Tribulaciones de un degenerado II

Domingo por la mañana. Bajé a la cocina con el fin de freir un par de huevos. Huevos revueltos con tocino y café, el brebaje de cada mañana que se remonta hasta mis días previos a la consciencia. No existe el mundo antes de su ingesta. El sartén tenía restos de la tajada de carne de la tarde anterior, así que lavarlo era fútil, reutilizaría la grasa. La cafetera también estaba sin lavar. Era una pequeña cafetera italiana que me habían regalado años atrás. Amaba realmente esa cafetera: por la mañana cortados, expreso después de comer, en la noche uno u otro. Destestaba que la señora de la limpieza lavara con agua y jabón la cafeterita, ya que un sabor a jabón corrompía al siguiente café. Ese pedazo de metal sólo debe se enjuagado sin importar cuántas tantas costras pardas tenga. Así me había enseñado Beatrice.

Mi mente se remontó a esos escasos días de abril, en las estrechas calles de Granada. Beatrice se ofreció a darme hospedaje gracias a una amiga en común. Ella fue mi guía en la idiosincrasia europea. Italiana, trabajaba para una corporación paneuropea y radicaba, por el momento, en Granada, España.

Lavaba la vajilla y Beatrice entró a la cocina. Regresaba del trabajo. Había pasado toda la mañana leyendo a Bukowski y ahora trataba de dejar la cocina como estaba antes de mi opípara comida. Se recargó en el marco de la puerta y me observó mientras fregaba.

—Siempre tuve una fantasía.— Me dijo después de una pausa y una risa ahogada. Su acento italiano y sus ojos verdes me hacían temblar.

— ¿Cuál?

— Entrar a mi casa y ver a un hombre lavando la loza en ropa interior.

— ¿Quieres que me quite los pantalones?

Me sacudí el recuerdo. Hacía años de eso, sólo fueron un par de semanas y jamás había vuelto a tener contacto con ella. Europa sólo era parte de un fugaz pasado.

Me duché, me puse unos pantalones de mezclilla muy usados y una playera de Guns and Roses. Dudé en afeitarme, pero no me dieron ánimos de pasarme una navaja por el rostro.

Lo admito, me gusta trabajar los domingos, pero en mis proyectos personales. Y precisamente esa mañana la tenía destinada para avanzar emulador de risc para x86. Puse un disco de Enrique Bunbury y prendí la computadora. Las primeras notas comenzaban a surgir por la bocinas cuando el timbre de la puerta rompió la melodía. Bajé el volumen y me dirigí a la puerta. Era Lourdes, ex—compañera de trabajo y novia de Alberto, uno de sus mejores amigos desde la adolescencia.

—Oye, ¿puedo ver aquí el partido de americano? Tuve una noche de mierda y no quiero estar en mi piso.

—Pasa, estas en tu casa.

—Déjame adivinar: Bunbury.— Sonreí apenado. —Aburres con eso.

—Ya sabes que soy monomaniaco. —Le expliqué mientras apagaba el mini—componente y ella prendía la televisión. —¿Quieres una cerveza?

—¡Por favor!— Exclamó entusiasmada.

—¿Y Alberto?— Pregunté mientras le extendía la Tecate que había sacado de la nevera.

—No sé.

—¿Qué ha pasado?

—Anoche me propuso matrimonio.

—¿Y esa fue tu noche de mierda?— Pregunté sorprendido a punto de grito.

—No me vengas ahora tu con eso. He tenido bastante. Ahora sólo quiero ver el partido. He apostado a favor de los Gigantes.

—Creo que Jacksonville esta mejor que ellos esta temporada.

—Calla y observa.

Tomé otra cerveza y me tumbé en el sofá. Definitivamente era muy temprano para empujar una cerveza, así que la dejé a medias en la mesa de sala. Lourdes no le ponía ningún pero. Seguramente tenía resaca.

Íbamos por el segundo cuarto cuando suena el teléfono. Contesté. Sabía que era Alberto. Pensaría que fue una intuisión, pero si lo analizábamos, esa llamada era inminente.

—Bueno.

—Hola Héctor.— La voz de Alberto era acongojada, pastosa, lastimera, resultado de una víspera en llanto.

—¡Alberto!— Contesté con falso entusiasmo. Lourdes hizo una mueca y se encogió de hombros. —¿Qué pedo güey? Te oyes mal.

—Sí. Lo estoy. Anoche organicé una cena romántica con Lourdes. Estaba decidido. Ya te había platicado que la relación se estaba enfriando, que la sentía cada día más lejana, siempre hablando de su trabajo, de sus perspectivas, de sus oportunidades. Nunca habló de un nosotros, Héctor. Pero sabía que me amaba y tenía la esperanza que si le proponía matrimonio, si le daba a entender que me jugaría el destino con ella, a su lado, ella descubriría ese nosotros.

—Tal vez necesite tiempo. El matrimonio espanta a cualquiera de buenas a primeras.

—¡No!, tu no entiendes, ya habíamos hablado de eso... le compuse una canción, había flores, y hasta compré la sortija...— Alberto se echó a llorar.

—Tranquilísate.

