18 May, 7:25am

La semana pasada caí en pánico al terminar de leer el segundo y último libro que había traído a España. Como acto desesperado mandé un correo a la lista interna de correos de la empresa preguntando por sugerencias de librerías. Pronto recibí varias opciones; una de ellas era una librería que me quedaba de camino al piso: la librería Couceiro. Esa tarde cayó un fuerte aguacero. Dado que la princesa de la casa había perdido mi preciado paraguas, tuve que caminar bajo la lluvia, protegido sólo por mi impermeable. Pasé frente a la librería, que se encontraba en la acera de enfrente, teniendo que atravesar una calle ancha y traficada. Dudé. Caminé. Me decidí. Di media vuelta y bajo la incesante lluvia crucé la avenida.

Me sentí bien al volver a entrar en una librería: libros apilados, estanterías, altos carruceles, títulos, autores. No es un local muy grande, tampoco tenía un surtido que me sorprendiera, pero había cosas que resultan de interés. El problema era que iba sin ninguna idea de qué comprar. Esperaba toparme con algún libro que me capturara, que con sólo verlo, me guiñara, me susurrará al oído una invitación a conversar en silencio. Nada. Pregunté por un libro que me vino a la mente: "El círculo de los escritores asesinos". No lo tenían. A punto de marcharme, con la soledad y la frustración más a flor de piel, divisé un pequeño título: "El libro de arena" de Borges. En ese momento pensé que era buena idea reencontrarse con el viejo Jorge Luis. Me lo llevé. Esa noche, en cama, leyendo, conocí el primer cuento de pinceladas románticas de Borges: Ulrica. Me hizo sentir zozobra. Esa noche tuve pesadillas despertando en la madrugada, para luego anegarme los ojos en lágrimas con el recuerdo del sueño.

He aquí unas frases sueltas, destazadas, descontextualizadas, pero fueron las me clavaron los alfileres en el corazón:

El poema gana si adivinamos que es una manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera.

Esa aventura, acaso la postrera para mi, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.

Por indecisión o por negligencia o por otras razones, no me casé, y ahora estoy solo. No me duele la soledad; bastante esfuerzo es tolerarse a uno mismo y a sus manías.

Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida.

El jueves pasado, a instancia de una invitación de un compañero de trabajo, fuimos a un cine donde exhiben películas subtítuladas con el audio original, cosa magnífica para mi en un país donde todo está doblado. El filme, Jumper, como todo churro holywoodense, tenía mucha acción y poco argumento, una historia sin redondear que termina por no transmitir nada; sin embargo, me sentí feliz al poderme sentar de nuevo en una butaca, rodeado de oscuridad y silencio, con sólo tres expectadores, contándome.

El miércoles pasado fui a recoger mi NIE. Perdí varias horas en ello de manera infructuosa: aun no lo tenían. De camino al piso bajo la delgada y pertinaz lluvia cincelé esta oración: Mis sentidos juegan al vudú con mi corazón al ser testigo de mis anhelos en los otros.