MMXXII

Presa de ese carpe diem envilecido por los sicofantes del economisismo, a los pocos días que quedan sin tachar en el calendario, vuelvo a preguntarme si el año lo experimenté tal como lo haría un recién nacido en su primer aniversario, si los sucesos acaecidos ante mis ojos han sido tal huracán al que el infante hace frente sin apenas consciencia.

El problema con este tipo de cuestiones es su propósito, a decir, penetrar directo en la emoción. Con nuestros íntimos sentimientos suponemos estar en contacto directo con la verdad, de manera inmediata, sin filtros, y nos impele a la acción. Estamos entonces determinados por la intención de la pregunta. Por lo que es allí donde pretenden inocular verdades convenientes para quienes detentan el poder de hacerlo, convirtiéndonos en inadvertidos ser-para-otros, sin dudar siquiera de la propia libertad.

Además, formularse tales preguntas resulta inútil ya que, mientras que el infante se limita a observar pasivamente el mundo, procurando solamente en él coherencia, el adulto está obligado transformarlo para sí y los demás. En una palabra, ser productivo. Sin embargo, se puede transformar el mundo de muchas maneras, mas casi siempre lo hacemos ciegos, siguiendo órdenes, acatando preceptos doctrinales. A mi juicio, la armonía entre la razón y la realidad está en transformar al mundo con responsabilidad y consciencia, y hasta con fe.

La pregunta no es, entonces, cómo experimentamos el mundo, a manera de consumidores pasivos; ni hasta qué medida lo transformamos, a manera del progreso extractivista; sino cómo nos relacionamos con él. Estas relaciones son de naturaleza múltiple, cualitativa y cuantitativamente, cambian con respecto al tiempo. Por lo que la experiencia de un año es única. Considero repasar dicha experiencia importante, no sólo por los hechos en sí, sino para visibilizar nuestra construcción interna de la realidad.


El 2021 comenzó con una de las supuestas aventuras de la vida adulta: hipotecarse. Uno se echa esa losa encima bajo la ilusión de la propiedad de un inmueble, que es un objeto feliz: un algo, más bien brumoso, que promete acercarnos a la felicidad, esa pretendida adecuación entre moral y realidad efectiva. En España, lo habitual, para los privilegiados que pueden darse ese lujo, es aspirar a un piso, lo más céntrico en una ciudad. Para mi esa aspiración pierde mucho sentido; para mi el suelo, la tierra, un cacho de planeta, aunque lejos de una ciudad, tiene más substancia que algo elevado, suspendido. Mas toda propiedad, sea de suelo o de aire, es una ilusión bastante opaca: no es más que la promesa, por parte de un Estado, a proteger el ejercicio de intereses privados sobre un área dentro de la jurisprudencia de ese Estado-Nación. Esa promesa es tan estable como el Estado que la emite. Si La Revolución sobreviene (que espero sea pronto y de carácter socialista) todas esas promesas se evaporarán:

Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.

—Karl Marx. Manifiesto del Partido Comunista.

Dicha protección de Estado generalmente ocurre tras una operación comercial, usualmente de compra-venta, la cual suele estar mediada por un préstamo hipotecario, ya que relativamente pocos tienen la disponibilidad financiera para adquirir bienes inmuebles a tocateja. Es aquí donde hace su aparición uno de los fenómenos más vomitivos del sistema económico imperante: el multiplicador bancario. Tal como las personas rogaban por buenas cosechas a su deidad a cambio de sangre, hoy imploramos a los bancos por una propiedad a cambio también de sangre, la nuestra, futura si se quiere, ya que el salario es sustento, es el mediador del alimento para quienes dependen de él. Al prometer entregar nuestros ingresos futuros, el banco crea entonces dinero de la nada, absolutamente ex nihilo; con un enter de ordenador pone a circular valor hasta ese momento inexistente, porque asume inevitable su futura aparición. Mientras tanto, el prestatario estará desprotegido ante los vaivenes socio-económicos. Sólo el individuo aislado responderá a esa deuda ya que es el valor de su trabajo el ofrendado, será su cuerpo el inmolado si las condiciones económicas cambian, si el banco erra, si el sistema colapsa, si el bien adquirido torna inútil para sus fines (se vuelve inhabitable, por ejemplo).

Aún a sabiendas de todo lo anterior, decidí entrar en el juego, como oveja que dirigen al matadero. Mas es mejor hacer fila admitiendo las posibilidades, que forzar imaginarnos que tan solo estamos esperando por la ducha.

Por otro lado, está el hecho de que son las propiedades las que poseen al individuo, nunca al revés. Toda propiedad supone una obligación y una responsabilidad del individuo frente a la sociedad y al ecosistema. Una de éstas es la herencia, otro de los mecanismos más detestables de la sociedad, ya que es la causa original de las diferencias sociales. Si honestamente se aspira a una meritocracia, lo primero sería abolir la herencia. Pero ahora estoy obligado a decidir, tras mi muerte, qué posesión a qué persona. Nada para nadie sino todo para todos, ya que nada puedo tener, me encantaría clamar.

