28 February, 5:16pm

Termina febrero y se cierran un par de capítulos. Exagero, no serán capítulos, sino tal vez apartados: me mudé de piso y terminé formalmente mi participación en application manager.

Finalmente resolví dejar a la familia marmota atrás. Vivo más lejos de la oficina, tengo una cama más pequeña, el baño lo vuelvo a compartir y pago más alquiler. Pero nada de eso se compara al hecho de dejar atrás gente que sólo succiona energía, dinero y paciencia. Llegué al piso de Rafael Alberti justo al llegar a La Coruña, donde conocí a L. y a C., con quienes me llevé bastante bien, no así con Lo. (de quien ya hemos discutido en este espacio) que a los seis meses después de que llegué, para mi alegría, se marchara. Luego pasó fugazmente una chica llamada A., quien fue sustituida por Lu., con quien trabé una buena amistad. Lastimosamente C. y Lu. se marcharon a su nido de amor, y los siguieron L. y D. (novia de L.). Al marcharse primero C. llegó E., quien a las primeras de cambio mostró su personalidad autoritaria, altiva, infantil y con una autoestima deplorable. Cuando Lu. siguió a C., llegó H., un argentino que mostraba su pasaporte español a la menor provocación, aunque sin formación profesional ni ánimos de tenerlos, se empeñaba por conseguir un empleo de cara-bonita-y-por-favor-no-me-exijan.

Y así se formó la familia marmota: E., quien era mamá marmota, protegiendo a su marmota H., quien a su vez agradecía dicha protección con toda su devoción y lealtad.

Por mi parte, tenía suficiente con ese par y al irse L., les rogué no buscar más gente, mas en su precaridad económica me pasaron por alto y trajeron a M., la marmotilla, la segunda hija de mamá marmota.

Ver todos los días, tarde tras tarde, noche tras noche, a un trío de chicos, en la flor de la juventud (19-29 años), con las habilidades físicas e intelectuales a tope, tirados en el sillón, viendo la basura televisiva (prensa rosa sobre todo), derrochando el tiempo, cometiendo el peor de los pecados: no hacer nada interesante con sus vidas, me asqueaba. Pero muy su problema, podríamos argumentar, mientras no interfirieran conmigo. ¡Error! Convivir con ese tipo de gente succiona energía, deprime, desgasta emocionalmente y ¡hasta económicamente! ya que H. en varias ocasiones me pidió dinero prestado "por que le iba a tardar más el cheque del paro".

Pero me he mudado de hábitat y ahora tengo que ahora mudar de hábitos. También falta hacer los trámites burocráticos acarreados con el cambio de domicilio. Esto todavía no acaba.

Asimismo, mi participación en el Application Manager ha terminado formalmente, y la experiencia vivida ha sido increíble. Pero a año y medio de trabajar en él, estoy francamente fastidado. El mantenimiento de software, como ya bien había dicho M., es un estancamiento profesional abrumador. El proyecto había pasado de ser una "legacy application", a un proyecto donde las especificaciones se escribían al-vuelo, para finalmente convertirse en el último recurso para los hacks y workarounds del sistema. El mero hecho de llegar a la oficina y comenzar la rutina de bugzilla/chat/emacs era como ponerse una loza encima y mutilar la creatividad.

Ahora llegan nuevos proyectos, lo malo es que no están tan bien remunerados como el anterior, nuevos clientes, nuevos caminos.

Ya veremos esta nueva aventura a dónde lleva. Estoy contento. Con miedo, pero contento.