Una tarde

circa 1997

Eran los últimos días de invierno, más sin embargo el frío era mayor. La gente pululaba abrigada con abultadas chamarras, las manos en los bolsillos y el vapor de su resuello calentando sus narices.

De rondón una brisa agito los árboles y me aterí encogiéndome en la calidez de mi chaqueta. El crepúsculo pardeaba el horizonte y los pájaros se removían entre los cepos de los pirules, tabachines y eucaliptos en medio de la algazara.

Impredecible era el tiempo que iba a permanecer ahí, tal vez cuando me fastidiara o cuando el disgusto se fuera. Me hallaba irritado sin razón aparente, las jornadas de la víspera habían discurrido amargando mi espíritu y esperaba que la quietud de la arboleda embargara mi dilapidado ser, alejado de las psicodélicas imágenes y demás frivolidades que se entrometen escandalosamente en nuestras vidas.

Me encontraba ovillado cuando interrumpió mis insulsas reflexiones una caterva de párvulos que reían, corrían y gritaban con inmenso y pueril vigor. Sus madres, urdiendo y gesticulando profusamente, los alentaban y lisonjeaban con descuido. Uno de ellos, en medio de la algarabía, tropezó para levantarse con un grito reprimido, que no tardó en resonar por todo el parque. Raudamente, la afectada madre, lo apuró a sus brazos para cargarlo, mientras los demás niños callaban ante el infortunio de su compañero.

Volví la cabeza para verlos alejarse. Una nostálgica congoja capturó mi corazón al evocar amorfos recuerdos que había olvidado años atrás, no obstante temía reconocer; eran ofuscación que no deseaba revivir, y la causa de mi estadía. Bajé la mirada para dejar ir la obcecación y a los críos.

Comencé a urgar en las faltriqueras de mi chaqueta y saqué una ajada cajetilla de cigarrillos; tomé uno para llevármelo a los labios y encenderlo con un fósforo que demoró en arder.

La bocanada inaugural fue como respirar por primera vez, halando el humo con angustia; sentí mi garganta escocerse al paso de la fumada para luego disiparse plácidamente en mis pulmones. Varias vaharadas después el clímax se presentó: un ligero vértigo, un fugaz mareo me hizo esbozar una ridícula sonrisa.

Observé el pitillo y vi como se consumía, como el infierno postrado a su extremo lo evaporaba mortalmente. Una singular metáfora de la vida, pensé. Cuando su calor quemó mis dedos lo dejé caer sobre mis pies para hollarlo con un dejo de desprecio.

Me apoyé sobre el respaldo de la solitaria banca en que me encontraba sentado y permití escapar un resoplo de humo y hálito. Sin tener conocimiento del por qué, me sentí inesperadamente sosegado, tuve la sensación de volver a tomar el timón de mi derrotero. Y las aves estaban ahí, festejando la reconquista de mi ser.

A lontananza atisbé a un par de muchachas con largo cabello hasta los hombros, las manos sumidas en los bolsos de sus lustrosas pellizas, los estrechos pantalones de mezclilla y unos pequeños borceguíes que ocultaban a sus igualmente finos pies. Una de ellas llevaba bajo el brazo una cartera muy florida y femenina. Si bien de soslayo parecían dos idénticas musas invernales, fijando más la atención caería siempre la mirada a la chica más cercana a mi, la que deambulaba sin cartera. Imposible era precisar qué la distinguía: su garbo, su sonrisa, su manera de caminar, su cándido coqueteo...

Sin embargo lo que me embelesó fue su mirada. En cuanto la reconocí, mis ojos se aseguraron en ella tratando de descubrir los suyos. Finalmente, en un encuentro cósmico, nos contemplamos sin temor, reconociéndonos tal como viejos y entrañables amigos. A medida que se acercaba, el corazón me latía con mayor rapidez, un exiguo marasmo se apoderó de mi, permaneciendo en completa estolidez.

No dejan de asombrarme los cruces efímeros y fútiles que con tanta gente tenemos. La perecedera presencia del otro ser humano nos es tan indiferente, es una friolera más en esta existencia. En pocas ocasiones nos detenemos a meditar sobre los que se atraviesan pasajeramente entre nosotros.

En un momento avisté sus hermosos ojos cafés y vi que me veía, pensé que en mi pensaba y fantaseé que conmigo fantaseaba. Con la mirada la besé, con la pupila me sedujo, el iris nos hechizó y aquellos instantes fueron una vida juntos. Éramos confidentes, furtivos amantes, conocíamos perfectamente nuestras historias. Los ojos son el balcón del alma y su alma era diáfana; una aureola virginal le rodeaba; un henchido corazón me amaba; a unos obscuros ojos yo rendía pleitesía. Mas ambos fuímos víctimas de la pasión y en un abrir y cerrar de ojos ambos supimos que era el final.

Ella, al pasar a mi lado, al huir de mi vida, volteó para conversar con su amiga y me abandonó como a una reticente reliquia. No me dejes bella hurí, moriré sin ese racimo de ojos cafés, exclamé gritando en silencio. Sentí roto el corazón.

Pero poco duró el dolor y audaz fue el olvido, nuevos bríos embravaron mis sentidos, nueva ansia de vivir ensalzó mi estima y al acto me incorporé sacudiendo al polvo y las arrugas. Indiferente al mundo continuaré estando y cobarde seguiré siendo, por lo menos hasta el momento a que al jardín regrese.

Eché a andar apoyado en el pretil de la baranda y a mi rostro se escurrió una risa sardónica. Me regodeé secretamente de todos los románticos, de todos aquellos quiénes creen en lo sublime del amor, en lo sempiterno, en lo grandioso de la diligencias de Cupido. Me chanceé de todos los enamorados, de todos lo que mueren por amor. En cuestión de segundos viví un romance tan intranscendente y a la vez tan bello que zahería a quiénes profesan al encomiable amor.