Pedro Páramo

La primera vez que leí Pedro Páramo tendría quince años. Norberto recién lo había terminado y yo, espoleado por el espíritu competitivo, se lo pedí prestado. Me dijo que era una novela corta y fácil de leer, son fantasmas en un pueblo y poco más. Lo siguiente que recuerdo es la desesperación de no entender qué contaba. Su carencia de linealidad, sus saltos temporales y espaciales, me obligaron ir al punto final a punta de coraje, de leer palabra tras palabra sin significado. Lo que sí me marcó a fuego fueron las escenas de Donis y su hermana/amante, como la sensación de calor sofocante.

Muchos años después, en el 2012, leí El llano en llamas, durante un vuelo a EEUU, terminando convencido de que debía releer Pedro Páramo, ahora sí con la seriedad debida. Estoy convencido que aprender a leer no es un evento que ocurre durante una etapa de la vida. Uno aprende a leer en diferentes momentos. Uno se encuentra con maestros, libros, experiencias, que desvelan otras dimensiones al aproximarse a los textos, en especial a esos que llamamos poesía y literatura. Reconocía, pues, que había reaprendido a leer desde hacía poco y que debía su relectura.

Juan Rulfo

Juan Rulfo (origen)


Al contrario de lo que me dijo Norberto en la adolescencia, Pedro Páramo es una obra difícil, exigente para el lector. El mismo Rulfo dice que para entenderla hay que leerla, al menos, tres veces. Y así fue: una primer lectura de juventud, y dos lecturas consecutivas hace un par de semanas. No sé si la he entendido, pero ahora sí sé qué está contando. Claro, es una historia de fantasmas en un pueblo, en eso no se equivocaba, pero es mucho más que eso.

Pedro Páramo es una novela lacónica, despojada de adjetivación, de toda descripción. El mecanismo dominante es el diálogo, con aliteraciones constantes, no obstante es poética, y con toques de humor.

—Hace calor aquí —dije.

—Sí, y esto no es nada —me contestó el otro—. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.

Es una novela de estructura fragmentada, donde el tiempo y el espacio es descolocado a cada escena. Hay ciertas ediciones de la obra que ofrecen una posibilidad de lectura cronológica, es decir, como en la serie Elige tu propia aventura de la editorial Timunmas, o la lectura alternativa de Rayuela, a final de cada escena marcan saltos a otra, varias páginas después para seguir con un supuesto orden cronológico. Sin embargo, queda constancia que Rulfo trabajó mucho en su estructura. Juan José Arreola le ayudó. Escuché la anécdota de que sobre la mesa de Ping Pong de Arreola, dispusieron todas las escenas para buscar la mejor estructura.

La novela contiene varias tramas. Las dos más palpables son la de Juan Preciado, que va a Comala en busca de su padre, Pedro Páramo, y la otra, la vida de éste, marcada por su amor frustrado por Susana San Juan. Juan Preciado muere en Comala, un pueblo habitado por muchos fantasmas y pocos vivos; enterrado junto con la pordiosera del pueblo, Dorotea, la Curraca:

—Sí, Dorotea. Me mataron los murmullos. Aunque ya traía retrasado el miedo. Se me había venido juntando, hasta que ya no pude soportarlo. Y cuando me encontré con los murmullos se me reventaron las cuerdas.

Precisamente, se cuenta que la novela originalmente se titularía Los murmullos, pero Alí Chumacero, uno de los directores del Fondo de Cultura Económica, quien le recomendó el título con el que se publicó: Pedro Páramo. Nombre resonante y significativo: la piedra en el desierto.

La novela abre con Juan Preciado guiado por Abundio en su camino a Comala, quien también (le dice) es hijo de Pedro Páramo. Cierra la novela, con el asesinato de Pedro Páramo, a cuchilladas, a manos del mismo Abundio, ciego de borracho, sordo de accidente y penando por la muerte de su esposa, sumidos en la más abyecta pobreza. Tiene la novela, por tanto, una estructura circular: Edipo transmuta en Virgilio para volver a comenzar.

La segunda trama, la vida de Pedro Páramo y su amor por Susana San Juan, recorre su infancia, donde la separación de ambos, debido a la mudanza de la familia San Juan, supone una especie de expulsión del paraíso. Sus obsesivos recuerdos con Susana son casi amnióticos, acuosos, como el nacimiento de Venus de Botticelli. Y la expulsión de Pedro fue al desierto, al páramo de su linaje. Tras el asesinato de su padre, Lucas Páramo, Pedro se hace del control de La Media Luna, rancho a las afueras de Comala, siendo muy joven, y, tal como en la novela 25 años anterior a ésta, El Gran Gatsby, Jay Gatsby recurre a lo que sea (sobre todo el crimen) para estar a la altura del amor de Daisy Buchanan. No obstante, Daisy jamás podrá dejar a su marido, Thomas Buchannan, así como Susana jamás abandonará a su difunto marido, Florencio. A diferencia de Jay Gatsby, Pedro Páramo no se limita al tráfico de alcohol para amasar su fortuna, Pedro Páramo es un hacedor de desiertos, un Midas de resequedad y muerte. Para muestra está el asesinato de Filoteo Arechiga para quedarse con sus tierras, el casamiento por conveniencia con Dolores Preciado (madre de Juan), los servicios de Inocencio Osorio, el Saltaperico, para agenciarse de las mujeres que se le antojaran al patrón, el asesinato de Bartolomé San Juan para quedarse con su hija.

La putrefacción es profunda y llega a su hijo Miguel Páramo, a quien reconoce por insistencia del padre Rentería:

—Don Pedro, la mamá murió al alumbrarlo. Dijo que era de usted. Aquí lo tiene.