La propiedad como el poder, fuera de su ejercicio especulativo, son un espejismo.

Ahora lo único que tengo, no es un pedazo de tierra, sino un pedazo de papel que promete otro pedazo de papel si remato la deuda contraída. Ese folio ulterior, en última instancia, enuncia las obligaciones que tengo al ser el responsable de un pedazo de territorio acogido dentro del Estado-Nación. Ficciones sobre ficciones sobre ficciones, donde lo único real, al final de la cadena, es mi cuerpo.

Tras la desgarradora realidad, hay otra que la niega: la casa, que me gusta, me gusta la aldea donde está, me gustan nuestros vecinos, me gusta las posibilidades que ofrece, las promesas que posibilita; me gusta su historia. Las personas que han venido y compartido son quienes dan razón de ser, propósito, al espacio. Son los otros, en su uso efectivo, al habitar y compartir, quienes producen el espacio. Por supuesto, la casa y la finca tienen sus problemas, demandan trabajos, cuidados y mejoras, producen incomodidades y hartazgos. No obstante, aún si elimináramos las fantasmagorías de propiedad e hipoteca, todo lo anterior permanecería, porque es lo material, lo objetivamente real.

Casa en la noche.

Casa y luna llena.


Una de las promesas anheladas era la posibilidad de un huerto, cultivar, coquetear con la autosuficiencia alimentaria. Por eso buscamos casas con finca. Paula lleva todo el mérito y el aplauso. Ella, a pesar de mis reticencias, confeccionó la actual huerta, procurando mejores tierras de otros sitios, sachando, removiendo, acordonando, eligiendo los brotes a sembrar. Fueron días de botas, barro y transpiración escurriendo por las mejillas, dolores de espalda. Todo el trabajo y cuidado dedicados, meses después, rindieron con cebollas, lechuga, berenjena, acelga, calabacines, etcétera. Además, Paula sembró un naranjo y un limonero, que, debido a una plaga en Galicia que afecta a los cítricos, ha debido fumigar constantemente. El naranjo ya dio su primer fruto. Por otro lado, el viejo manzano y la parra también dieron con vastedad al final del verano. La tierra exige su cuota de sudor, fatigas, conocimiento y paciencia, a cambio del alimento. Por suerte contamos con vecinos con voluntad de aconsejarnos y enseñarnos, además de Internet.

Reconocimos de sobra el fetiche de tener a mano los alimentos en supermercados o restaurantes, darlos por hecho, asumirnos merecedores de ellos; el fetiche es facilitado por el tupido velo del mercado que oculta las injusticias necesarias para colocar el producto en el estante. Sin embargo, no fue sino hasta que hubo que rescatar al huerto de la lluvia intensa y las heladas, hasta que hubo que deshierbar con frecuencia, enfrentarse a las babosas y caracoles que se comían las plantas, hasta que uno se da de bruces con la frustración del inexplicable marchitado o la esterilidad, que se dimensiona verázmente lo oculto tras ese velo. Nada es sencillo, nada está dado.

En Cuba, cuando parábamos en los precarios puestos a pie de carretera, donde ofrecían manzanas, mangos, tomate, pepino, me daba tristeza ver lo pochas, pequeñas y torcidas que lucían. Las comía a mi pesar, porque tenía interiorizado que el buen producto debía resplandecer, y reclamaba mi fuero interno no merecer menos que la perfección acostumbrada del supermercado. Tampoco caeré en el discurso de que aunque se vean mal saben mejor. No, tampoco. Tienen menos químicos, seguro, por su menor industrialización, lo cual presumiría en un mejor asimilado. A lo que apunto es a la falsa necesidad de perfección, sobre todo visual, en nuestro consumo. Es una necedad justificada bajo el discurso imbécil ser quien paga.


En febrero el automóvil de exploración marciana, Curiosity, había amartizado exitosamente, mientras que las vacunas contra el COVID19 comenzaban a distribuirse por los países que podían pagar a las transnacionales por sus dosis masivas. El espíritu humano (sobre todo blanco, rico y varón) parecía triunfar, infundiendo un desparejo optimismo.

Mis padres, en México, para mi descanso, fueron de los primeros en vacunarse. No obstante, varios amigos de allá tuvieron que pasar por la enfermedad. Uno a uno iban reportando positivo en grupos de WhatsApp. Infectarse resultaba inevitable para una gran mayoría. Hubo momentos en que la escasez de tanques de oxígeno para los convalecientes condujo a estafas y explosiones espontáneas de violencia. Mientras veía reportes del manejo de la pandemia en China y sentía celos. Finalmente las campañas de vacunación masiva comenzaron. Fue un respiro de náufrago. En Galicia, una vez iniciada, se ejecutó rápida y eficientemente. La primera dosis, para a los de mi quinta, se aplicó en junio. En julio, la segunda, aún antes que a mis padres. Las restricciones sociales fueron relajándose y los políticos daban discursos triunfalistas. La normalidad asomaba, a segunes, tras lomita. Bullshit!

