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Retrospectiva frente al espejo

Víctor Manuel Jáquez Leal
marzo 2006
"A writer lives the sad true like anyone else. The only difference is,
he files a report on it." -- William Burroughs
Dante encontró la gruta que lo conduciría al infierno en medio del
camino de nuestra vida. Tal vez todos encontramos nuestro infierno en
esa edad. Recorremos la infancia con su propia inocencia, luego viene
la complicada adolescencia, se elige el estilo de vida, la
emancipación y finalmente el punto sin retorno: el encontronazo con la
realidad de la existencia, su vacío, su nada, su ausencia.
Dante escribió que su maestro Virgilio fue quien lo acompañó por su
morboso recorrido. Probablemente mintió. Era todo un caballero. Quien
lo tomó de la mano y dulcemente lo apresuró a internarse en la caverna
de los suplicios debió haber sido Beatriz, su bella Beatriz. No hay
nada más tentador que la dulce voz de una mujer susurrando al oído:
"te invito a mi infierno...". Sólo así te explicas la razón de su
ánimo y coraje para recorrer cada uno de los nueve círculos, observar
impasible las torturas, hasta finalmente encontrarse, cara a cara, con
el mismísimo Lucifer, ser demoniaco último, tragándose por toda la
eternidad a los traidores. Quien sino una bella mujer lo animaría a
internarse en una ignota sima, alejando de sí todos sus miedos y
sentido de autoconservación.
Y precisamente a la mitad de tu vida, los labios de una mujer te
pidieron la acompañaras a su infierno.
El verano ahogaba con sus lluvias el inclemente calor de la canícula;
el estiaje parecía una añeja remembranza; ahora el agua invitaba a la
vida, al verdor y a la reclusión hogareña. Ese verano conociste a tu
Beatriz. Llegaste a la ciudad bajo la consigna de corregir algunos
problemas con el sistema de software que se había vendido. Tu Beatriz
laboraba en la misma empresa que tú, capacitando en el uso del
mismo. Tu posada resultó ser un piso arrendado por la compañía,
compartido, para tu sorpresa, por ella, la Salomé de tu cabeza, quien
igual viaticaba. En la primera tarde, para celebrar tu llegada, el
grupo de implementación invitó una ronda de cervezas en un alegre bar
al descubierto, frente a la plaza de armas de la candorosa
municipalidad. Ahí estaban Miguel y Carmina. Ésta, ajena a la empresa,
había viajado desde su hogar para encontrarse con Miguel, y convivir
con él después de varias semanas de marital ausencia; debido a que
había sido integrado a la instalación del producto, su lejanía tomó
más tiempo del soportable por la recién casada. Conocías a Carmina
desde la universidad, mujer inteligente, sensible, honesta, poeta y
varias veces despechada. Quienes la apreciaban, sentían gran gusto al
verla tan feliz al lado de Miguel. También acompañaba en el jolgorio
Homero, viejo lobo de mar, que ya estaba en la empresa desde antes de
que ésta existiera, conocía todos sus recovecos y tejemanejes. Ahí
estaba la locuaz gerente de sistemas del cliente, Alejandra, y de
igual modo Victoria, encargada legal, de carácter afable y
parsimonioso.
Sabiendo que eras el nuevo, y en relación a tu Salomé, el que llegaba
a invadir su espacio ganado por la antelación de su arribo, te
sentaste a su lado para conversar y conocerse, en medida de su futura
convivencia diaria. Y así comenzaron a beber. Ella inmediatamente
pidió una copa de nada, que es de todo el alcohol humanamente
ingerible. Tú te limitaste a las rondas de cerveza comunitaria. Sin
embargo, el esfuerzo por conversar no superó tus expectativas ni su
ánimo de beber. Lo admites, jamás has sido un buen conversador, al
menos no de primera entrada. Una barrera invisible se extiende entre
los extraños y tu voz. Además, no ponía mucho esfuerzo de su parte, su
objetivo era ingerir sus copas de todo. Al punto beoda te tomó de la
mano y te dijo al oído, no sin tropiezos, "Llévame a los
servicios". Con diligencia, la ayudaste a incorporarse, y con el otro
brazo en su cintura la acompañaste lo mejor que pudiste, ante la
mirada perpleja de Miguel, que los siguió con atención durante toda la
maniobra. De vuelta, te permitiste decidir dar por terminada la
velada, al menos para tu Circe y para ti. Cogiste un taxi que los
llevo hasta el departamento compartido. Ella, de camino, se fue
acurrucada en tu regazo. Dando tropiezos y malabares consiguieron
subir las escaleras y entrar, tumbándose en el sillón. Sacaste de tu
bolsa de viaje, papel para ponchar y te pusiste a forjar hierba. Ella
observaba, atónita, pero sin mirar, la operación. "¿Me das?" y
comenzaron el ancestral rito del tanque y rol.
