sinfonolas sinfónicas afónicas

El fin de semana estuvo ajetreado. Fue cumpleaños de un tío, Gerardo, y su esposa, Liliana, organizó una fiesta sopresa para la cual hasta mi madre y mi hermano vinieron. Pues bien, terminé mis labores de oficina (que flojera me doy yo mismo con esta frase) y mi hermano llamó para avisar que ya habían llegado. Se vinieron en el carro de mi carnal y la tía Tata junto con la prima Laura Elena se pegaron a la comitiva.

Ellos llegaron a la habitación del hotel donde se estaba preparando todo, para que Gerardo no los viera y pillara la sorpresa. Yo llegué unos momentos después. También había venido de Celaya, pero por su cuenta, el tío Héctor. Él también tuvo que recluirse un rato en el hotel. Todo se organizó en la terraza del hotel (que curiosamente esta a la vuelta del hotel donde me quedé yo al llegar a Monterrey hace dos semanas).

En todo este tiempo que tengo aquí yo no había visto a la familia de Gerardo, simplemente porque no me nacía ir a visitarlos. No fue hasta que renté el departamento, les tiré una llamada. No se de donde o por qué razón, pero no me siento en confianza cuando estoy con ellos. No ahondaré más.

Pues bien, estabamos ahi en la terraza, esperando a Gerardo. Al cuarto para las diez de la noche hizo su aparición con su esposa. Hubo cerveza, entre otros alcoholes que no son tan de mi agrado, y mucha comida. Después de la comida, mis primos, sus hijos, José Fernando y José Gerardo (creo que faltó un José Arcadio), presentaron unas diapositivas con fotos viejas de su papá, y con mensajes de agradecimiento. Pensé sobre la paternidad. Sí, comparé la relación que tienen mis primos con su padre, y la mia con mi padre, y me puse a pensar como querría ser yo como papá. De nuevo caigo en pensamientos que me espantan. Sería más ortodoxo pensar en el suicidio o en el fin del mundo. También, Lizzie, la hermana mayor de Fer y Yayo, mandó un video desde Alemania, donde ella está cursando alguna materia de su carrera.

Gracias a Dios había cerveza para superar este trago amargo de la demostración filial de cariño, y me puse a conversar con unos señores que también aterrizaron en la mesa donde estaba Ricardo, mi hermano, Laura Elena, Yayo y sus amigos de la preparatoria. Hablamos de política y se mostraron muy entusiasmado con mi verdad de perogrullo: "Independientemente de las intenciones originales, el poder siempre corrompe. De ahi la importancia de la democracia, que es un sistema de pesos y contrapesos, donde el poder se reparte de manera contrapuesta. El resto, es la eterna vigilancia."

La fiesta terminó en la madrugada del sábado. Me echo aventón Ana Díaz, la mamá de mi prima Ana, actualmente separa de mi tío Raymundo, que por eso mismo, me resultan más amistosas. Creo que aquí puedo expresar una conclusión: "Las personas que presumen su felicidad son fastidiosas, porque en el fondo o son hipócritas o nos generan envida.".

Llegó entonces el sábado. Me fui a la casa de Gerardo, la nueva, a la que nunca había ido. Es una casa grande, bonita, con un BMW de dos plazas en la puerta, un agradable y espacioso jardín. Estaban desayunando cuando llegué y me dispuse a comer la ración ofrecida. De rondón, Liliana me dijo que me daría una mesa, una vajilla y probablemente un ventilador que les sobraba. Una gran sonrisa ocupó mi rostro. La neta es que una mesa sería el gran alivane de mi vida, y parece que ser que viene con todo y sillas... esas cosas andan arriba de los 2000 pesos. Me recriminé yo mismo por ser tan inquisidor con ellos. Gerardo nos mostró unas pinturas que mandó hacer junto con un vitral con los escudos heráldicos de los Leal y los Rivadeneira.

Después fuimos al "ranchito". En realidad en un terreno que tienen en un lugar que se le conoce como "el ranchito". Cerca del terreno pasa un rio, y tienen una cuatrimoto, una cama elástica para brinca, un pinpon. Y ahí estuvimos Ana, mi prima, José Luis, su novio, Raymundo, su papá, Gerardo, Liliana, mi madre, tía Tata, Lauris, mi carnal y yo, junto con una pareja y sus hijos chicos que no recuerdo su nombre, pero son parientes de Liliana. Lo admito abiertamente, me la pasé muy bien.

De regreso, después de rogarle a mi hermano, me dejaron en mi departamente junto con el estéreo que se trajo mi carnal y que había decidido donármelo. ¡hurra! ya puedo oir la radio. Encontré una estación que transmite pura música clásica.