9 April, 11:06pm

Iba caminando en la mañana. Había dejado que se hiciera un poco tarde mientras revisaba las novedades del día en Internet en la comodidad de mi casa. Atravesé la macro plaza, crucé Juárez, el andador Morelos, luego crucé Pino Suárez. Todo como de costumbre. El clima ya no era tan gélido como en la víspera, el reporte meteorológico había dicho que llegaríamos a pasar los 20 grados. Nada como los 4 grados del sábado y domingo. Ya sobre Hidalgo, me acerqué al centro comercial, que estaba allende a donde Adrián y yo solíamos comer: la cárcel.

Gerardo fue quien bautizó a la fonda como "la cárcel" precisamente porque cuando se aventuró a ir a comer con nosotros, quien nos sirvió los platillos era un tipo enjuto, cacarizo y lleno de tatuajes. La comida era mala pero barata. Ese lugar, además de ser fonda, era pensión para los migrantes que esperaban su turno para en consulado estadounidense. Quienes lo atendían eran grupo de mujeres, gordas y mal habladas, ya entradas en años, salvo una jovencilla, no tan gorda, que respondía al nombre de A.. A. era, para resumir, una calienta-huevos: siempre minifaldas, blusas escotadas y entalladas, con transparencias en ocasiones, güera-a-huevo, coqueteando continuamente con los parroquianos. Recuerdo que una vez pensé "un día un cabrón la va a pasar muy mal por estarse entre-piernando con esta dama y no quiero estar aquí cuando esto suceda".

Hace varios meses que dejamos de ir por que la comida subió de precio, siguiendo igual de mala, cuando en el mercado La Pulga lucía de mejor calidad, limpieza y variedad. Además la concurrencia es menos intimidante que la de los paisas.

Pues bien, iba yo acercándome a la calle que lleva a la cárcel, cuando noté desde lontananza la presencia de una mochedumbre expectadora, ambulancias, y demás. Algo definitivamente había pasado en las inmediaciones. Me acerqué más y vi que la ambulancia era de la SEMEFO, luego vi las bandas amarillas para contener a los curiosos, vi cámaras de televisión y luego, dentro de las bandas amarillas a un tipo con overol blanco y cubrebocas, como los que salen en CSI. Un muertito pensé. El asunto era uno locales más adelante que la cárcel. Obviamente no me detuve a mirar continuando mi camino.

Más tarde me enteré, por el periódico y la televisión de lo sucedido: En un local, por el cual pasábamos para ir a la cárcel, que tiene en su ventana la siglas F.L.O.C. y el logotipo de una cabeza de águila, habían encontrado a un tipo amarrado de pies y manos, muerto de asfixia por ahorcamiento. El tipo, según declaraciones, vivía temporalmente en las oficinas del FLOC. Este mentado FLOC, según el noticiario de Multimedios, es un sindicato de trabajadores migrantes en Estados Unidos, y su única sucursal fuera de ese país era esta, y se dedicaba a ayudar a conseguir los papeles para irse de trabajadores temporales. Según este mismo medio, el hoy occiso, era conocido en la calle por servicial, aunque nada sabían de él, cosa lógica en ese ambiente de movimiento continuo de individuos. Ayudaba en los locales aledaños y trabajaba al parecer, temporalmente, en la oficina del FLOC.

A pesar de la terrible ola de asesinatos por el narco, este en particular no tiene el sello característico del "ajuste de cuentas", donde hay un levantamiento y una muerte grotesca, más bien me da la sensación un asesinato aislado, producto de un homicida u homicidas ajenos al hampa. Y desde aquí, mi espacio personal, aventuro una hipótesis igual de personal y carente de elementos de juicio: pudo bien ser un robo a las oficinas y se toparon con el desafortunado, o, si suponemos que nuestro servicial occiso obtuvo las atenciones A. y a alguien no le gustó esta deferencia, alguien con el cerebro trasnochado, quien cometió un crimen en nombre del despecho y el desprecio de una dama, es decir un crimen pasional.

Pero de algo estoy seguro: no me gustó ver tan de cerca la violencia por la que está pasando el estado de Nuevo León. Yo vine a aquí a trabajar y tener una vida digna. No a desgastar el alma con estas penosas situaciones.