El departamento es como los que se estilan en estos tiempos:
diminuto. Una sala-comedor separada apenas por una barra de la cocina,
un par de habitaciones, un baño en el que apenas cabe un escusado y
una regadera, porque el lavabo queda afuera. No obstante, los muebles
y el acabado eran nuevos y no carecía de lo necesario para una
estancia cómoda. Un caparazón digno de un empleado moderno. El piso
recién remozado, la paredes ostionadas, a excepción de la cocina, donde
el mosaico escalaba sus muros, aclarándose hasta tocar el techo, como
una enredadera cuyo verdor palidece a amarillo cuando se acerca al
sol. Persianas que ocultan a un mundo rencoroso, que abandonan a su
suerte.
En las últimas varadas la risa se volvió incontrolable, hasta doblarse
sobre el estómago, incapaces de balbucear sílaba alguna. De rondón la
quietud se impuso. "Estoy muy peda y aporreada. ¿Me llevas a mi
habitación?". Una vez ahí, tomó su peine y te ordenó que le cepillaras
el pelo, que le quitaras la multitud de broches y peinetas. Con un
simple gesto de princesa alcoholizada te avasalló, eras su humilde
servidor y le agradecías desde el fondo de tu soledad que te hiciera
partícipe de su real intimidad. Cepillaste su ensortijada, oscura y
larga cabellera con tu mejor esfuerzo, es decir, torpemente; después
te pidió una trenza; te avergonzó la madeja de pelo que terminaste
formando. Ella se reía, se enfadaba y te increpaba al ver tus avances
a través de un espejo de tocador. Siguió el maquillaje, punto más que
complicado para tus dedos no acostumbrados a tales delicadas tareas;
quejidos y chillidos te hacían crispar, aunque la recompensa fue
notoria: "Ayúdame con mi camisón". Los diminutos botones de su blusa
se escapaban como pececillos multicolor, sacarlos del ojal exigía una
tremenda paciencia, uno a uno, hasta que al final, la prenda
cedió. Siguieron las zapatillas de cordel, para suceder a la
cremallera de la falda. Al caer ésta, de la misma manera caíste en
cuenta de lo que había ocurrido: estaba ella ahí, en la cama,
indolente, únicamente en pantaletas, briaga y embriagante, indicándote
en que parte de su armario se guardaba su camisón de dormir. Entonces
eras un bendecido, ungido con la visión de una mujer que se desnuda
ante tu presencia, la gracia entregada en ese instante sólo a tí. Con
la propia delicadez que la torpeza del embeleso te permitía, le
vestiste el camisón, para luego ayudarla a acostarse en su cama. Y
ahí, tendida, te reclinaste para preguntarle si necesitaba algo
más. La respuesta fue risitas infantiles y sus manos en tu espalda. A
cambio, tus manos siguieron su cuerpo y tus labios se posaron sobre
los de ella. El siguiente recuerdo es que ni su camisón, ni tu ropa,
estaban en su debido lugar. Y en el momento álgido de las caricias,
donde el mundo comienza a desaparecer y nos sumergimos en un universo
líquido, salado, perfumado, resbaloso, como el caldo primitivo en el
que los primeros protozoarios se desarrollaron y prosperaron; en ese
momento del abrazo decisorio, ella hilvana la pregunta "¿Traes
condones?". Tu corazón se detuvo, para volverse en un grito; tus
músculos se tensaron hasta reventar; estaba todo servido, sólo había
que tomar el fruto maduro; el hambre sería saciada; pero siempre has
sido racional hasta la indecencia. Tu mente dio la voz de alerta, Sólo
llevas unas horas de conocer a la chica, no sabes nada de ella, ni su
pasado, ni su presente. Además, posiblemente su consciencia no estaba
presente del todo. No, no consumarías la comunión con ella; tu vino no
sería escanciado en su cáliz; no eres un ermitaño que se empeña en
comulgar en cada altar que encuentra, con el primer falso profeta que
le ofrece la redención y se despeña al final de la vacía eucaristía,
donde el espíritu jamás estuvo presente, donde no se llevó un
ofertorio. No obstante, permaneciste a su lado, te permitió dormir en
tus brazos, luego de que su ira, resultado de la herida que el rechazo
a la invitación máxima produce, te denostara con preguntas como "¿No
te gustan las mujeres?", para luego redimirse con justificaciones
insulsas, "Yo no soy así. El calor de la noche y el olor de la lluvia
me llevaron hasta aquí". Mujer dominada por los elementos, cual Medea
moderna.
