Tribulaciones de un degenerado

Circa 2004

No me sorprendió cuando sucedió. Supuse que el ascetismo al que estaba impuesto fue el causante. Pero tampoco me importó. Podría vivir sin labios.

Una mañana desperté, me incorporé, quedando sentado sobre la cama. Algo en mi se preguntó si sería una linda mañana, pero inmediatamente sustituí dicha cuestión por otras más esforzadas y dignas: ¿el nuevo algoritmo daría mayor velocidad al subsistema de optimización? ¿valdría la pena dejar un código legible o código de compilación y ejecución veloz?

Me dirigí al baño. Lo mejor siempre es comenzar con una aclaradora ducha. Pero antes de todo, un día, invariablemente, se comienza con una meada. Y mientras disfrutaba de los placeres de orinar, seguido del espasmo, escudriñé mi rostro en el espejo que retaba mi mirada: ya no tenía labios.

Dientes, encías, sarro, saliva era lo único visible. Me quedaban unas cicatrizadas mejillas, tal vez con el único fin de sostener la quijada y masticar. ¡Qué asco! me dije. Pero sentir asco por mi no era un pensamiento novedoso en mi mente, así que lo tomé con alegría: una razón más para seguir siendo lo que soy: una innombrable monstruosidad.

¿A quién molestaría con semejante deformidad? A nadie. Mis únicos contactos con otros seres humanos se limitaban a las mismas compañías, los mismos entes, las mismas ideas, anécdotas y chistes. Los mismos lugares, los mismos juegos, la misma cerveza. Todo era parte de una cosmogonía perfecta, cíclica, cerrada, y sin entropía. Nadie notaría mi curiosa carencia de labios. Todo era demasiado perfecto como para buscar errores, aún cuando fueran demasiado evidentes.

También estaba Mistofelio, quien era mi contacto con el trabajo. Él me traía proyectos, me enviaba toda la información pertinente, y, claro, traía la paga. Él tampoco lo notaría, o al menos no haría mención de ello.

Mistofelio era todo un personaje: delgado, tez blanca, cabello entrado en canas, rostro afilado, nariz de un aguileño achatado, labios delgados, ojos pequeños, juntos, escudriñadores, verdosos. Usaba unas diminutas gafas que resaltaban el carácter quebradizo de su fisionomía. Su cráneo estaba deforme, una gran depresión sobre su hemisferio derecho y una gran herida que nunca termina de cicatrizar se mostraban bajo sus cabellos, en ocasiones con diminutas erupciones de pus, en otras de sangre. Sus brazos también eran alargados, al igual que sus dedos, rematados con uñas mal cuidadas y siempre con oscuros y diminutos hematomas bajo la epidermis.

Misfe, como pedía que le dijéramos, siempre se hacía acompañar por un niño de unos diez años, o al menos eso aparentaba. El niño, de quien nunca supe su nombre, era tímido, callado, siempre con los ojos amoratados, con la vista lejana; sus labios estaban resecos, llagados e inflamados, el cabello hirsuto, la ropa desgastada.

Cuando llegaban, tomados de la mano invariablemente, Misfe se sentaba en el sofá que le ofrecía y luego subía al niño sobre sus piernas, cubriendo su cintura con una mano y su entrepierna con la otra. El niño siempre permaneció callado, estólido, ausente.

Sin embargo, la única persona que se molestó al pelarle los dientes fue el destino mismo. Pronto descubrí que ya no podía fumar los trozos de hashis que religiosamente me entregaba Misfe todos los viernes primero. Después tuve que construir una sonda para beber cerveza. Se convirtió en toda una molestia. De una día para otro, perdí toda capacidad de escapar del mundo después de trabajar.

Así que no tardó mucho en llegar. Sin poder evadir la realidad, a pesar de todos mis empeños en el trabajo, de todas las horas dedicadas a la programación, hube de caer en tiempo muertos, en momentos que me hacían arrostrar la situación.

