22 January, 2:07am

Tengo una extraña habilidad: le caigo bien a la mayoría de los niños. No puedo decir que a todos, porque he encontrado las excepciones, pero creo que bien puedo decir que a la mayoría de los niños que he conocido les agrado. Sin embargo, no puedo declarar que sean correspondidos, mi paciencia no da para tanto. O tal vez me sea difícil tratar a una persona que sea pura emoción sin control. El caso es que no son mi predilección.

Cuando leí sobre Jean Piaget me sorprendió la forma como abordó su investigación sobre el proceso del desarrollo intelectual: observando a sus propios hijos, con la mente abierta a todas las posibilidades, observando como magnífico científico, dejando ser, sólo interactuando lo necesario para intentar comprender qué sucedía en sus mentes. Me pareció asombroso.

Esto viene a colación dado un pequeño encuentro que tuve ayer por la noche con E., el hijo de seis años de mi vecina. Estaba yo, como suelo estar, en la computadora, ensimismado en alguna patraña sin importancia, cuando escuché un grito de terror. Supe que era E. No era la primera vez que se echaba a llorar sacando todo lo que sus pulmones pueden dar. Una vez ocurrió lo mismo y hasta tocó a mi puerta pidiendo ayuda, y no supe que hacer salvo pedirle que se calmara, cuando bajó la vecina de arriba, lo tomó en sus brazos y lo tranquilizó hasta que llegó su mamá. El niño simplemente se había espantado con la ausencia de su madre. Supuse, no sin cierto temor que esta vez no fuera así, que se había asustado otra vez al notar que su madre se había ausentado más de lo acostumbrado.

Salí, y ahí estaba, en el marco de la puerta llorando y diciendo algo que no podía entender. Un poco alarmado le pregunté que pasaba y me explicó que su mamá no estaba, que se había ido a comprar un pastel y que no había regresado. Me senté a su lado y le dije que la esperaríamos juntos, pero que antes me dejara ir por papel higiénico para que se limpiara las lágrimas y se sonara la nariz.

Un vago recuerdo pasó por mi cabeza. Aquella sensación de impotencia y pánico ante un mundo inconmensurable e incomprensible que tenía cuando menor, donde mi única salvaguarda era mi madre. Empatía dicen.

Una vez que se había limpiado los mocos, le pregunté si quería algo. "Pastel", me respondió con sinceridad. Le pregunté qué estaba viendo en la televisión y me contestó que mulán. Me alarmé: ¿cómo un niño de seis años se entretenía viendo Moulin Rouge? Un musical espanta a cualquiera, aunque Nicole Kidman estuviera en él. No... espera Víctor, ¿cómo un niño va a saber que moulin en francés se pronuncia mulán? no puede ser, debe ser algo más. Mulán, mulán... ¡claro! ¡la Pocahontas asiática de los estudios Disney! Me tranquilicé. Sin embargo percibí que entre nosotros habría un diferencial de impedancia algo grande si entrabamos a cuestiones de gustos e intereses, así que decidí mejor explorar un campo común: la escuela.

Le pedí que me platicara cómo le iba en la escuela, si le gustaba ir, si ya estaba aprendiendo a leer. Ni tardo ni perezoso E. sacó su mochila de Shrek y de dentro de ella su cuaderno de tareas. Me mostró complacido las asignaciones que le dejaban y se puso a leer las palabras que en el cuaderno estaban impresas, recortadas y pegadas. Primero reconociendo las letras individualmente, tratando de formar sílabas, comenzando por la primera, siguiendo penosamente por la segunda, volviendo a empezar para encadenar las primeras dos sílabas, buscando en su cerebro alguna pista que le indicara de qué palabra se trataba con esas dos únicas sílabas y así ahorrarse el trabajo de seguir leyendo.

No pude evitar remontarme en el tren de los recuerdos y recordarme aprendiendo a leer. Ahora la palabra escrita parece tan natural, tan completa en sí misma, tan llena de significados y juegos, y sin embargo antes eran una penuria. El reto de aprender a leer y escribir no es ninguna friolera. Me acordé de la primera vez que leí mi nombre escrito en un regalo de navidad; de cómo, cuando iba en el carro con mis papás, podía decifrar lo que decían los anuncios de las calles y eso me llenaba de orgullo.

Luego E. sacó su libro de lecturas. Un librillo de más dibujos que palabras, con enunciados cortos y simples, casi todos en verso. Se esforzó por leer algunos enunciados. Batallaba por hilvanar una palabra, sílaba a sílaba, para luego pasar a la siguiente palabra, el resto, para evitar leer, lo inventaba o recurría a su memoria, con éxito relativo. Me pareció un acto de pereza imperdonable y le insistía que se esforzara por leer todo el enunciado. Ya a posteriori creo que todos terminamos haciendo lo mismo en otras proporciones: queremos deducir lo consecuente a partir del antecendente y así ahorrarnos trabajo. Y aunque para algunas trivialidades funciona, y hasta signo de inteligencia es, para lo importante resulta ser una pésima costumbre. Pensé en platicarle sobre Sherlock Holmes, para explicarle que hay que poner atención y fijarse en la realidad externa a nosotros, y no ceder a las tentaciones de la lógica fácil y comodina.

No habiendo terminado la primera página, llegó la madre con su novio y gran pastel. Expliqué que E. se había asustado y que estábamos afuera viendo sus libros de la escuela. No me había permitido entrar a su casa, ni meter al niño en la mía a pesar del frío, y por eso nos habíamos quedado al pie de la escalera. Después de un lacónico gracias de la vecina y el pasado por alto del novio, cada quien volvió a su morada.