Esa noche dormiste intranquilo. En una ocasión te levantaste, cuando la
lluvia había escampado y la luz mortecina de la luna entraba llena por
la ventana, iluminando el cuerpo desnudo de tu Beatriz, quien dormía
apacible como un animal salvaje en sumergido reposo. La tonalidad que
la luna le ofrecía, matizaba el color de su cuerpo. Morena como la
caoba fina, bien trabajada por un trópico que la vio crecer entre
palmeras, brisa y sol. La noche perfumada mezclaba su aromas con las
de ella, esencias que recordaban su días de infancia entre salitre y
playa. Su cabello, mal amarrado y ya casi suelto, se esparcía por la
cama, por su rostro; crin de potra indómita. Sin embargo, ella es
menuda, delicada, frágil, como una preciosa muñequita de barro, una
Almendrita almedrada que yacía y respiraba a tu lado. Recorriste, con
mirada incrédula, cada curva que su cuerpo regala, rogando a la
memoria mantuviera intacto ese regio paisaje de laderas, valles y
cordilleras, por el resto de tus días.
La mañana llegó de repente, sin aviso. Cuando creías que lo más
cerrado de la noche mantenía en secreto su complicidad, los primeros
atisbos de luz sofocaron la indulgencia. El cielo tornó del púrpura al
rosado, del rosado al violeta y del violeta al más brillante y claro
día. Te dolieron las horas marchadas, que dejaron sólo una resaca, que
el calor diurno luego intensificara. Te metiste a la regadera. El agua
tibia recorría tu cuerpo, llevándose sus besos, su sabor, su perfume,
las emanaciones nocturnas. Y tu consciencia arremetió. Te preguntabas,
sin hallar respuesta, qué había significado todo aquello, quién era
ella, por qué se entregaba así, dónde había surgido el magnetismo,
cómo se realizó el hechizo. Mientras cavilabas, el ruido del cancel
deslizándose te estremeció. "¿Puedo acompañarte?".
El avasallamiento se había completado hasta ser un sumiso lacayo de
tu señora. Le ofrecías atenciones nunca antes prestadas a nadie y por
nada. Para tu propia sorpresa, natural te era cada detalle y
gentileza. Pero debías al menos fingir profesionalismo y ocultar, en
donde la culpa y el placer se guardan, lo sucedido aquella noche, y
poder continuar con el trabajo encomendado. De cuando en cuando, ya en
la oficina, intercambiabas el editor de programación por el mensajero
instantáneo, donde podías conversar, a través de la red, con
ella. Cuando tus versos por fin se impregnaban de sentimientos
confundidos y deseosos, ella sentenció, "Tengo novio. Lo de anoche fue
un error. No volverá a pasar." Estoicamente aceptaste su resolución,
no sin lamentar en silencio no poder ser un vividor impúdico, que
arrebata lo que se le antoja. Al igual que Bukowski, deberías tener un
alter ego, que siguiera las enseñanzas del Zaratustra de Nietzsche,
capaz de aplastar la consciencia moral impuesta por los timoratos, y
dar paso al super hombre, que no pide, sólo toma. Hubo entonces dos
opciones: largarse del piso y registrarse en una habitación de hotel,
gastos corridos por tu cuenta, o mantenerse al borde del pecado. Lo
segundo lucía más apetecible. Además, siguiendo con Nietzsche, el
objetivo del varón es el juego y el peligro, y la mujer es el juguete
más peligroso.