El vértigo de la soledad es un término que acuñé en la adolescencia para describir esos espasmos nerviosos que invadían mi cuerpo cuando caía en cuenta de mi horfandad emocional. La simple vista de una pareja escarceando, un llano beso de película, una lágrima por alguien amado, me vencía y el espasmo me inmovilizaba. Comenzaba por una fuerte vibración que emergía de mis huesos, en las extremidades primero, dedos, manos, brazos, piernas. Un flujo eléctrico que afloraba en mi piel, sintiéndola después llagosa y sulfurante. Escuchaba desgajarse la carne de mis huesos, la piel de mis músculos. Continuaba la sensación en el pecho, cada costilla se desprendía, y el corazón de disolvía en el ácido transportado por la sangre.

La única solución posible era recostarme, llorar brevemente, sentir lástima por mi, abrazar una almohada y dejar que se alejara el pensamiento, el recuerdo, la visión, las preguntas: ¿por qué? ¿de qué huyo? ¿de qué me vengo? ¿qué me falta?.

Lo bueno del vértigo de la soledad eran los periodos febriles de trabajo que le sucedían. Pero ya no fue así: tenía que pasar más tiempo en cama; terminaba agotado, sin ánimo alguno.

Una noche Mesfi tocó la puerta de mi departamento. Estaba preocupado: el tiempo de entrega se acercaba y no le había presentado ningún avance significativo desde hacía mucho tiempo.

—Entiendo tu problema— me dijo. —Y la solución es obvia: tienes que enfrentarte a tus miedos.

—¿Cómo?— repliqué.

—Humillándote. Mañana a esta hora vendrá una chica. Harás lo que te diga. Tu orgullo olvídalo. Tu inteligencia, tus recuerdos, tus promesas, olvídalas. Tienes que cumplir con el destino que ha cada hombre se le ha obligado. Así te lo exige el cuerpo mismo. No eres nada ni nadie para ir en contra de tu destino, así que acepta tu condición, acepta tu humanidad y cumple.

Ya no podía huir. Esperé leyendo a Schopenhauer: El amor es una refinación de nuestro instinto de reproducción. Es una racionalización de nuestra animalidad. La sexualidad es la fuerza que nos recuerda nuestro origen animal; devela la falacia de la espiritualidad, del alma y de nuestra razón.

—Hola.

—Hola.

—Misfe me pidió que viniera.

—Adelante.

—Ya veo.

—¿Qué?.

—No tienes labios.

—Sí. Perdón. Qué embarazoso.— El sintentizador de voz que había implementado en mi computador portátil servía bastante bien. Lo malo de no tener labios era la obligación de ventrilocuar.

—No te apures. Conozco esa afección. En la profesión tiene reputación. Le llamamos la lepra del misántropo. He participado en algunas intervenciónes. Tengo experiencia.

Primero comienza con los labios, luego se desgajan los dactilares, salen llagas en el cuello, gangrena de los muslos y nalgas, putrefacción de los genitales y la destrucción total de toda la piel, toda sensiblidad.

—No quiero hacerlo con una puta.

—¿Con una chiva tal vez? ¿un puto? ¿o un perro? ¿un niño?.

—Estás enferma.

—No. Tu eres el enfermo.

Después de una pausa, continuó:

—No son los parafílicos las verdaderas amenazas para la sociedad. No son los pedarastas ni los violadores, ni los coprofilicos, ni los swingers. Son los de tu tipo. Tu, que huyes del sexo deseando encontrar una sublimación, que buscas la existencia de algo más divino y placentero que el intercambio de los cuerpos. Esa desesperación por no ser un ser humano es lo que llevará a la mierda a la sociedad. No eres especial, ni importante. Eres una bestia, una mula de carga como todos, que con tener la polla enhiesta es razón suficiente para montarte a una hembra.

Ahora quítate la ropa. Hagamos esto de una buena vez.

Quise al menos besarla. No pude. Quise al menos mordisquear sus pezones, jugar con su clítoris, cosquillearle sus muslos. No pude. Perdí los labios por huir de mi destino.

Jamás recuperé mis labios. Sigo pelándole los dientes a quien se me pone enfrente. No obstante, ahora, después del trabajo, recorro las calles en busca de alguna prostituta generosa con quien pasar la noche, correrme sobre ella, pagarle unos pesos, agradecerle por su vagina y desearle buena suerte.