Y él ni lo dudó, solamente le dijo:

—¿Por qué no se queda con él, padre? Hágalo cura.

—Con la sangre que lleva dentro no quiero tener esa responsabilidad.

—¿De verdad cree usted que tengo mala sangre?

—Realmente sí, don Pedro.

—Le probaré que no es cierto. Déjemelo aquí. Sobra quien se encargue de cuidarlo.

—En eso pensé, precisamente. Al menos con usted no le faltará el sustento.

El muchachito se retorcía, pequeño como era, como una víbora.

—¡Damiana! Encárgate de esa cosa. Es mi hijo.

Miguel, siguiendo las mañas de su padre, usaría a Dorotea para apalabrar a las mujeres que deseaba. Así violó a Anita Rentería, sobrina del cura, luego de matar a su padre. Así murió en un accidente a caballo. Y el mismo padre Rentería le otorgó perdón y entierro a cambio de unas monedas de oro.

Pedro Páramo se casó con Dolores Preciado un 8 de abril. Susana San Juan moriría un 8 de diciembre. 50 personajes con nombre (demasiados para una obra de tan corta extensión). Varios pueblos y ciudades de los bajos de Jalisco: Contla, Comala, Sayula, Apango, San Miguel. Vendría la Revolución y Pedro manda al Tilcuate a velar por sus intereses, siempre aliándose con el más fuerte. Pero al llegar la Rebelión Cristera, Pedro estaba abatido por la muerte de Susana San Juan, tras una larga agonía que lo mantuvo alejado de ella, y ya no le importó que el Tilcuate lo traicionara. Con la muerte de Susana San Juan, Pedro sentenció a Comala. El hacedor de desiertos acabaría con la ciudad, reduciéndola al pueblo fantasma que recibió a Juan Preciado. Circularidad.

Descubrí, en mi segunda lectura, que Rulfo utiliza los tiempos verbales de manera muy rigurosa. La mayoría de la narración está en pasado, pero en pasados mezclados con futuros, para lograr una sensación de ruptura temporal. El caso más famoso es el párrafo:

El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo.

Se dice que ese párrafo inspiró a Gabriel García Márquez, en el de apertura de Cien años de soledad:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Ambos párrafos usan el pospretérito (se acordaría) para señalar el futuro del pasado que se está describiendo en ese momento. párrafos complejos por su temporalidad.

Y sin embargo, hay dos escenas donde Rulfo escribe en tiempo presente:

Susana San Juan oye el golpe del viento contra la ventana cerrada. Está acostada con los brazos detrás de la cabeza, pensando, oyendo los ruidos de la noche; cómo la noche va y viene arrastrada por el soplo del viento sin quietud. Luego el seco detenerse.

Han abierto la puerta. Una racha de aire apaga la lámpara. Ve la oscuridad y entonces deja de pensar. Siente pequeños susurros. En seguida oye el percutir de su corazón en palpitaciones desiguales. Al través de sus párpados cerrados entrevé la llama de la luz.

No abre los ojos. El cabello está derramado sobre su cara. La luz enciende gotas de sudor en sus labios. Pregunta:

—¿Eres tú, padre?

La otra es:

En el hidrante las gotas caen una tras otra. Uno oye, salida de la piedra, el agua clara caer sobre el cántaro. Uno oye. Oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen. Las gotas siguen cayendo sin cesar. El cántaro se desborda haciendo rodar el agua sobre un suelo mojado.

«¡Despierta!», le dicen.

Reconoce el sonido de la voz. Trata de adivinar quién es; pero el cuerpo se afloja y cae adormecido, aplastado por el peso del sueño. Unas manos estiran las cobijas prendiéndose de ellas, y debajo de su calor el cuerpo se esconde buscando la paz.

«¡Despiértate!», vuelven a decir.

La voz sacude los hombros. Hace enderezar el cuerpo. Entreabre los ojos. Se oyen las gotas de agua que caen del hidrante sobre el cántaro raso. Se oyen pasos que se arrastran… Y el llanto.

Son dos partes donde sucede la premonición de la muerte, como si el memento mori solo puede ocurrir en tiempo presente.

¿Cómo llegó Juan Rulfo a crear esta obra? No se sabe. Su mutismo, su recelo, su poca producción literaria, la auto-ficción para contar su pasado, forjó un mito alrededor de él. Era un gran lector, sin duda, ¿pero qué leía? ¿cuáles fueron sus referentes? Ésto es campo fértil para la especulación. Unos dicen que escritores nórdicos (¿cómo llegarían a México?, ¿cómo obtendría Rulfo traducciones?). Otros dicen que toda su escuela fue latinoamericana, y que abrevaría sobre todo de María Luisa Bombal, y su obra La amortajada. Otros apuntan a Virginia Woolf, Faulkner, Joyce. Algunos dicen que escribía profusamente, pero que su proceso de reescritura era extenuante. No le temblaba la mano al momento de tirar al fuego lo que no pasaba sus filtros.

Hay muchas interpretaciones de la obra: Que si representa lo inútil de la Revolución Mexicana y toda la violencia que permeó en la sociedad. O la más jocosa, la de Jesús G. Maestro, que alega ser el lamento de una sociedad, dominada por caciques, nostálgica del gran Estado Español del que se independizó (la democracia contemporánea, dice G. Maestro, es la forma más refinada del caciquismo, impuesta por EEUU al mundo). O Mario Benedetti, diciendo que Pedro Páramo era el precedente del Ciudadano Kane y Rosebud, su obsesión.

Lo importante es que Pedro Páramo está abierta a interpretaciones, a múltiples lecturas, y por eso sigue siendo relevante, un clásico. Además de su técnica y estructura, que la vuelve inimitable aunque referencial.


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