another day, another dollar

Mientras apresuraba a Jessica para que dejara la computadora y poder salir a chingarnos un cancrillo, y por otro lado, platicaba con Humberto sobre necesidad de utilizar VoiceXML, se escuchó el rechinido de unas llantas de automóvil embarrándose en el asfalto debido a súbito frenado, seguido por un apenas perceptible golpe seco. Mi gen morboso se activó de inmediato y corrí hacia la ventana.

La oficina donde me encierro día a día está en el quinto piso de un edificio sobre una avenida muy transitada y amplia. Tengo que cruzar un par de veces al día dicha avenida y siempre me ha dado escosor hacerlo "a la brava", toreando carros, así que me voy a la esquina o, en la mitad de la calle hay un semáforo activado con un botón que cede el paso al peatón.

Me acercé a la ventana, y lo primero que vi fue un sedán color verde oscuro, parte de su cajuela estaba con un abollón, luego vi a un individuo, varón, de edad media, saliendo presuroso del asiento del conductor. Lo demás lo deduje y aunque no quise seguir mirando, mi ojos llegaron hasta un hombre, de eda madura, tendido en el suelo, tratando de incorporarse inútilmente. Inmediatamente bajé la vista y me senté en la silla de Jessica. Estaba congelado. "¡Hay que hablar a la Cruz Roja!", pensé.

—¿Cuáles son los números de emergencia de aquí?

—¡Toma la línea 4!

Jessica y Humberto seguían con las narices pegadas a la ventana. En ese momento me trabé. ¿qué número marcar? ¿cuáles son los números de emergencia? Pregunté.

—No te apures, ya hay gente marcando en sus celulares.

—¿No deberíamos intentar también nosotros?

De lejos observaba la calle. Un chavo de gorra roja comenzó a desviar el tráfico, otros se acercaron al atropellado. Entre quienes lo asistían estaba el mismo conductor. El señor atropellado ya estaba trabajosamente sentado sobre el pavimento, no obstante sus piernas seguían si moverse.

Pensé, "debo buscar los números de emergencia de Irapuato". No escuchaba las sirenas. "¿Qué pasa?". Finalmente se escucharon. Pude sentirme menos agobiado.

Pasaron unos minuntos más. Ahora dos patrullas estaban en el lugar, varios uniformados y un agente del ministerio público. Al parecer interrogaban al conductor.

Pasada la tarde, y ya de salida sólo podía pensar en lo frágil de la cotidianeidad. En un segundo, un señor, que por pereza no quiso ir hasta el semáforo para peatones y un joven que no conducía defensivamente, pero sí rápido, perdieron su calidad de vida, tal vez de por vida. Uno encerrado en una cárcel médica y el otro en una legal. Todo por un instante de descuido.

¡Qué frágiles son nuestro planes! ¡Qué frágiles son nuestros sueños! ¡Qué frágiles somos! Sentí deseos de escaparme al campo, escapar de la tecnología, volverme un anacoreta encerrado en una cueva. Pensé luego en los mártires del progreso: vidas cegadas por maquinaria fuera de control.

Sin embargo no se puede vivir pensando así. El ánimo, la energía, la motivación, deben renovarse. No se que depare el futuro, pero no se puede encarar con miedo.

PD1: Y hay que ser mejores ciudadanos. Hay que cargar con los números de emergencia.

PD2: Toy triste... ¿alguien me quiere abrazar?

PD3: Y hablando de agentes del ministerio público, yo no sabía que andubieran armados, pero hoy fue uno a la oficina (cosa ya de por sí extraña) y portaba alegremente una pistola bastate visible.