La tarde cae

Otro día sin mucho que escribir. Estoy tratando de recordar algún evento digno de ser nombrado. En realidad no lo hay. Es posible que mis exigencia sea demasiada alta.

Tal vez ayer valga citar aquí cuando, después de salir, me aventuré a cenar en un nuevo lugar sobre el callejón Morelos, donde me sirvieron una cantidad ingente de carne que me bloqueó mi apetito hasta este momento, todo por 60 pesos. Sí, fue demasiada carne para mi. Ahora muero por un poco de fruta o verduras.

Me falta buscar una mesa para el piso. Me faltan varios trámites hacendarios. Me falta dinero ¿cuándo llegan las quincenas? Me falta una buena conversación.

En la víspera me he ido a comer/almorzar con Adrián, el chavo que había conocido en la escuela de verano de robótica en Guanajuato el año pasado, y que ahora me lo he encontrado en Monterrey. Él también sale comer y conocía un lugar de comida rápida cerca del consulado estadounidense. El ambiente en el lugar es de paisa, el olor a emigrante, la múscia del indocumentado. Un plato de comida y un refresco por 30 pesos. Por esa cantidad de dinero, en la fonda a donde ibamos a comer en Cuernavaca, era más generosa, al menos había 3 movimientos. El problema con Adrián es la conversación: es un silencio perpetuo. Sin embargo creo que sería más tolerable el silencio a la plática forzada y salamera de Salvador.

Necesito un tabaco.