31 August, 8:49am

Hace cosa más de un mes, un viejo conocido me preguntó si mi situación laboral y de vida actual es debido, en buena medida, al hecho de haber estudiado la maestría en ciencias computacionales. Esa pregunta despertó en mi una serie de emociones encontradas, además de otros cuestionamientos, en especial con respecto al tecnológico donde ambos estudiamos nuestras carreras de ingeniería.

Permítanme hacer una retrospectiva, ya que para comprender el presente, hay que revisar el pasado: Yo ingresé al ITC no de mala gana, pero sí ya con un indolente sentimiento de frustración. Corría el año de 1995, México sumido en plena crisis económica y mi familia nuclear ya había tocado fondo financieramente. Había días que tenía que recurrir a los amigos para que me invitaran a comer, ya porque no hubiera bocado en casa, o porque la tensión entre mis padres hacía insoportable la convivencia. Durante la preparatoria (el instituto, como le llaman acá en España) me había ilusionado con estudiar la carrera en Monterrey, en el ITESM, tecnológico privado de alto coste e igual reputación. Sin embargo, para cuando me gradué de la preparatoria, ya estaba convencido que estudiar una carrera profesional, en cualquier lado, ya en un lujo para mi. Y me sentía totalmente frustrado por ello.

Ingresé al Instituto Tecnológico de Celaya. Al menos, pensaba, tenían la carrera de Sistemas Computacionales en sus programas, sobre la cual estaba mi vocación; sin embargo mi hermano, que quiere estudiar arquitectura, deberá conformarse con alguna ingeniería ofrecida aquí mismo. Pronto el ITC se convirtió en mi primer hogar, en mi refugio de las cuitas familiares. Pasar horas en la biblioteca, en el centro de cómputo, desde la mañana hasta entrada la noche. No obstante, no tardé en darme cuenta del bajo nivel académico que imperaba en el área de computación. El primer semestre, donde simplemente continué con mis hábitos de estudio de la prepa, fue para mi como un paseo por el parque, mientras que observaba a mis compañeros de clase sufrir por sacar adelante las materias. El siguiente semestre la situación cambió radicalmente: en un arranque de megalomanía me matriculé en todas la materias de matemáticas disponibles. Apenas en el primer mes de clases, me di de baja de electricidad y magnetismo, más por pánico que por otra razón. En este segundo semestre fue cuando conocí a doctor José María Rico, quien impartía la clase de álgebra lineal y que me acogió, a instancias de un amigo muy brillante, en un programa de "alumnos integrados a la investigación" para colaborar con él. Fue lo mejor que me ocurrió. El resto de los 5 años fueron de formación mediocre y comodona.

En aquellos años yo estaba convencido que la escuela sólo estaba para enseñar al alumno a resistir, a aguantar vara como decimos en México. Simplemente había que cumplir con las exigencias del maestro, por ridículas que fueran y a soportar la indolencia de la burocracia escolar. La verdadera formación estaba en otro lado. El Tecno, como le decíamos de cariño, tenía muchas otras ofertas culturales y de formación, y esas son las que había que aprovechar. Pronto me convertí en un asiduo al centro de cómputo y a la biblioteca (me pasaba horas viendo los nuevos títulos que llegaban mes con mes), me convertí en ayudante del laboratorio de cómputo del programa de posgrado de ingeniería química, publicaba en la revista estudiantil, participé en los concursos de creatividad y de ciencias básicas, además de mis labores como ayudante del doctor Rico. Mientras que las clases, la formación que supuestamente daba sustento a mi carrera profesional, seguía con maestros faltistas (hubo uno, de la clase de compiladores, que sólo vi una única ocasión en todo el semestre), maestros que, reconociendo desvergonzadamente su poco dominio sobre el temario, lo cambiaba a cosas tan ridículas como cableado estructurado; u otra profesora que, para evitar dar el tema de la equivalencia entre máquinas de estado finito y lenguajes libres de contexto, argumentó que esos tópico no nos serían útiles en nuestra profesión, ya que eran muy abstractos, etcétera. Claro, no todo era así, había excepciones, maestros que realmente se esforzaban pero dar un buen curso, pero la mayoría fracasaban pese a sus intenciones, debido a que casi el 100% de la pantilla de profesores, ni siquiera eran graduados de carreras relacionados con la informática, mucho menos gente con posgrado y experiencia en investigación. Y así hasta que me gradué.

