Delación fragmentada
Un helicóptero sobrevuela la costa de Acapulco, internándose en el Pacífico. En él va el Secretario de Gobernación, el piloto, un hombre armado y otro esposado por la espalda, ovillado. El amasijo en que se ha desfigurado su rostro, revela las torturas sufridas durante la víspera.
—¡Ya cabrón, deja de sufrir! Esto puede acabar ahora mismo.— Increpa el hombre armado. —¿Dónde está Lucio?
—No lo sé—, balbucea el increpado mientras le escurre un hilo de sangre y
saliva por su boca. Sebastián se preguntó por el sentido de esa sucia covacha, doliente, como la
chica allí encadenada, quien ahora mantenía un silencio que lo aturdía. ¿Así
es la lucha de clases? Nada de esto le había dicho Irene. Fue interrumpido con el portazo del Roñas al entrar, quien, sin mediar
explicación, apoyó su AK-47 contra la pared, se quitó el pasamontañas y se
acercó a la inmunda cama. Sebastián exclamó: —¿Qué haces güey? ¿No ves que es la sobrina de Echeverría? La mirada del Roñas lo congeló. No hay argumento posible ante aquella
respuesta. Así que Sebastián giró sobre sus talones y cedió a la iniquidad, no
sin antes advertir: —De esto se enterará Lucio. Cuando Sebastián llegó a Tierra Caliente, egresado de la escuela normal,
rebozaba ilusión, aunque pronto fue socavada por la miseria y el agobio de
un sol aplastante. Al ser el único letrado, su papel se extendió a las labores de
amanuense. Luego el trato se agrió: recibió amenazas a punta de machete, al
insistir que sus alumnos deberían dejar el trabajo agrícola y no faltar a
clase. En otra ocasión, al evitar que una de sus pupilas fuera moneda de
cambio entre la familia de la niña y un acreedor, tuvo que refugiarse en
Apatzingán. Tal vez sus colegas tenían razón, debería dejar de implicarse y que esta gente
se fuera a la chingada. Y aunque detestaba la apatía, tan generalizada entre
los maestros rurales, le resultaba imposible vivir con tanta frustración. Una tarde, cuando el calor obligaba a buscar el fresco, llegaron los del
Movimiento de Acción Revolucionaria. La comunidad rogó al profesor fungiera de
su portavoz, y aunque temeroso del proscrito movimiento, accedió. Su homónimo en el contingente clandestino era una mujer llamada Irene. Para
Sebastián, Irene era perturbadora: nunca imaginó encontrarse a una mujer tan
blanca en aquellos parajes. Sebastián e Irene charlaron largamente sentados bajo la sombra de un huizache,
bebiendo pulque curado de tuna, en toscos cuencos de barro cocido. Iba con los ojos vendados dentro del maletero de un Chevy. Cuando se metieron
en terracería, el viaje empeoró. Pero el dolor del traqueteo menguaba el
miedo: era su última oportunidad para seguir con vida. Poco después se apearon y el sol cegó a Sebastián. Callados, se internaron en
la selva. Caminaron por varias horas hasta que llegaron a la sede central del
Partido de los Pobres: un campamento semifijo, pero organizado y limpio. Luego
de comer lo que le convidaron y de bañarse en el remanso del río, esperó por
su audiencia. Entrada la noche lo mandaron llamar. —Así que perteneciste al MAR.— dijo Lucio. —¿Cómo fue que no te capturaron? Sebastián explicó que su labor consistía en educar al pueblo en los principios
del marxismo, ya que era profesor rural. Así que, aquél día, no estaba con
ellos, aunque deseaba haberlo estado, con sus camaradas, con Irene. —¡Entonces fuiste uno de sus amantes! —interpeló Lucio con socarronería, pero
al notar que los músculos de Sebastián se tensaron, intentó corregir: —No te
preocupes. Al ser extranjera, seguro que ni siquiera pisó la puerta de
Lecumberri. La habrán expulsado del país, y estará de vuelta en su patria,
atiborrándose de Chianti y pasta. La mera mención del Palacio Negro de Lecumberri hacía estremecer: quien
entraba, jamás volvía a ser visto. Lo que ocurría allí, caía en el terreno de
la más sórdida especulación. —Quiero pelear. —Afirmó secamente Sebastián. —Para eso estamos todos aquí: para hacer la revolución. —Contestó Lucio con
una sonrisa. Apuntando con el índice, concluyó: —Él es el Roñas. Necesita de
gente para un trabajo. La noche era demasiado calurosa, pero no deseaban separarse. Sebastián se
había enganchado a su olor, al sabor de su melena castaña, a la dureza de su
vello púbico como el pelo de una bestia indómita. Él se ufanaba de saber todo sobre Irene. Sabía que sus padres fueron líderes
del Partido Comunista Italiano, y que fue educada con ideas de
vanguardia. Sabía también, que la Cosa Nostra los asesinó por encargo, dentro
de su labor de aniquilación del Partido. Fue entonces cuando Irene huyó a México, donde tenía familiares que habían
emigrado. De inmediato, sus convicciones la pusieron en contacto con los
grupos comunistas del país, sumergidos en la clandestinidad, ilegalizados por
el gobierno. Este periplo la llevó a Tierra Caliente, a los agrestes brazos de aquel
maestro rural. Desnudos, bajo la claridad de una noche limpia, Irene le demostraba a
Sebastián que no era su culpa ser pobre, que era la consecuencia de un sistema
que sólo vela por la libre circulación del capital, necesitada de mano de obra
sometida, para seguir acumulando riqueza que nunca le perteneció. Una noche, después de cenar, Sebastián le regaló a Irene un pliego, escrito
con su puño y letra, con el Manifiesto Comunista. Bajo la proclama de
"¡Proletarios de todos los Países, uníos!", Sebastián agregó, "Irene, quiero
unirme." Desde la muerte de la sobrina de Echeverría, Sebastián ya no soportaba al
Roñas, ni a Lucio. Pero no podía abandonar. No ahora, que estaban a punto de
morder la yugular del gobierno. El secuestro del candidato a gobernador del
Estado de Guerrero, significaría suturar la herida que aquella niña le dejó. Trabajaron meticulosamente los detalles. Cada participante del comando sabía,
de manera cronometrada, sus movimientos. No obstante, las cosas comenzaron a
salir mal desde un principio: el candidato no siguió la ruta esperada; la
furgoneta que detendría el coche oficial, no encendió, forzándolos a utilizar
un vehículo menos apto. Y el guardaespaldas sobornado, incumpliendo el
acuerdo, ofreció férrea resistencia. Sebastián, a pesar de los obstáculos, realizó sus tareas de manera
impecable. Pero al subir al coche para huir con el plagiado, le asestaron un
golpe con la culata de un AK-47 en la frente, dejándolo inconsciente. Se encontró preso en el campo militar de Acapulco cuando volvió en sí. Fue
identificado por Inteligencia como alguien cercano a Lucio, y se pidió, desde
la oficina Presidencial, que se le aislara. Terminados los interrogatorios y las torturas de rigor, Sebastián fue subido a
un helicóptero, donde también iba Echeverría, el Secretario de
Gobernación. Imaginó que sería llevado a Lecumberri, no obstante, el
helicóptero se internó en el mar. Echeverría, que hasta ese momento había permanecido impávido, finalmente
preguntó: —¿Quién mató a mi sobrina? En su fuero interno, Sebastián siempre estuvo seguro: —Fui yo. Entonces fue arrojado al mar y, mientras caía, besó por última vez a Irene.*
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