Intuías que algo en esa chica estaba mal, algo en su cabeza no
funcionaba de manera correcta. Tenías la oportunidad de averiguar el
funcionamiento de su cerebro, de internarte en su tortuoso camino al
castigo eterno. Al terminar la jornada, acordaron salir juntos a
recorrer las callejuelas del centro histórico de la ciudad. Pararon
en un café rústico y le pediste que te contara su vida. Ya con la
confianza ganada con la carne, sus verdades comenzaron a caer como las
gotas de lluvia de la noche anterior, primero cautelosas, reticentes,
para engrosar hasta formar un diluvio que ahogaría a cualquiera que se
encuentre al descubierto.
Huelga decir que la confesión no se hiló como en estas líneas. Las
hebras se fueron echando como piezas aleatorias de un rompecabezas,
cuyos contornos no serían claros, sino de manera posterior. Su madre
la tuvo siendo muy joven, y no pudiéndose hacer cargo de ella, la
hermana y cuñado la tomaron como propia. Es un misterio aún el padre
biológico, que tal vez la familia se llevará a la tumba. Después
llegaron los hermanos, vástagos naturales que resultaron muy distintos
a ella en apariencia, más pálidos y gruesos. Rechazada en principio
por la madre, luego por los únicos hermanos, pasando por la abuela,
quien la detestaba por ser hija ilegítima de un acto ilegítimo,
innombrable mácula familiar en el conservador pueblo costero. Su
infancia no fue mejor: envenenada en medicamentos por una deficiencia
en su sangre; luego un tío intentó violarla y un primo lo logró
después. Pero contaba con el amor de sus padres putativos, quienes la
impulsaron hasta terminar sus estudios universitarios. Y mientras
tanto así pasó de hombre en hombre, de patán en peor. Ahora mantenía
una relación con un chico de apariencia decente, al cual ella, de
dientes para afuera, alegaba querer mucho, presumiendo de una vida
sexual muy activa. Este pobre diablo le enviaba, religiosamente,
mensajes de celular, los cuales ella te presumía y leías con la
tristeza de un sancho arrepentido.
Al llegar la noche imaginabas ya conocerla. Comenzabas a entender sus
reacciones para contigo, pero te fue imposible conocer las oscuras
profundidades que su inconsciencia permitiría. ¿Te estabas enamorando?
¿o tal vez sólo fascinado? Un arrobo apabullante asfixiaba tus
sentidos. ¿Acaso era conmiseración, una reminiscencia católica que
respiraba todavía contigo? ¿una breve infatuación? Ella te había
aceptado en su intimidad, regalo precioso que entrega alas para volar
por los campos del bienestar. Junto con la nueva noche, llegaron de
nuevo las caricias, los besos. El conjuro del velo que los ocultaba
al resto de la humanidad, se repetía. Olvidando así la promesa
diurna. A diferencia de la pasada noche, ahora deseabas consumar el
ayuntamiento, pero ahora ella dio la negativa, debido un hipócrita,
soslayado, pero renovado respeto a su novio. Aún así, no te negó su
compañía en la cama. Nada es más femenino y neurótico que la frase
resumida en "sí, pero no".
Otro día llegó. De camino a la oficina ella te pidió con gravedad
que lo de ustedes no debería pasar de sus propios labios. Únicamente
las paredes del departamento serían testigos de sus vuelos, cobijados
por la noche celestina. Ni el sol, ni el ágora deberán saberlo. Y
como ya era costumbre, aceptaste sin cuestionar su petición. Al darte
un momento de descanso durante la jornada, te paraste por un café y un
cigarrillo. Había que meditar. Recordaste las palabras de Alberoni:
El enamoramiento es un estado naciente de un movimiento colectivo de
dos. Tu estado definitivamente no era naciente. ¿O sí? Renacer a la
carne, a lo prohibido, a las delicias del pecado capital. En este
devenir que se llama existencia, se presentan dos opciones: buscar,
sin éxito, el ser, la completez, o dejarse llevar hacia la nada. Ahora
sólo eras arrastrado por la autopista que llevaba a su infierno, qué
es en realidad la nada.
En esto discutían tú y tu mismidad, sorbiendo café, fumando el
cigarrillo, cuando una voz aguda y chillante acalla el soliloquio:
"Oye, ¿sabes qué pedo con esta pendejita?". Era Alejandra. Le
hiciste saber que no sabías de qué hablaba. "No te hagas
güey. Primero Miguel y luego tú. O sea, yo sí le voy a decir, si su
intención es putear, ¿por qué chingaos anda diciendo que tiene
novio?". Lo primero que llegó a tu mente fue la pobre de Carmina, otra
vez enterrada en el hoyo, ahora más profundo, pero sin saberlo
todavía. ¿Y tú? ¿Dónde quedabas tú en todo esto? Buscaste a Salomé
para que te mostrara a donde había rodado tu cabeza. No estaba en la
oficina. Pasadas las horas y de vuelta al piso, ella tampoco aguardaba
ahí.
