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July 2010Reporte de actividades de fin de semanaEl fin de semana antepasado me pegué como sanguijuela con los amigos de A. y nos fuimos de camping a una playa cerca de Ribeira. Lo primero que hicimos, una vez instalados en la zona de acampada, fue irnos a la playa, por donde están las dunas de Corrubedo. Ahí hicimos un alto primero para comernos unas bocatas sobre un prado, bajo la sombra de frondosos pinos. Hecho esto, caminamos hacia las arenas de la playa, rebosantes de restos de crustáceos: navajas, ostras, mejillones y hasta centollos muertos enredados en algas. Una vez que elegimos un lugar, nos echamos a tomar el sol. Increíblemente ¡el sol gallego me quemó! El color mortecino que los nubarrones coruñeses me habían dejado fue rápidamente despejado por el sol del verano que me devolvió mi habitual color. Por cierto, en la víspera me vi sorprendido por un pimiento de Padrón que me había puesto una enchilada brutal. Algo definitivamente no va bien: el sol gallego me quema y el pimiento gallego me enchila. No contento con la tostada, me aventuré a meterme al mar. Dado el calor del ambiente, imaginé que el agua del mar estaría tibia y metí los pies. Mis sospechas eran totalmente infundadas: el agua estaba terriblemente fría. Al menos eso no lo he perdido: la sensación de que el agua de mar debe ser tibia. No obstante todos se metieron a bañar. Y como mi orgullo iba de por medio, dejé previsiones atrás y me sumergí en las aguas del Atlántico septentrional. Creo fue la primera vez que lo hice. Y sí, seguía estando muy fría. Regresamos al campamento, haciendo un alto antes para aprovisionarnos de algo para cenar. Lo divertido fue que sólo contábamos con un pequeñísimo asador para seis personas. Aun así H. se las ingenió bastante bien para que todos comiéramos a gusto. Al día siguiente nos levantamos temprano para ir al río Ulla pero esta vez para practicar hydrospeed. Lo encontré más divertido y excitante que el rafting, pero también muchísimo más agotador. Hubo momentos que me llené de vergüenza dado que el monitor tenía que remolcarme por que mis técnica para patalear en el río es bastante ineficiente. Una vez recorridos los rápidos nos fuimos a pasar la tarde a Padrón. Ahí comimos pulpo a la feira y churrasco hasta reventar (con un par de botellas de tinto malo para remojar el gaznate). Rematamos con un café y regresamos a Coruña. Ahora, el domingo pasado me fui a Vigo al concierto de Patti Smith, la madrina del Punk. Me decidí a último momento y le pregunté a B. si iría, me dijo que no pero que podía ponerme en contacto con alguien que tenía boletos extra. Y así conocí a X. Intercambiamos un par de correos. Quedamos de vernos a las nueve de la tarde en Castrelos y también, muy amablemente, me ofreció quedarme en su piso para regresar a Coruña hoy por la mañana. Debo decir que son entre dos horas y media y tres horas el viaje en tren desde Coruña a Vigo. Así que accedí. El concierto fue agradable. Me dio gusto ver a una mujer de casi la edad de mi padre, remembrando sus canciones más emblemáticas (y ay de aquél impío que me diga que because the night es de 10,000 maniacs). También muy agradable fue irnos de cañas y tapas antes de que empezara el concierto con M., amiga de X. Me levanté a las 5:30 am para tomar el tren que salía una hora después. Fui al dentista y me dijo que no tenía caries, sino bruxismo. Joder, yo y mis nervios: si no los somatizo de una forma es de otra. Relájate compadre. 90% transpiración, 10% inspiraciónLeyendo el libro en curso encontré una curiosa anécdota: Robert Hooke fue un coetáneo de Sir Isaac Newton, y a pesar de llegar a ser llamado como "el Leonardo de Inglaterra" por su inteligencia y pasión científica, se le toma como un científico menor en la historia de la física. El caso es que tenía una gran intuición, aunque carecía de la habilidad matemática y la disciplina necesaria para hacer contribuciones científicas reales, y dada estos golpes de inspiración, fue capaz de ver a la gravedad le manera innovadora, muy diferente a como la explicaban los científicos de la época. Desde los tiempos de Aristóteles, se pensaba que una piedra volvía a la tierra al ser arrojada hacia arriba por que era su estado "natural", tendía a regresar a su lugar de origen y pertenencia. Y este ímpetu no tenía nada que ver con los movimientos de los cuerpos celestes. Sin embargo, desde Galileo, pasando por Copérnico y Kepler, se comenzaron a notar ciertas propiedades medibles y predecibles a estos movimientos, pero nadie atinaba a darles una explicación. Hooke fue capaz de salirse de la idiosincrasia aristotélica y propuso dos conjeturas: que la fuerza que atraía a los objetos al centro de la tierra, era la misma fuerza causante del movimiento elíptico de los planetas; y que esta fuerza era una propiedad misma de la materia. Ambas ideas geniales e innovadoras, sin embargo Hooke carecía de la formación y la precisión necesaria para sustentarlas. Eran meras hipótesis y no sabía que hacer con ellas. Por lo que pidió ayuda a Newton. Hubo un intercambio