21 November, 2:03pm

En esta ocasión fue Dublín.

El pretexto era asistir a la Meego Conference en aquella ciudad, capital de la República de Irlanda. Durante la víspera había trabajado portando Meego Handset al pandaboard para que esta fuera una de las atracciones en nuestro stand.

Volamos, pues, primero hacia el sur, a Madrid, para volver al norte, a Dublín. Nuestra escala en Madrid duró 8 horas, las cuales las quemamos sentados en un restaurante de Barajas, y extrañamente, pasaron rápido para mi, aunque sin ningún ánimo de repetir la experiencia.

Llegamos a Dublín por la noche. El AirCoach, línea de buses con Internet por Wifi, nos llevó justo a nuestro hotel, el cual está a poco metros del Aviva Stadium, sede del evento.

Después de cenar un bocata en una tienda de 24 horas, ya que a las once y media de la noche, los restaurantes y Pubs, cierran. No obstante, de vuelta al hotel, había un Early Birds Event, como bienvenida a los participantes del congreso y aproveché para empinarme un par de pintas de cremosa Guinness.

El lunes por la mañana, nos registramos, y nos dieron nuestro kit de conferencia, el cual contenía la clásica camiseta del evento y, conscientes del clima irlandés, un paraguas. Montamos luego el stand. Al ser patrocinadores del evento nos asignaron un privado muy chulo, con una cesta con panecillos, quesos y botellas.

Esa noche salimos a Temple Bar a cenar, y posteriormente, a uno de sus Pubs, donde escuchamos un dueto de música folclórica del país. Empiné otro par de Guinness mientras el dúo interpretaba whiskey in the jar, uno de sus himnos más reconocidos.

Dublín

Una de las cosas que más causa mi asombro en estas latitudes, es que, siendo las tantas de la madrugada, con una temperatura por abajo de los cero grados centígrados, las chicas, generalmente beodas, se pasean zigzageantes con minúsculas minifaldas, sin medias, y tremendos escotes. Si bien va, un jersey ligero adorna sus hombros, pero no mucho más. Había otras que hasta descalzas caminaban por la O'Connell Street ante nuestras incrédulas miradas.

El martes volvimos a montar el chiringuito, a pasar el día mostrando nuestros artilugios, explicando a Igalia y de vez en vez fugándonos a alguna charla que tuviera buena pinta.

En una de las conversaciones nos enteramos que regalarían una netbook a todos y cada uno de los participantes de la conferencia, y después de muchos dimes y diretes, colas y decepciones, no nos las entregaron sino hasta el último día.

Esa noche sería especial: iríamos a la Guinness Storehouse. En varios buses, el millar de participantes, nos fuimos al lugar. Un Museo-Pub con la historia de la cervecería más emblemática del mundo, además de que en cada nivel (5 pisos) era menos museo y más Pub, hasta llegar al último piso, un lugar con una vista de 360 grados de la ciudad de Dublín, donde en los ventanales había citas de James Joyce relativas al sitio de la ciudad por donde apuntaban.

Dublín

En el museo aprendí que una pinta de Guinness tiene más propiedades alimenticias que la leche, así que, curándome en salud, aproveché para empinar varias pintas de este oscuro y sagrado brebaje. Además, había que aprovechar el hecho de que eran absolutamente gratis... también lo era la comida, claro está. Es tan apreciada la Guinness que hasta noté que algunos dublineses suelen desayunar, a las siete de la mañana, con una refrescante pinta, acompañando el clásico Full Irish breakfast.

Dublín

El miércoles repetimos la dosis diurna: atender el stand. Era el último día de la conferencia y mucha gente se había marchado ya, así que fue más relajado, además de que, como había partido de fútbol por la noche, debíamos desalojar el estadio temprano. Por otro lado, y como parte de agasajo del congreso, nos habían dado boletos para dicho partido de fútbol: un amistoso entre Irlanda y Noruega.

Aprovechando el fin de las actividades relacionadas con la conferencia salimos a pasear por el centro de la ciudad. Primero caminamos en busca de alguna librería donde pudiéramos comprar algunos libros aprovechado lo baratos que son por el Reino Unido. Y durante esta tarea descubrí la definición perfecta de mamoneo: Comprar en una librería de segunda mano, situada en Abbey Street, Ulysses de James Joyce, aun sabiendo que en tu puta vida serás capaz de leerlo. Pero también adquirí una compilación de ensayos de Oscar Wilde, el cual abrigo la esperanza de leer, todo por módicos trece euracos.

Dublín

También visitamos el Trinity College. Es uno de esos lugares donde uno siente el ánimo de regresar a las aulas para hacer un doctorado, sólo por vivir la experiencia.

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Regresamos al estadio Aviva para el partido de fútbol. Para los participantes de la conferencia había, de manera previa, un breve ambigú, donde servían, faltaba más, pintas de Guinness gratis. Empiné un par de pintas más. Servido de tapas al estilo irlandés y de pintas nos dirigimos a nuestros asientos en el estado para presenciar el partido, que resultó ser aburrido de cojones. Por suerte, a medio tiempo, la barra de Guinness gratis se volvió abrir para los de la conferencia y empiné otro par de pintas más, mientras Noruega humillaba al anfitrión 2 a 1. ¡Pero qué diablos importa! Noruega sólo tiene bacalao mientras que Irlanda tiene Guinness.

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Al día siguiente nos levantamos a las ingratas cuatro de la mañana para tomar nuestro vuelo de vuelta, con las maletas a reventar de libros, quesos y netbooks.