Liaste un porro con más tabaco que mois. El ruido de este signo de
interrogación exigía mantenerse en tierra. Esta niña, porque su edad
no llegaba a veinticinco, había salido por primera vez de su casa, con
los recursos, a su entender infinitos, que los viáticos
proporcionaban. Ahora quería comerse el mundo de un bocado, sin
importarle que se le atorara en el cogote. ¿Y Miguel? Las piezas
embonaban, pero no así la imagen final. ¿Y Ella? Dos mustios se
juntan para envenenarse entre sí y a los que les rodean. Dos
moscasmuertas que comienzan una plaga. ¿Y tú? El comparsa necesario y
prescindible. Instrumento momentáneo de su venganza. No, no les
seguirás el juego, por ti, por tu autoestima y salud mental. Mañana te
marchas. Pero ahora ella estaba contigo, tú la habías salvado de
ella misma. ¿Por qué no habrá regresado?
Serían las tres de la mañana, estabas en tu cama leyendo el libro en
turno, cuando ella llegó. De nuevo hecha como una cuba. La princesa
alcoholizada entra a tus aposentos, apenas logrando aterrizar en tu
cama. "Estoy bien peda.". ¡Qué novedad!. Lentamente dejas tu libro,
no sin antes doblar la esquina de la página en curso. Le prestas
atención a su atropellado relato, sin tener idea que su confesión te
convertiría en el inquisidor Torquemada. "Miguel, Homero y yo nos
escapamos del trabajo... jiji... fuimos al cine... esa película de
zombis que yo quería ver y tú no. Luego fuimos a un bar... sí, al bar
Bar... jiji... Después, compramos cervezas en una tienda de esquina y
nos fuimos a la casa de Homero. Estoy bien peda... De camino, en el
taxi, nos comenzamos a besar... Miguel y yo... y Homero me agarró las
piernas. Ya en la casa pusimos música..." Estabas en completa
estolidez, escuchando la sentencia del "ménage à trois" que
sucedió. Ella en tu cama, sin mirarte a los ojos, confesando su nuevo
pecado, y al mismo tiempo, reduciéndote a la minúscula porción del
confidente sobajado. Sentiste asco. La suciedad de su estupidez
infectaba tus sábanas, el aire que respirabas, tu pequeña
autoestima. "Métete a bañar", le increpaste como paliativo a tu propia
náusea, y la condujiste a la regadera. Mientras la desnudabas, te
miró incrédula, como víctima que recién se descubre como tal,
"Intentaron darme por culo, pero no pudieron". La repulsión te hizo
casi vomitar, pero sin decir más, te resignaste a medir con tu mano la
temperatura del agua y la ayudaste a pasar al agua purificadora.
Esperabas que la cristalina agua que brotaba de la regadera tuviera la
misma carga mística que el agua del Jordán, ese algo divino que borra
los pecados originales y entrega un nuevo ser, convertido a la verdad.
La ayudaste a secarse y le trajiste ropa interior limpia y su camisón
de dormir. El cambio no lo pudiste observar, la misma Circe, la misma
hechicera que había trasfigurado a tus marineros, Miguel y Homero, en
cerdos viles, y ahora tú, Odiseo encarnado, tendrías que enamorarla
para evaporar el embrujo que sobre ellos cernía. Pero si el agua no
logró renacerla, el fuego tendría que hacerlo.