de correspondencia entre ambos, donde Hooke le exponía sus ideas a Newton, pidiéndole su opinión. Newton se limitó a decir que eran ideas interesantes aunque carecían de evidencia dura que las sustentara. Tiempo después Newton sacó a la luz, después de mucho tiempo trabajando en el más puro secretismo su Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica. Hooke le reclamó el crédito de sus ideas. Newton se lo negó. Hooke vivió el resto de su vida amargado. ¿Fue injusto Newton? ¡Por supuesto que no! Newton tuvo primero que partirse el cráneo al inventar y formalizar el cálculo diferencial e integral, para luego aplicarlo en la definición formal de masa, movimiento y fuerza y establecer numéricamente las relaciones entre ellos. Para después aplicar estas definiciones en la descripción de la fuerza de gravedad, que encajaban a la perfección con las intuiciones de Hooke. Esta historia me trajo a la memoria a ciertos doctores y estudiantes de doctorado en ciencias computacionales que conocí durante mis estudios de posgrado. Ellos declaraban a abiertamente que su trabajo era pensar y que no se iban a ensuciar las manos programando, para eso tenían estudiantes de universidad o maestría. Y aquí la historia nos dice que esas posturas sólo llevan al olvido y hasta a la ignominia. La ideas, los golpes de intuición, las visitas de doña inspiración de nada sirven si no hay un trabajo arduo atrás que las sustente, que pruebe su validez, que evidencie su peso. Y en computación eso es programando. La misma crítica bien podría encuadrarse en los arquitectos de software, o astronautas de software, como los llamó Joel Spolsky. Seres que viven en una nube y ven la realidad con un nivel de abstracción tan alto que pierden todo realismo, dejan de ver las relaciones de causalidad entre los elementos de la realidad. El problema con estos Hookes modernos, es que se les otorga un inmerecido crédito. 0x21El miércoles pasado fue mi compleaños. Cumplí 0x21 años (sí, está en base hexadecimal). Mi tercer cumpleaños en Coruña. Es increíble cómo pasa el tiempo. Creo que no celebré tantos aniversarios ni en Cuernavaca ni en Monterrey. Y como en muchos de mis cumpleaños, paso por un periodo de tristeza a uno de alegría. La melancolías son las mismas, las mismas dudas, los mismos temores ¿estoy haciendo lo correcto? Si es así, ¿por qué me siento constantemente insatisfecho? ¿No debí haber tomado las decisiones más convencionales? Por a la vez me increpo mi falta de osadía y atrevimiento para nuevas aventuras. Las alegrías en igual sentido son las mismas: sentirme aceptado por un grupo de personas que son importantes para mi; sentirme recordado por la gente que está lejos. Esa validación tan necesaria. Como el año pasado volví a organizar una cena para los más cercanos. Esta vez preparé ceviche. Utilicé rape para ello, que por cierto es un bicho horrible, pero sabe increíblemente bien. Pero así mismo es bastante caro. Buscando recetas de ceviche por Internet, descubrí que he vivido en el error: el plato no es típico de México, ¡sino del Perú! Aun así cada país tiene su manera de preparación de acuerdo a sus ingredientes locales. De postre, rescaté la vieja receta que G. me contó a su regreso de Valencia: queso Camembert empanizado con una sábana de mermelada de frambuesa. Y de beber, lo más mexicano: micheladas. Pero mucho me temo que fue del agrado de la concurrencia. El paladar europeo al parecer está enemistado con los sabores que noquean los sentidos. Y la sal, el zumo de limón, el tabasco y la cerveza les chocó. No contento con la velada, además ¡me regalaron un par de libros! "Una breve historia de casi todos", de Bill Bryson y "La cultura del terrorismo", de Noam Chomsky. Este último fue toda una conmoción para mi, ya que se pusieron a busca en mi whishlist de goodreads y se dieron a la faena de encontrar la obra. Nada fácil por lo que me dijeron. Recordé los días que recorría la librería Gandhi, frente a la oficina de Dextra, de cabo a rabo, en busca de este libro sin ningún éxito. Me inclino a pensar que uno no elige los libros que lee. Ellos lo eligen a uno. También me regalaron té inglés, de Yorkshire, del que me preparé una taza por la mañana del lunes, y está duro. Té para machos. Creo que tiene más cafeína que un expresso. A. me ayudó enormemente en este pequeño agasajo. Pidió prestado el coche a su hermano para comprar los insumos en el Carrefour, me ayudó a seleccionar el pescado y en la preparación del menú. No sé por qué me causa mucho estrés hablar con los dependientes de las pescaderias, charcuterías y demás. Prefiero evitar en la medida de lo posible interactuar con otras personas y los dependientes de esos departamentos son algo que puedo prescindir simplemente comprando lo ya empacado. El domingo por la tarde había un clima excelente y salí a la playa del Orzán, y en el paso marítimo me senté a leer, a tomar el sol y a deleitar la pupila. Por momentos compartí banca con viejecillos que buscaban esconderse de los rayos del sol mientras recuperaban sus rodillas. |
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