Mi encuentro con el otro

No sabría decir con exactitud qué fue lo que me llevó a hacerlo. Fueron muchas cosas, tal vez fue la suma de todas mis experiencias de vida, no lo sé. Aunque sí tengo muy presente un último viaje, un último encuentro, y la re-lectura reciente de un libro, que supuraron una añeja herida.

El libro, es El Arte de Amar de Fromm; el encuentro, me lo guardo. Fromm dice que amar es una actividad, un acto de la voluntad. No se nace sabiendo amar, es un producto de la experiencia. Amar es un arte, que debe ejercitarse con disciplina, concentración y paciencia. Amar implica, esencialmente, cuidar del otro, responder al otro, respetar y conocer al que es diferente.

Y en esta inmersión conceptual del amor, comprendí lo poco que lo he ejercitado. Me refiero al amar sin el componente narcisista y mercantilista que imponemos en nuestros encuentros: ese esperar algo inmediato a cambio, ese demanadar ser amado antes que todo y antes que nada.

Soy consciente de que mi vida ha sido un alejarme del otro, un constante ensimismamiento, y digo esto sin acritud porque soy introvertido: la quietud me reconforta. Sin embargo, esto no justifica la eliminación de mis encuentros con el otro, ese alguien que me signifique un esfuerzo por empatizar y tratar de entender.

Darme cuenta de esta carencia me llevó a escribir el poema Lejanía. Supe entonces que debía a llevar a la praxis estos conceptos, debía encarnarlos.

Resultó inmediato reconocer la forma en cómo realizaría este experimento: varios allegados míos en A Coruña trabajan en organizaciones no gubernamentales (ONG), o, como prefiere llamarlas X., organizaciones no lucrativas (ONL). Así tan simple como acercarme a ellos y pedirles me compartieran algo de su experiencia en el trabajo voluntario.

Varias semanas después, todo se decantó por la ONG Ecos do sur, y así fue como conocí a M., quien una tarde, frente a un vaso de café con hielo, me explicó el tejemaneje de la organización. Ecos do sur tiene varias áreas de trabajo, pero actualmente, la más demandada, es la de prestar ayuda a grupos en riesgo de exclusión social, particularmente a extranjeros. Se les ofrece ayuda jurídica, médica, en la búsqueda de empleo, formación, etcétera. Y precisamente, donde yo encajaba como voluntario, era en la tarea de formación.

Acepté la propuesta de dar un curso de informática básica. Elegí trabajar una semana entera, y no en cuatro sábados, para tener una rápida evaluación de la experiencia en vista de una colaboración continua.

Me entregaron programa del curso y el lunes pasado, me planté frente al grupo, en la pequeña área de informática en la Biblioteca de La Sagrada Familia.

Fueron siete personas: tres chicos de Senegal, una dulcísima señora de Marruecos (quien para el martes ya me estaba mostrando fotos de su hija menor) dos señoras peruanas y una de Colombia.

El temario iba desde las partes de un ordenador, pasando por los conceptos básicos de un procesador de textos, el uso de un navegador de Internet y del correo electrónico.

Para la inmensa mayoría de la gente con la que me relaciono, usar un procesador de textos es algo trivial y cotidiano, tanto más el uso de un navegador y del correo electrónico. Me resultó, pues, sorprendente ver cómo mis alumnos se emocionaban al poder centrar un texto, al marcarlo en negritas; ver cómo aplaudían y se arremolinaban en sus sillas al encontrar información en Internet que jamás habían soñado, como el precio de los vuelos a sus países de origen o los horarios de los autobuses. Me asombró lo complejo que resulta la tarea de adjuntar un documento en un correo electrónico, y aún con todo, se quedaban con el hambre de saber más.

Tuve evidencia directa de que, en esta sociedad tecnificada, existe una enorme proporción de la población cada vez más marginada, excluida, por carecer de acceso a recursos informáticos. Esta oportunidad para compartir un par de aparentes trivialidades, para ellos (al menos así lo sentí) fue ganar un poco de mayor control en sus vidas. El simple hecho de que pudieran editar su currículum y enviarlo por correo electrónico, los hacía sentir poderosos, un poco más integrados a esta insensible sociedad de comunicación instantánea.

Y así pasó la semana. Mientras que en el trabajo tenía que cumplir con mis treinta y cinco horas semanales, en un proyecto muy desafiante como en el que estoy colaborando ahora, también tenía que ocupar más de dos horas diarias para ir a dar la clase. Fue agotador, pero me alegro de haber conocido a estos chicos y haber compartido un espacio que de otra forma sería casi imposible. Fue halagador que al final, el viernes, me pidieran continuara con otro curso más avanzado, y que también les diera clases de inglés. Fue lindo toparme en la calle, hoy domingo, con uno de los chicos de Senegal y me saludara muy efusivamente.

Espero esta semana hablar con M. para decidir qué sigue.