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Tribulaciones de un degenerado II
Autor: VÃctor Manuel Jáquez Leal
Domingo por la mañana. Bajé a la cocina con el fin de freir un par de huevos. Huevos revueltos con tocino y café, el brebaje de cada mañana que se remonta hasta mis dÃas previos a la consciencia. No existe el mundo antes de su ingesta. El sartén tenÃa restos de la tajada de carne de la tarde anterior, asà que lavarlo era fútil, reutilizarÃa la grasa. La cafetera también estaba sin lavar. Era una pequeña cafetera italiana que me habÃan regalado años atrás. Amaba realmente esa cafetera: por la mañana cortados, expreso después de comer, en la noche uno u otro. Destestaba que la señora de la limpieza lavara con agua y jabón la cafeterita, ya que un sabor a jabón corrompÃa al siguiente café. Ese pedazo de metal sólo debe se enjuagado sin importar cuántas tantas costras pardas tenga. Asà me habÃa enseñado Beatrice. Mi mente se remontó a esos escasos dÃas de abril, en las estrechas calles de Granada. Beatrice se ofreció a darme hospedaje gracias a una amiga en común. Ella fue mi guÃa en la idiosincrasia europea. Italiana, trabajaba para una corporación paneuropea y radicaba, por el momento, en Granada, España. Lavaba la vajilla y Beatrice entró a la cocina. Regresaba del trabajo. HabÃa pasado toda la mañana leyendo a Bukowski y ahora trataba de dejar la cocina como estaba antes de mi opÃpara comida. Se recargó en el marco de la puerta y me observó mientras fregaba. - Siempre tuve una fantasÃa... - Me dijo después de una pausa y una risa ahogada. Su acento italiano y sus ojos verdes me hacÃan temblar. - ¿Cuál? - Entrar a mi casa y ver a un hombre lavando la loza en ropa interior. - ¿Quieres que me quite los pantalones? Me sacudà el recuerdo. HacÃa años de eso, sólo fueron un par de semanas y jamás habÃa vuelto a tener contacto con ella. Europa sólo era parte de un fugaz pasado. Me duché, me puse unos pantalones de mezclilla muy usados y una playera de Guns and Roses. Dudé en afeitarme, pero no me dieron ánimos de pasarme una navaja por el rostro. Lo admito, me gusta trabajar los domingos, pero en mis proyectos personales. Y precisamente esa mañana la tenÃa destinada para avanzar emulador de risc para x86. Puse un disco de Enrique Bunbury y prendà la computadora. Las primeras notas comenzaban a surgir por la bocinas cuando el timbre de la puerta rompió la melodÃa. Bajé el volumen y me dirigà a la puerta. Era Lourdes, ex-compañera de trabajo y novia de Alberto, uno de sus mejores amigos desde la adolescencia. - Oye, ¿puedo ver aquà el partido de americano? Tuve una noche de mierda y no quiero estar en mi piso. - Pasa, estas en tu casa. - Déjame adivinar: Bunbury. - Sonreà apenado. - Aburres con eso. - Ya sabes que soy monomaniaco. - Le expliqué mientras apagaba el mini-componente y ella prendÃa la televisión. - ¿Quieres una cerveza? - ¡Por favor! - Exclamó entusiasmada. - ¿Y Alberto? - Pregunté mientras le extendÃa la Tecate que habÃa sacado de la nevera. - No se. - ¿Qué ha pasado? - Anoche me propuso matrimonio. - ¿Y esa fue tu noche de mierda? - Pregunté sorprendido a punto de grito. - No me vengas ahora tu con eso. He tenido bastante. Ahora sólo quiero ver el partido. He apostado a favor de los Gigantes. - Creo que Jacksonville esta mejor que ellos esta temporada. - Calla y observa. Tomé otra cerveza y me tumbé en el sofá. Definitivamente era muy temprano para empujar una cerveza, asà que la dejé a medias en la mesa de sala. Lourdes no le ponÃa