Luego pasé por un periodo de ajuste, algo así como una entrega a la entropía: fui asesor de GNU/Linux para varias empresas, formé mi propia empresa de telecomunicaciones, viajé por Europa, fui maestro en el mismo tecnológico, fracasé como empresario primerizo, hasta que un día me harté y supe que tenía que hacer algo con mi vida. Quería hacer una maestría y tenía, además, que quitarme la espina de no haber estudiado en el ITESM, así que sin muchos preámbulos me matriculé en el campus Cuernavaca, donde el posgrado estaba dentro de viejo Padrón de Excelencia del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, asumiendo así una considerable deuda que no terminaría de pagar sino hasta el mes pasado, medrando mis ingresos con bastante saña. Pero ahí mi perspectiva cambió radicalmente.

Antes era un defensor del Tecno, lo defendía ante mis amigos que había ido a estudiar a universidad prestigiosas, lo defendía ante los estudiantes frustrados que echaban fuera, lo defendía ante los que lo criticaban en alguna conversación casual. Sí, le debo mucho al Tecno, me acogió en los momentos más negros de mi vida (varias veces estuve a punto de abandonar los estudios para dedicarme a ganar el dinero que buena falta hacía en casa) y me dio un espacio donde jugar con las computadoras, con Internet, donde discutir ideas y conocer gente muy enriquecedora.

Llegué pues a la maestría, donde todos mis maestros tenían doctorados, con altas puntuaciones en el Sistema Nacional de Investigadores, reconocidos en sus áreas de investigación fuera del país y que hablaban de la computación de una forma que no había oído jamás. Hablaban de la métodos de búsqueda, de optimización, de complejidad computacional, de redes bayesianas, de modelos gráficos probabilistas, de patrones de diseño de software, de representación del conocimiento, de metodologías de desarrollo de software. Y además, la burocracia no estaba ahí para ningunearte y sobajarte, sino que realmente pretendían ayudarte con toda amabilidad.

Pero el disgusto realmente llegó una mañana saliendo de la clase de lógica. Un amigo muy brillante me dijo un chiste que no pillé. Al ver mi rostro de estupefacción me explicó que lo gracioso radicaba en la supuesta e incomprobada equivalencia entre P y NP. "¿No lo viste en la carrera?", me preguntó con sopresa. Claro está que no me disgusté con él, me disgusté con el Tecno, con las horas perdidas sentado en un pupitre escuchando estupideces. Me sentí engañado, estafado. Sentí pena por los muchachos inteligentes que se matriculan llenos de entusiasmo al área de computación (informática) para quedarse empantados en una pobre perspectiva de la profesión; que al graduarse se siente satisfechos con poner cibercafés (ciberlocutorios/cabinas de internet), o con empleos de programadores web con ASP o PHP para empresas rascuaches (cutres). Y todo por no poderles ofrecer una perspectiva más amplia de lo que es la profesión, limitando por ende el crecimiento de la industria en la región y el país. Excelente materia prima tirada a la basura.

Luego me fui a Monterrey a trabajar. Ahora sí en programación en C, a bajo nivel para lo que estaría acostumbrado, una oportunidad que en la región del Bajío sería muy rara. Ahí la mayoría de los colegas son de menor edad que yo, recién egresados, y varios de ellos gente muy capaz, hablaban con toda naturalidad de tópicos que vieron en la escuela y que jamás se habían preguntado sobre ellos antes de estudiarlos. Y el sentimiento de frustración se incrementó: me pregunté si yo hubiera adquirido todos esos conocimientos tal como ellos, en clase, en lugar de estudiarlos por mi cuenta, fuera de las aulas y a pesar de los maestros, ¿no habría llegado más lejos antes? ¿no estaría en lugares más retadores e interesantes con antelación? ¿no hubiera reconocido mi especialización más rápido en lugar de pasar un par de años en la entropía? ¿no habría una industria del software realmente importante en mi región de origen? Y esas preguntas se volvieron coraje que se vertió en un reclamo ahogado: ¡Regrésenme los 5 años que perdí con esos maestros!

Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, estimo mucho al Tecno, por las razones antes dichas y otras más. Le debo mucho a pesar del resabio. Mi enojo radica más en que el departamento de cómputo del ITC tiene todo para ser un bastión de la informática en la región, y sin embargo se queda en la más triste dejadez y mediocridad.

¿Moraleja? Sí, la persona es responsable de formarse a sí misma independientemente de la escuela. Pero un buen estudiante en una buena escuela podrá llegar más lejos y más rápido que aquel que se tuvo que ir por las piedras y el lodazal.