¿cómo entender que te quieren?

El fin pasado finalmente llevé a cabo mi viaje a la capirucha. Yo ya ansiaba salirme un rato del trajín regiomontano diario. Hace unas horas pensaba lo que un queretano me dijo en Amsterdam: "Lo que más me gusta es llegar a una ciudad nueva, que no conozco, recorrer su calles, perderme y volverme a encontrar". Eso me ha pasado un poco con Monterrey, ya no me excita como al principio. La solución obvia es romper la rutina, pero ésta siempre engancha, es como un tranquilo y cómodo hoyo negro.

Pero retomemos el hilo. Fui al Distrito Federal. Parte de la emoción es que iría en avión. Sería la 4ta vez que me subo a un avión en mi vida y me entusiasmaba volver a sentir el rugido de las turbinas, la ansiedad del despegue y el aterrizaje. Y así fue. Una hora de vuelo. Fue extraño encontrarme en una ciudad tan lejana en tan poco tiempo. El resto del viaje fue como un cuento de hadas, digno de Becker, todo dulce, encantador, mágico, delicioso.

Al llegar al aeropuerto me dirigí al metro para llegar a Tasqueña donde me encontraría con Esther. Sin ningún problema llegué y me encontré con ella, quien tuvo la enorme amabilidad de llevarme al departamento de Joshua, sorteando el pesado tráfico que una huelga del CCH imponía. Finalmente me dejó junto con un juego de llaves. Yo estaba resignado a llegar al departamento de Joshua a punta de metro y ruta, pero el favor de Esther me conmovió y me sentí muy agradecido.

Ya en el piso de Joshua me dediqué a ver la televisión que hacía mucho no veía. La disfruté. Luego le robé un poco de pescado y arroz que tenía en el refrigeradora y seguí viendo televisón hasta que llegó Josh. La plática no demoró en llegar y charle y charle mientras nos preparabamos para el concierto y todo el camino al Auditorio Nacional.

El concierto me gustó mucho, a pesar de que nuestros lugares estuvieran más alejados de lo esperado y que el sonido dejó mucho que desear (hasta el mismo flaco hizo su berriche). Coreamos canciones, aplaudimos, nos conmovimos con su agradecimiento a Lázaro Cárdeneas debido a la migración española durante su guerra civil. Terminó y nos fuimos de vuelta plátique y plátique. Unos tacos en el camino y unas cerevezas en algún anónimo Oxxo, donde una chica, con una intensa mirada, irradió una mala vibra que nos turbó a ambos. Llegamos al departamento y seguimos discutiendo sobre la vida, el amor y la locura en la historia de la humanidad.

Al día siguiente me levanté temprano, imponiéndome al desvelo, para irme a mi querida Cuernavaca. Llegué, busqué a Blanca y nos fuimos al Sanborns del centro, donde más tarde se nos unió Sergio Alalegua. Más conversación, chismes, chistes, comida, un clima delicioso. Al caer la tarde cayó mi retorno. Estaba yo encantado con su presencia. Me sentía muy bien. Fue una lástima que no pudiera estar Gwendy, ya que tenía que dar su clase.

Esta vez Josh había ido a repetir el concierto, así que el departamento fue para mi sólo. Salí a comer unas quecas estilo chilango y por otro six de cheves. Transmitieron un par de películas interesantes en el 22 y en el 11, las cuales vi alternadamente y terminé por ver nada. Hacía mucho que no cometía ese sabroso crimen a la cinematografía. Me fui a dormir, pero no mucho rato después llegó Josué y otra vez a platicar hasta entrada la madrugada.

Al día siguiente, domingo, en la tarde, después de una perezosa mañana, nos fuimos, Esther, Joshua y su más humilde servidor, a casa de Cinthia, quien ofreció una comida en nuestro honor. Para variar llegamos elegantemente tarde y ya estaba ahí Jaqueline, así como Diego, el novio de Cinthia, que a la sazón es argentino y generosamente donó su tiempo, su vino y su mate.

Esas reuniones son las que guardas en tu corazón, donde la pasas tan a toda madre, donde no tienes nada que ocultar, nada que callar, que amas a esa gente y esa gente te ama por igual. No hay extraños y uno no es un extraño.

La comida fue pasta con carne y salsa de tomate, además de una ensalada de lechuga y rodajas de jitomate, que cada quien aderezaba con una mezcla de aceite y hierbas finas. El postre fue Vienetta. Cinthia se lució como siempre con su generosidad en la cocina y en su entusiasmo. Y bueno, ver a Jackie siempre es un acontecimiento, silencioso, cómplice, telepático.

El rito de mate fue todo un suceso. Desde que leí Rayuela tuve una enorme curiosidad por saber cómo es ese gaucho brebaje amargo que tanto celebra Cortazar. Según entendí el mate es el recipiente donde se coloca la "hierba" o la mezcla de la mismas, con un popote metálico, entonces se jancía agua caliente y se sorbe. Generalmente se bebe en grupo y cada participante vacía agua caliente y absorbe la infusión, por lo que el último en el círculo recibe un mate muy aguado más babas del resto. Fue divertido.

El regreso a Monterrey no tuvo complicaciones y a las diez de la noche estaba en el departamento. A la misma cotidianeidad. Una exigua congoja se apoderó de mi: otra vez tenía que abandonar a esa maravillosa gente, que me trata como jamás creí merecer. (Nota: si la gente de Celaya se pone celosa por estas palabras, no mamen: ustedes son yo).

En el aeropuerto de la Ciudad de México hubo una gran casualidad, que en realidad no lo era tanto. Previamente me enteré por el messenger que Antonio Pacheco iría también al concierto de Sabina del sábado. Entonces las posibilidades de encontrarnos en el vuelo de vuelta el domingo serían altas, aunque tomar el vuelo a la misma hora, en la misma línea aérea, sí fue mucha casualidad. Se soprendió al verme en la sala de espera y charlamos brevemente, le pasé mis números telefónicos y al abordar nos separamos. Él iba rumba a Hermosillo, que era la siguiente escala del avión. Monterrey era mi destino.

No obstante, al día siguiente, por la noche vi a Diana, también excompañera de la maestría que ahora también radica en Monterrey. Nunca había cruzado más de 50 palabras con ella, salvo las conversaciones por messenger posteriores a Cuernavaca. Fue una conversación muy sabrosa, tocando una gran diversidad de temas. Me dio gran placer pasar horas sentados en el café del Barrio Antiguo, hablando del todo y la nada.

En cuanto a trabajo... ups... no he hecho nada. Chale. Culpa trepadora.

PD: Ya tengo boletos para la presentación de Sabina en Monterrey :S ¡no avisan!