ningún pero. Seguramente tenÃa resaca. Ã?bamos por el segundo cuarto cuando suena el teléfono. Contesté. SabÃa que era Alberto. PensarÃa que fue una intuisión, pero si lo analizábamos, esa llamada era inminente. - Bueno. - Hola Héctor. - La voz de Alberto era acongojada, pastosa, lastimera, resultado de una vÃspera en llanto. - ¡Alberto! - Contesté con falso entusiasmo. Lourdes hizo una mueca y se encogió de hombros. - ¿Qué pedo guey? Te oyes mal. - SÃ. Lo estoy. Anoche organicé una cena romántica con Lourdes. Estaba decidido. Ya te habÃa platicado que la relación se estaba enfriando, que la sentÃa cada dÃa más lejana, siempre hablando de su trabajo, de sus perspectivas, de sus oportunidades. Nunca habló de un nosotros, Héctor. Pero sabÃa que me amaba y tenÃa la esperanza que si le proponÃa matrimonio, si le daba a entender que me jugarÃa el destino con ella, a su lado, ella descubrirÃa ese nosotros. - Tal vez necesite tiempo. El matrimonio espanta a cualquiera de buenas a primeras. - ¡No!, tu no entiendes, ya habÃamos hablado de eso... le compuse una canción, habÃa flores, y hasta compré la sortija... - Alberto se echó a llorar. - TranquilÃsate. - Mejor luego hablamos. ¿Café hoy en la noche? - Claro. ¿Sanborns por ahà de las nueve? - Perfecto. - Era Alberto. - ¿Te contó? - Preguntó Lourdes con indiferencia. - No mucho. Hoy echaremos café. - Chido. Lourdes estaba muy tranquila. ¿Cómo podÃa saber que no la iba juzgar? ¿Cómo podÃa no importarle que la juzgara como una mala persona? Tal vez no le importaba. Tal vez estaba segura que no la juzgarÃa. Y asà fue. No tenÃa la fuerza para defender a mi amigo. Además no era mi problema. Prendà un cigarrillo y me ensimismé ignorando el partido. De rondón la imagen de mi padre apareció: "Pinches mariconadas de tu amigo. Viejas sobran. Yo a su edad no me contentaba con una y ya estaba casado con tu madre. Cada generación esta más aputada. Ya no hay amanerados por que simplemente todos lo son. La sociedad se esta iendo la chingada: la mujeres se apropian de los roles masculinos y los hombres ahora se dedican a morder la almohada.". Este imaginario discurso de mi padre me llevó a preguntarme sobre la virilidad, ¿qué significa actualmente ser hombre? Indudablemente los roles del individuo se están reacomodando en la sociedad. La milenaria división del trabajo ya no esta en función del sexo. Mi abuelo sabÃa lo que es ser un hombre sin siquiera preguntárselo: tenÃa que partirse el lomo trabajando, embarazar cuantas veces pudiera a su mujer, tener una casa chica, emborracharse con los amigos, admirar a Pedro Infante y a Jorge Negrete, batirse a puños ante la menor ofensa. La virilidad estaba descrita en términos llanos y simples. La feminidad también. Cada uno sabÃa su papel de antemano, no habÃa margen de maniobra. HabÃa menos libertad, ¿pero quién quiere la libertad cuando puedes tener una vida sencilla y predeterminada? Supongo que todos preferimos la libertad ¿sabremos realmente su costo? Ya no tenemos modelos a seguir, los estereotipos a imitar han perdido validez y tenemos que descubrir nuestra propia identidad por nosotros mismos. Estamos navegando sin instrumentos hacia lo desconocido. "Una mujer despierta cuando la toca por primera vez un hombre", decÃa mi padre, "Lo importante es cumplirles, hacerlas sentir mujer". No obstante las mujeres se saben tal aún antes de preguntarse el papel del hombre. Pensé en la niñez, recordé a mis padres impulsándome a jugar con carritos, a los bomberos o al policÃa. - ¿Recuerdas cuántas muñecas tuviste de chica Lourdes? - No muchas. No me gustaban. PreferÃa jugar con carritos. - Esbozó una sonrisa malévola. - Mis abuelos rabiaban al verme jugar en el suelo chocando los carros de mis primos. - Me imagino. - ¡Corre imbécil! Pinche liniero. - Gritó Lourdes. HabÃan capturado al quarterback atrás de la lÃnea de golpeo. - Ahà van 8 yardas. - ¿Por qué rechazaste a Alberto? - Me aventuré preguntarle. - Varias razones. La principal es que Alberto no piensa en mis necesidades y objetivos. Yo quiero varias cosas antes de casarme. No dejaré que un hombre me defina. Tengo que definirme individualmente antes de definirme como pareja. - Entiendo. Creo que debo felicitarte por eso. Pero también sabes que Alberto es mi amigo y estaba muy entusiasmado contigo. Lourdes dejó su cerveza en la mesa y se inclinó hacia mi ignorando el partido. - Me han ofrecido irme a Australia, al grupo de desarrollo de allá. - ¡Felicidades! - Me apure en decir. - ¿Aceptaras? - ¿Ves por qué rechacé tan tajantemente a Alberto? Hubo un silencio. Hay silencios entre las personas que resultan mortales, insoportables. Pero hay ciertas personas con las que un silencio no es incómodo, sino todo lo contrario, era sinónimo de compresión, de mutuo acuerdo, de una comunicación casi extrasensorial. - ¿Por qué renunciaste? - Me interrogó Lourdes rompiendo el silencio. - TenÃas buenas perspectivas en la empresa. Ahora tengo que lidiar con puro novato recién egresado. El nuevo chico me entregó su algoritmo de fusión sensorial. Una implementación muy elegante de los filtros Kalman: ¡recursiva! - No pude evitar reÃrme. - Le tuve que aclarar que nosotros desarrollábamos aplicaciones de tiempo real y que sus chingaderas tenÃan complejidad exponencial. - Ambos reÃmos, burlándonos de aquel anónimo programador. Otro silencio. - ¿Sidney? - Canberra. - He oÃdo que es muy bonito. Una ciudad hecha bajo pedido, como Brasilia. También he oÃdo que esas ciudades han sido un fracaso urbano. - Ya veremos. Silencio. - Sabes, lo que estoy segura de extrañar de Alberto va a ser el sexo. - Siempre habrá manos. - ¡Qué te pasa! ¿No sabes que la masturbación esta prohibida en la Constitución Mexicana? - ¡No mames! - En serio: "Ningún mexicano se hará justicia por su propia mano". Nuestras risas opacaron la música de las porristas del medio tiempo. - Entonces ya debo varias cadenas perpetuas. - Dije con timidez. - Igual yo. - Se apresuró en completar. De nuevo hubo carcajadas. De pronto me sentà avergonzado y me apuré la media botella de cerveza que tenÃa aún enfrente. Me levanté y fui por otro par. - ¿Por qué nunca hubo nada entre nosotros? - Preguntó con serenidad Lourdes. - ¿Miedo? - Contesté con candidez. - Tenemos miedo uno del otro. - Yo no te tengo miedo. - Me aseveró mirándome fijamente. - Yo a ti sÃ. - Contesté desviando los ojos. - No, yo creo que es cosa de quÃmica. El café y la cerveza hicieron su efecto. Me paré del sillón para ir al baño que estaba a un costado de la sala de estar. Ese medio baño era el más socorrido durante las reuniones en la casa. Es un cuarto oscuro, sin ventanas, un ventilador hace su mejor esfuerzo para mantener el aire fresco y un débil foco ayuda a localizarse. Prendà el interruptor, se prendió el ventilador pero no asà el foco. Se habÃa fundido el filamento de tugsteno. Mientras me acomodaba por costumbre para mear, pensé en que sin luz seguramente perderÃa el tino y orinarÃa fuera del retrete, para luego prever que muy probablemente Lourdes tendrÃa que hacer uso del