—Mejor luego hablamos. ¿Café hoy en la noche?

—Claro. ¿Sanborns por ahí de las nueve?

—Perfecto.

—Era Alberto.

—¿Te contó?— Preguntó Lourdes con indiferencia.

—No mucho. Hoy echaremos café.

—Chido.

Lourdes estaba muy tranquila. ¿Cómo podía saber que no la iba juzgar? ¿Cómo podía no importarle que la juzgara como una mala persona? Tal vez no le importaba. Tal vez estaba segura que no la juzgaría. Y así fue. No tenía la fuerza para defender a mi amigo. Además no era mi problema. Prendí un cigarrillo y me ensimismé ignorando el partido.

De rondón la imagen de mi padre apareció: "Pinches mariconadas de tu amigo. Viejas sobran. Yo a su edad no me contentaba con una y ya estaba casado con tu madre. Cada generación esta más aputada. Ya no hay amanerados por que simplemente todos lo son. La sociedad se esta iendo la chingada: la mujeres se apropian de los roles masculinos y los hombres ahora se dedican a morder la almohada.". Este imaginario discurso de mi padre me llevó a preguntarme sobre la virilidad, ¿qué significa actualmente ser hombre? Indudablemente los roles del individuo se están reacomodando en la sociedad. La milenaria división del trabajo ya no esta en función del sexo.

Mi abuelo sabía lo que es ser un hombre sin siquiera preguntárselo: tenía que partirse el lomo trabajando, embarazar cuantas veces pudiera a su mujer, tener una casa chica, emborracharse con los amigos, admirar a Pedro Infante y a Jorge Negrete, batirse a puños ante la menor ofensa. La virilidad estaba descrita en términos llanos y simples. La feminidad también. Cada uno sabía su papel de antemano, no había margen de maniobra. Había menos libertad, ¿pero quién quiere la libertad cuando puedes tener una vida sencilla y predeterminada? Supongo que todos preferimos la libertad ¿sabremos realmente su costo? Ya no tenemos modelos a seguir, los estereotipos a imitar han perdido validez y tenemos que descubrir nuestra propia identidad por nosotros mismos. Estamos navegando sin instrumentos hacia lo desconocido.

"Una mujer despierta cuando la toca por primera vez un hombre", decía mi padre, "Lo importante es cumplirles, hacerlas sentir mujer". No obstante las mujeres se saben tal aún antes de preguntarse el papel del hombre. Pensé en la niñez, recordé a mis padres impulsándome a jugar con carritos, a los bomberos o al policía.

—¿Recuerdas cuántas muñecas tuviste de chica Lourdes?

—No muchas. No me gustaban. Prefería jugar con carritos. — Esbozó una sonrisa malévola. —Mis abuelos rabiaban al verme jugar en el suelo chocando los carros de mis primos.

—Me imagino.

—¡Corre imbécil! Pinche liniero.— Gritó Lourdes. Habían capturado al quarter-back atrás de la línea de golpeo. —Ahí van 8 yardas.

—¿Por qué rechazaste a Alberto?— Me aventuré preguntarle.

—Varias razones. La principal es que Alberto no piensa en mis necesidades y objetivos. Yo quiero varias cosas antes de casarme. No dejaré que un hombre me defina. Tengo que definirme individualmente antes de definirme como pareja.

—Entiendo. Creo que debo felicitarte por eso. Pero también sabes que Alberto es mi amigo y estaba muy entusiasmado contigo.

Lourdes dejó su cerveza en la mesa y se inclinó hacia mi ignorando el partido.

—Me han ofrecido irme a Australia, al grupo de desarrollo de allá.

—¡Felicidades!— Me apure en decir. —¿Aceptarás?

—¿Ves por qué rechacé tan tajantemente a Alberto?

Hubo un silencio. Hay silencios entre las personas que resultan mortales, insoportables. Pero hay ciertas personas con las que un silencio no es incómodo, sino todo lo contrario, era sinónimo de compresión, de mutuo acuerdo, de una comunicación casi extrasensorial.

—¿Por qué renunciaste?— Me interrogó Lourdes rompiendo el silencio. —Tenías buenas perspectivas en la empresa. Ahora tengo que lidiar con puro novato recién egresado. El nuevo chico me entregó su algoritmo de fusión sensorial. Una implementación muy elegante de los filtros Kalman: ¡recursiva!

No pude evitar reírme.

—Le tuve que aclarar que nosotros desarrollábamos aplicaciones de tiempo real y que sus chingaderas tenían complejidad exponencial.

Ambos reímos, burlándonos de aquel anónimo programador.

Otro silencio.

—¿Sidney?

—Canberra.

—He oído que es muy bonito. Una ciudad hecha bajo pedido, como Brasilia. También he oído que esas ciudades han sido un fracaso urbano.

—Ya veremos.

Silencio.

—Sabes, lo que estoy segura de extrañar de Alberto va a ser el sexo.

—Siempre habrá manos.

—¡Qué te pasa! ¿No sabes que la masturbación esta prohibida en la Constitución Mexicana?

—¡No mames!

—En serio: "Ningún mexicano se hará justicia por su propia mano".

