 December, 5:46pm

En este puente de la Constitución nos fuimos a Bilbao (Bilbo para los toponomistas). Todo surgió cuando le comenté a S., mientras bebíamos todos unas pintas en Cañahueca, que me llamaba la atención conocer Bilbao, y ella sorprendentemente me contestó "Yo voy a ir durante el puente de diciembre con E. Podrías venir con nosotros". Y se cumplió el plazo junto con la propuesta. Pasaron por mi a las ocho de la mañana y tomamos la carretera en su furgoneta. Cruzando rías, dejamos Galicia, recorrimos Asturias ‒observando a un lado el mar Cantábrico y por el otro los Picos de Europa‒, seguimos por Cantabria y entramos por la  provincia de Vizcaya al País Vasco.

Al llegar a Bibao me bajé de la furgo cerca del Casco Viejo siendo abandonado a mi suerte. Me registré en el primer hotel que encontré, dejé a buen recaudo mi maleta y me puse a patear la ciudad. El hotel era fino para mis estándares, caro, pero mi pereza esta vez ganó y con la salvaguarda del tarjetazo me registré. Primero caminé por el Casco Viejo, las famosas siete calles medievales, la Catedral de Santiago, para luego perfilarme a la ría del Nervión, la cual caminé hasta llegar al puente Zubizuri. Al día siguiente contábamos entre risas y pintxos que Calatrava siempre hacía los mismos puentes: ya fuera el del Alamillo en Sevilla y o el de "la peineta" en Valencia ¡todos al final se parecen! Entonces, en la caminata inicial llegué al Guggenheim. Decidí entonces regresar al Casco Viejo por la Gran Vía de Don Diego López de Halo. Pijerío en grande por esta avenida, he decir.

Al día siguiente me levanté con el plan de recorrer, de cabo a rabo, el Guggenheim. Y casi lo logro, si no fuera porque al final, cuando ya tenía que marchar, descubrí las salas audiovisuales de la primer planta. Llegué a las once de la mañana y salí corriendo a las cuatro y media de la tarde, porque tenía que estar a las cinco en la estación de Santutxu. Me gustó lo que vi en el museo, en especial The Matter of Time de Richard Serraren, y mi querida vaca amarilla de Franz Marc.

Salí corriendo del museo para tomar el metro a Santutxu y encontrarme con S., E. y su amigo, A. y su novia. Sin embargo, llegué antes, ya que era "aproximadamente" a las cinco lo acordado, y eso significa alrededor de las seis. Como no había comido, me busqué un kebab. Finalmente nos encontramos en un bar donde comenzamos la jornada de cañas, porros y pintxos.

Me siento obligado a decir que los pintxos son unas pequeñas maravillas culinarias. Los pinchos en Bilbao son las clásicas tapas pero llevadas casi al extremo de la alta cocina. Por ejemplo, un pintxo de chipirón relleno de morcilla ¡delicioso! o zetas asadas con jamón. No te llenas, son muy caros, pero son terriblemente sabrosos y adictivos. Mis respetos a los vascos por su vocación de alta cocina llevada al vulgo encarnada en los pintxos.

Cerramos la noche temprano: tenían que pillar el metro y este da su última vuelta a las doce de la noche; no obstante las dosis de alcohol y de guiño-guiño fueron suficientes para terminar de manera redonda.

El siguiente día, lunes, me salí de la cama con lentitud para ir, paso a paso, al museo de historia vasca, donde la mejor exposición fue sobre la pelota vasca y todas sus variantes. Y mientras caminaba de nuevo por las siete calles, la ría y la Gran Vía, descubrí la influencia vasca en mi pueblo (casi) natal: Celaya. Ciudad fundada por vascos y con una gran de migrantes vascos. Por ejemplo, muchos de mis compañeros de la secundaria y preparatoria tiene apellidos claramente vascos,  así como también mucha de la antigua industria celayense tenían nombre en euskera (Talleres Akerra o Servillantas Euskadi, por mencionar un par). Y sin ir más lejos, en el mismo Casco Viejo encontré una tienda de ropa infantil llamada Celaya. Por otro lado, la ascendencia de mi madre es, dicen, vasca y me he quedado con la impresión, más sin mucha evidencia, que las palabras "raras" que usa mi madre, son de raíz euskera, más que castellana.

Por la tarde subí a la Basílica de Begoña viendo, también, desde lo alto la ciudad. En el parque Etxebarria descansé un poco.

Una nota curiosa es que A. me explicó que muchos apellidos de "renombre" en México, son en realidad apellidos de la gente de aldea sin ninguna aristocracia. Por ejemplo, Echevarria (Etxebarria) significa "la casa nueva", Goicoechea (Goikoetxea) significa "la casa de arriba", es decir gente se les conocía sólo por la casa que habitaban.

Al anochecer, bajé para comerme unas castañas asadas, beber un par de cañas y no mucho más.

Finalmente hoy por la mañana dejé temprano la habitación para irme en metro a Santurtxi, donde me encontraría con E. y S. y partir de vuelta. Conocí a los primos de S., gente muy agradable y muy generosa (que por cierto preparó un bocata que me supo a gloria mientras caminaba por el paseo marítimo de Santander).

Y como ya dije, hicimos una parada turística en Santander. ¡Qué hermoso lugar! En pleno diciembre y con una temperatura de 20 grados, cielo despejado, mansiones, enormes playas, castillos, veleros. Aquello resultaba paradisiaco y no le envidia nada a las costas mediterráneas que tanta fama tienen. Lastimosamente, apenas entramos a Asturias, el frío y la lluvia se convirtieron en la constante.

He de terminar este espacio diciendo, de todo corazón, que la costa norte de España es muy bella.