servicio tarde o temprano. Decidà mear sentado. De nuevo la invasiba imagen de mi padre volvió: "Cabrón, para esto me gustabas. Ahora meas sentado. Te digo, como dice Polo Polo, ahora sólo hay putitos-rasca-cola". Me costó trabajo concentrarme y aflojar el esfÃnter. Me sentà desmasculinizado, castrado, ridÃculo. Recordé la frase "cuando el peligro de violación es inminente, relájate y disfrútalo". ¡Da igual!. Si virilidad la define la forma de orinar, qué fácil serÃa el resto. - ¿QuÃmica? - Le interpelé al salir del servicio. - ¿Qué demonios es la quÃmica? Creo que es un pretexto más que una respuesta. - ¿No has oÃdo hablar de las feromonas? Son parte de eso. - Quieres decir que tu no decides de quién te enamoras, sino que simplemente respondes a las respuestas de tu cuerpo. Puede que te guste alguien pero si tu cuerpo no produce feromonas o endorfinas, tendrás que olvidarlo. - Tal vez. ¿Y a qué viene la refutación de la quÃmica? ¿Estas proponiéndome algo? - No. - Me apuré a responder acobardado. Recordé a Beatrice, un dÃa antes de mi partida, en la vÃspera le habÃa propuesto quedarme con ella indefinidamente. Esa tarde llegó y me dijo: "QuÃtate la ropa: tenemos que hablar". Al dÃa siguiente me marché. El partido continuaba y Lourdes se interesaba más en él. Estaban empatados a 21 puntos. Yo volvà a encender un cigarrillo y a ensimismarme. Antes, mis abuelos buscaban pareja bajo restricciones muy simples: las mujeres buscaban varones fuertes, resueltos, trabajadores y más o menos comprometidos. Los hombres buscaban mujeres que supieran atender un hogar y con caderas anchas para asegurar el nacimiento de los niños. ¿Pero ahora qué buscamos? Antes las parejas no tenÃan el mismo tiempo de relación que ahora, los hombres se iban a trabajar todo el dÃa, las mujeres quedaban en casa, y sólo se volvÃan a ver hasta la noche. Ahà es donde su vectores de calidad lucÃan y se olvidaban del resto: comida y sexo. Sin embargo ya no estamos tanto tiempo fuera de casa. El trabajo lo hacemos en casa, la gran empresa que regÃa nuestra existencia, ahora cambia a pequeñas organizaciones sinergizadas, donde sus participantes no necesitan transladarse para tomar decisiones. Ahora el roce con nuestras parejas es mayor, pasamos mas tiempo con ella que con los amigos en el bar. Es por esto que los requisitos de matrimonio han crecido, se han complicado. Buscamos parejas con las cuales podramos entendernos no solo en la cama, sino también con la cabeza, con el corazón, con la visión del mundo, con los ideales compartidos. Pero entonces... ¿dónde esta la virilidad? ¿qué papel tengo que representar? El divino Oscar decÃa que lo más importante en la vida es tomar una pose, ¿cuál es la mÃa?. La violencia y la fuerza fÃsica han disminuido su papel en la relaciones interpersonales. Y éstas eran la pierda angular de la hombrÃa. Ahora la virilidad y la femeneidad no son más que una mera caracterización genital. Pero esa reducción es injusta ya que una mujer siempre puede ser mujer, al menos fÃsicamente, en cambio un hombre sólo lo es unas pocas horas durante toda su existencia. Qué pálida se nota ahora la falacia freudiana de la envidia del pene. Definitivamente, la sexualidad femenina es mucho más poderosa que la masculina, y ahora que hemos de ser iguales en todos los aspectos menos en la intimidad ¿alguien saldrá perdiendo? ¿quién? El partido terminó con la derrota de Gigantes. Lourdes muy molesta se despidió. TenÃa que pagar su deuda. Yo me quedé a lavar la ropa para el resto la semana. |