Nuestras risas opacaron la música de las porristas del medio tiempo.

—Entonces ya debo varias cadenas perpetuas.— dije con timidez.

—Igual yo.— se apresuró en completar.

De nuevo hubo carcajadas. De pronto me sentí avergonzado y me apuré la media botella de cerveza que tenía aún enfrente. Me levanté y fui por otro par.

—¿Por qué nunca hubo nada entre nosotros?— preguntó con serenidad Lourdes.

—¿Miedo?— contesté con candidez. —Tenemos miedo uno del otro.

—Yo no te tengo miedo.— me aseveró mirándome fijamente.

—Yo a ti sí.— contesté desviando los ojos.

—No, yo creo que es cosa de química.

El café y la cerveza hicieron su efecto. Me paré del sillón para ir al baño que estaba a un costado de la sala de estar. Ese medio baño era el más socorrido durante las reuniones en la casa. Es un cuarto oscuro, sin ventanas, un ventilador hace su mejor esfuerzo para mantener el aire fresco y un débil foco ayuda a localizarse. Prendí el interruptor, se prendió el ventilador pero no así el foco. Se había fundido el filamento de tugsteno. Mientras me acomodaba por costumbre para mear, pensé en que sin luz seguramente perdería el tino y orinaría fuera del retrete, para luego prever que muy probablemente Lourdes tendría que hacer uso del servicio tarde o temprano. Decidí mear sentado. De nuevo la invasiba imagen de mi padre volvió: "Cabrón, para esto me gustabas. Ahora meas sentado. Te digo, como dice Polo Polo, ahora sólo hay putitos—rasca—cola".

Me costó trabajo concentrarme y aflojar el esfínter. Me sentí desmasculinizado, castrado, ridículo. Recordé la frase "cuando el peligro de violación es inminente, relájate y disfrútalo". ¡Da igual!. Si virilidad la define la forma de orinar, qué fácil sería el resto.

—¿Química?— Le interpelé al salir del servicio. —¿Qué demonios es la química? Creo que es un pretexto más que una respuesta.

—¿No has oído hablar de las feromonas? Son parte de eso.

—Quieres decir que tu no decides de quién te enamoras, sino que simplemente respondes a las respuestas de tu cuerpo. Puede que te guste alguien pero si tu cuerpo no produce feromonas o endorfinas, tendrás que olvidarlo.

—Tal vez. ¿Y a qué viene la refutación de la química? ¿Estas proponiéndome algo?

—No.— Me apuré a responder acobardado.

Recordé a Beatrice, un día antes de mi partida, en la víspera le había propuesto quedarme con ella indefinidamente. Esa tarde llegó y me dijo: "Quítate la ropa: tenemos que hablar". Al día siguiente me marché.

El partido continuaba y Lourdes se interesaba más en él. Estaban empatados a 21 puntos. Yo volví a encender un cigarrillo y a ensimismarme.

Antes, mis abuelos buscaban pareja bajo restricciones muy simples: las mujeres buscaban varones fuertes, resueltos, trabajadores y más o menos comprometidos. Los hombres buscaban mujeres que supieran atender un hogar y con caderas anchas para asegurar el nacimiento de los niños. ¿Pero ahora qué buscamos? Antes las parejas no tenían el mismo tiempo de relación que ahora, los hombres se iban a trabajar todo el día, las mujeres quedaban en casa, y sólo se volvían a ver hasta la noche. Ahí es donde su vectores de calidad lucían y se olvidaban del resto: comida y sexo.

Sin embargo ya no estamos tanto tiempo fuera de casa. El trabajo lo hacemos en casa, la gran empresa que regía nuestra existencia, ahora cambia a pequeñas organizaciones sinergizadas, donde sus participantes no necesitan trasladarse para tomar decisiones. Ahora el roce con nuestras parejas es mayor, pasamos mas tiempo con ella que con los amigos en el bar. Es por esto que los requisitos de matrimonio han crecido, se han complicado. Buscamos parejas con las cuales podramos entendernos no solo en la cama, sino también con la cabeza, con el corazón, con la visión del mundo, con los ideales compartidos.

Pero entonces, ¿dónde esta la virilidad? ¿qué papel tengo que representar? El divino Oscar decía que lo más importante en la vida es tomar una pose, ¿cuál es la mía?. La violencia y la fuerza física han disminuido su papel en la relaciones interpersonales. Y éstas eran la pierda angular de la hombría. Ahora la virilidad y la femeneidad no son más que una mera caracterización genital. Pero esa reducción es injusta ya que una mujer siempre puede ser mujer, al menos físicamente, en cambio un hombre sólo lo es unas pocas horas durante toda su existencia. Qué pálida se nota ahora la falacia freudiana de la envidia del pene. Definitivamente, la sexualidad femenina es mucho más poderosa que la masculina, y ahora que hemos de ser iguales en todos los aspectos menos en la intimidad ¿alguien saldrá perdiendo? ¿quién?

El partido terminó con la derrota de Gigantes. Lourdes muy molesta se despidió. Tenía que pagar su deuda. Yo me quedé a lavar la ropa para el resto la semana.