27 December, 12:35am

Este es un cuento navideño políticamente incorrecto

Hubo una vez 12 hermanos, todos hijos de Cronos, quien ya siendo un viejo comenzó a recibir la visita de la cigüeña. El más grande se llamaba a la sazón Enero, y la más pequeña Diciembre. Al ser ya unos ancianos los padres de estos niños, cada uno de ellos iba recibiendo menos atención, siendo la más ignorada la última en llegar.

Diciembre era una niña de piel nívea, diáfana, y de profundos ojos azules, como un cielo despejado y polar. El desapego que sus padres le profesaron, y la sorna con la que sus hermanos denostaron de manera pertinaz su inocencia, volvió a esta niña alejada, ausente, dulcemente tímida, silenciosa hasta el murmullo, y sin embargo fría. Fría de carácter, fría de voluntad, fría de corazón y fría de espíritu. Su sola presencia atería al corazón más tropical que el caribe pudo concebir. No obstante ésta gélica alma movía a la piedad en todas las que la circundaban. Su rostro reflejaba la orfandad, la falta de amor, reclamando así la atención y cuidados de todos, hasta de los extraños, en especial de los extraños más extraños que la extrañeza puede extrañar.

Al crecer la niña, que en principio parecía famélica, al pasar los tiempos enfermiza, rara, diferente, inquietante, y finalmente, como crisálida que rompe su piel para sacar las alas, hermosa, radiante, lasciva...

Tanto llegó acaparar la atención de quienes la rodeaban, que llegaron a alegar que el mismísimo Dios nació en ella. Dios había escogido su regazo para presentar a los hombres a su primogénito. Ella, seguramente, decían, fue la casa del pesebre, el buey y la mula. Ella tenía las cualidades que Dios quería para su hijo.

Pero a pesar de la curiosidad que atraía, Diciembre jamás se sintió querida, amada, aceptada por ser simplemente ella. Necesitada del cariño negado por los de su propia sangre, construyó una imagen de sí misma bastante reducida, ninguneada y pichicata. De tacto lúgubre y rígido, perfectamente glacial, perfume inodoro pero lacerante, los pretendientes se alejaban, con apenas miradas soslayadas y lastimeras.

Preferida por Dios, admirada los demás, sola en su interior.

Un día caminaba por la calle, cuando atrajo la atención de un caballero de finísimas maneras y acaramelada voz. Le confensó lo hermosa que la hallaba, lo henchido que su corazón estaba y lo mucho que quería ponerle a sus pies: prácticamente el mundo entero.

Diciembre llenó sus carencias con las chispeantes palabras del caballero y como un suspiro, se dejó llevar. Y por él hasta el fin del mundo.

El caballero era sumamente rico, y la llevó a los parajes más exóticos, la colmó de regalos, arreglos y esencias. Reformó el aspecto exterior de Diciembre, haciendo una silenciosa revolución en su interior. El caballero la completaba, le daba sentido a su eterno vacío. Ahora su piel gracial era cubierta por gruesos abrigos, su rostro angelical iluminaba a los que le miraban y una musiquilla exhalaba su caminar: los villancicos. La llevó a fiestas, bailes, cenas, tertulias. Tanto fue el furor que causaba su sóla presencia que hasta se hicieron un tipo especial de celebraciones en su honor: las posadas.

—Soy tan feliz amado mío. Todo el mundo espera mi llegada. Y todo te lo debo a tí—clamaba con emoción de devoto amor.

—Todo te lo mereces. Si embargo necesito que me ayudes. Juntos seremos dinamita.

—Lo que sea. Por tí estoy dispuesta a todo.

Y así fue que el caballero le presentó a un gordo, desarrapado, apestoso, rancio y mal hablado, conocido como Santoclós. El plan era simple: todo el mundo vería a la bella Diciembre junto a Santoclós y esa asociación resultaría muy beneficiosa para todos.

Santoclós representaba a un grupo de consorcios, que habían fraguado el plan, desde la concepción de la fábula del panzón, hasta la asociación con la mítica Diciembre, todo para promover el consumo de sus productos.

Al principio todo parecía embonado en el cielo: Diciembre aparecía con su natural belleza, dislumbrando a propios y extraños. Luego el Santoclós aparecía, y con gestos de hipócrita generosidad, invitaba al consumo vacío y sin sentido que sólo él podía justificar. La pareja parecía se tan bella y bondadosa, que nada podía estar mal en todo ello.

Sin embargo, tras bambalinas, Diciembre se vio envuelta en una serie de vejaciones, cuitas y oprobios, que la forzaban a realizar cosas que ella no quería, como mostrarse subyugada al poder del panzón. Y el grasiento lo logró. Se escuchaba entre bastidores que Santaclós gustaba de las mas variadas parafilias, que sólo un perverso puede desplegar. La pobre Diciembre, coaccionada por el amor de su vida, se vio obligada a entregarse a los brazos del seboso y desaliñado Santoclós. Pero Santoclós, en un gesto de avara bonhomía, convidó a su posesión entre sus amigos: cualquier ralea de botargas grotescas, quienes empequeñecían al gordo de lejía en perversión, sadismo e imaginación. Osos polares, focas y renos eran algunos de sus victimarios. Todo con un único fin: lucrar.

Hoy en día puedo ver a la pobre y obsecada Diciembre caminando por las calles, ofreciéndose por cualquier motivo publicitario. Me pareció que el sarcoma de Kaposi ya se mostraba en su pálido rostro.