Con gentileza la regresaste a tu cama. Una vez acomodada le
reclamaste con gravedad. "Si vas a estar conmigo un segundo, al menos
respétame ese segundo." Aunque sabías que exigir aquello era como
exprimirle agua a la caliza. Viste tu ventana, la oscuridad apenas
rematada por estrellas tristes. Defenestrarla y dejarla a la merced
del vacío de los cuatros pisos sería una estupenda solución. Una flama
en ti encontraba el combustible necesario para arder, cada vez más, de
manera incontrolable. Pisabas terreno delgado, que en un momento a
otro se quebraría y caerías en el pozo de la ira y la violencia. El
centro mismo de tu infierno. "Yo te respeté como a una dama, pero veo
que no lo eres, en lo absoluto". No era mas que una chinche que se
debe de pisar, una lacra social, una veleidosa tentadora, una tramposa
manipuladora. Sí, le harías un favor al mundo eliminándola, como el
segador de la parábola que separa el fruto del rastrojo. "Si lo que
quieres es un hombre, pendeja, ya lo encontraste." Te quitaste los
pantalones, arrojaste tus calzoncillos al pasillo y te montaste a
horcajadas sobre su estómago. Tiznaste su pecho con la ceniza que
marca a los pecadores. Con la vara que midas serás medida, enjuiciada,
empalada. Resumirías los 120 días de Sodoma en un suspiro. Las
pasiones criminales palidecerán ante tu locura. Domarías a la potra y
después la sacrificarías. Maleza así, sólo sirve para escupir y
prenderle fuego. Y te importó una mierda si sería una violación o el
fin del mundo. Era, en última instancia, un acto de Dios, que
destruirá, con su espada justiciera, a la gran puta de
Babilonia. Nadie te ninguniaría de tal manera. No eras ninguno, no
eras un simple artefacto, eras alguien. Tu valía había sido herida
profundamente. Degollarías a Medusa, la desmembrarías, obteniendo así
a tu Niké de Samotracia. Tú ya no eras tú, en ese instante
trastocaste tu personalidad y en ti nació Rodia Romanovich
Raskólnikov, quien tendría su Crimen... y su Castigo.
Cuando tocabas lo más profundo, antes de que la volición se
sinergizara en acto, el cisma ocurrió. La temperatura de la habitación
cayó súbitamente. Un rumor gélido corrió entre tus huesos. La cama
sucumbió ante el peso de las almas. Era el ojo de la tormenta, la
calma chicha, cuando los ejércitos se reconocen las caras y saben que
la hora fatal está a un guiño del general. En ese instante, dentro de
tu engañoso fuero interno, el doctor Jekyll arrostró al señor Hyde.
Eros se enfrentó a un Tánatos desbocado. Encuentro mitológico entre
Vishnú y Shiva. Dualismo moral y divino que ha encrispado el alma
humana desde que el mundo es mundo. El choque frontal entre dos
fuerzas que forman una sola y sólo una ganará, que será la poseedora
del acto.
El rayo de la batalla fulminó tu alma, tu sexo, tu ser. Después de la
escaramuza ya no serías el mismo. Y la luz te congeló. El frío
viento de la culpa hizo remolinos a tu alrededor. San Pablo cayó de la
montura, y llevándose las manos a la cara, para ocultar su vergüenza,
le rogó perdón a la potra, que ahora crecía moralmente ante sus ojos
de manera inconmensurable. La gran puta de Babilonia ahora tenía la
virtud de María Magdalena, la compañera excepcional, cuya alma, bendita e
incorrupta, había sido mancillada por ti, ser pusilánime. Arrojaste la
primer piedra lapidaria y tu injusticia será reprochada hasta el fin
de los tiempos. Ella recuperaba su rostro, alma y humanidad. Ya no
fue un piojo a pisar, era un ser humano en gracia, que te ofrendó la
salvación. Sin volver tu cara, en la cama, a su lado, de espaldas, le
rogaste perdón en eterna jaculatoria. Sólo podías ofrecer tu
arrepentimiento repitiendo, una y otra vez, la misma palabra. La
reiteración hace oración. En un momento divino, rodeado de ángeles y
querubines, donde las miasmas dieron paso a los perfumes, sus manos
acariciaron tu nuca en gesto magnífico de absolución. Eras perdonado,
estabas aceptado de nuevo entre los hombres. Sin embargo, aquella
lucha moral interna tuvo más consecuencias, insospechadas. Habías roto
la interminable cadena de vejaciones, donde ella siempre fue víctima y
victimaria. Su acostumbrado verdugo cedió a un salvador, que se
empequeñecía ante ella. Sus esquemas se cimbraron con tu acto de
arrepentimiento y el efecto colateral fue monumental: se enamoró de
ti, con vehemencia, obsesivamente.
Cualquier infierno es tolerable si se conoce su fecha de término. Pero
ningún infierno termina en su plazo estipulado.