No obstante, al pasar el tiempo, la muerte fue cerrando su cerco sobre mis círculos cercanos. Si no por la enfermedad, tal vez sí por la precarización de los servicios sanitarios, colapsados por la pandemia. Martín Naya, profesor y amigo, tras una larga enfermedad, falleció. Conocí a Martín cuando organizó el Grupo de Estudios Marxistas. Con él leímos el Manifiesto y textos de Lenin y Mao. Tuve el placer de conocer gente maravillosa interesada por igual en estos temas. Martín siempre fue paciente con nosotros, generoso con su tiempo y sus conocimientos. Recuerdo un día que nos invitó a escribir palabras de aliento a un preso en Francia. Fue un choque para mi, apoyar a un desconocido acusado de subversión, estampar mi nombre completo en la carta, sujeto a la revisión de las autoridades. Eso fue sentir apenas el compromiso, que implica poner la piel y el futuro de por medio, por un desconocido. Eran tal la modestia de Martín, que no me enteré, sino hasta sus homenajes luctuosos, que fue un referente del maoísmo en varias partes del mundo.

Pinta.

Pinta en homenaje a Martín Naya por el Communist Workers Front, de Canadá.


Mas el cerco no se detuvo allí.

A finales de octubre, Heizel, compañera de preparatoria, compartió en el canal de WhatsApp de los amigos de México, que su esposo, Poncho, estaba en cuidados intensivos a causa del COVID19. La noticia oscureció mis jornadas.

Poncho y yo compartimos infancia y adolescencia, cuando las experiencias comunes se aglutinan en fuertes vínculos de leal complicidad y generosa amistad, en los que, sin importar la distancia y el silencio, sólo hace falta un encuentro casual para revitalizarse, hacer un hueco en las agendas para charlar largo y tendido. Fuimos vecinos. Su familia vivía en la acera de enfrente de la casa de mis papás. Fue en su casa donde escuché heavy metal por primera vez, preguntándome por que esa música reflejaba tan fielmente mis pulsiones; en su sofá, frente a la televisión, pasamos horas de muchos días viendo MTV. En su habitación transcurrieron noches en vela estudiando para los exámenes finales, en especial para biología; recuerdo a Poncho, echado en su cama, rasgando su maltrecha guitarra, recitando el ciclo de Krebs, mientras Beto y yo, en el suelo, cabeceando, le dábamos pistas.

Su padre tenía una bodega en la Central de Abastos. Allí comerciaba con plátano que traía desde su natal Poza Rica, Veracruz. Algunas tardes fui a descargar huacales con fruta, pasándolos por la báscula, registrando su peso. El olor a putrefacción, moscas gigantes zumbando entre humedad irrespirable, me hacían dudar si la mojadura de mi ropa era sudor o condensación. La gente que por allí pululaba tenía pintas atroces. Pero era habitual para él. Reía con ellos mientras intercambiaba albures. Envidié su capacidad de no ser un extraño en ese mundo tan distinto al de la escuela.

En la preparatoria, a los amigos nos dio un verano por el boxeo. Alguien compró unos guantes y organizamos un torneo. Yo traía aparatos dentales, pero no reparé en ellos cuando acepté el reto de Jaime, más alto que yo, mucho más fornido. Al primer intercambio de golpes abrió mi labio superior y sangré profusamente. Pararon la pelea asustados. Poncho, que se indignaba con facilidad, me arrebató los guantes y tundió a Jaime, dejándolo en el suelo en posición fetal, pidiendo el fin de la pelea. «Yo no sé por que sentía la necesidad de protegerte de todos esos cabrones», confesó la última vez que nos vimos en el pueblo.

Un mes después, en noviembre, Heizel comunicó su deceso. Dejó dos hijos pequeños. Nunca quiso vacunarse.

Amigos.

De izquierda a derecha: Yo, Beto, Poncho y Silver. Durante la secundaria.


Si una lectura marcó este año, ha sido La Fenomenología del Espíritu, de Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Todos los domingos leía unas páginas, siguiendo el ritmo del podcast de Tras Hegel, casi devotamente. Me hacía mucha ilusión pasar esas horas del domingo, leyendo esas largas frases incomprensibles, a las que Macky y Néstor intentaban dilucidar. Ha sido maravilloso, cuando entre ese barullo, que es la prosa de Hegel, aparecía en mi cabeza una idea profunda y vibrante. Aún no termino la obra, aunque ya lo hicieron los episodios del podcast, por lo que he seguido por mi cuenta, sin asidero. Esta lectura es una de las actividades que más me enorgullecen del 2021.

Algunos números sin mucho significado: