El primer poemario que leí

  1. La Tregua. Mario Benedetti (01/08/2013 - 01/12/2013)
  2. El país de uno. Denise Dresser (12/28/2012 - 02/17/2013)
  3. Nemesis. Philip Roth (02/17/2013 - 03/17/2013)
  4. Mi amor en vano. Soledad Puértolas (03/17/2013 - 04/01/2013)
  5. Las venas abiertas de América Latina. Eduardo Galeano (04/02/2013 - 05/26/2013)
  6. G. John Berger (04/11/2013 - 06/17/2013)
  7. El arte de amar. Erich Fromm (05/18/2013 - 06/20/2013)
  8. La tercera mujer. Gilles Lipovetsky (07/09/2013 - 08/17/2013)
  9. 3 x Nordbrandt. Henrik Nordbrandt (08/23/2013 - 09/14/2013)
3 x Nordbrandt

Este es el primer poemario que leo de cabo a rabo. Y me siento muy orgulloso de ello.

Hace un año no sabía nada de Henrik Nordbrant. Es más, hace un año mi contacto con la poesía era prácticamente nulo. Pero luego encontré a un grupo de entusiastas de la poesía, con quienes llenaba las tardes de los martes con versos y derivas. Poco después M., del grupo, subió un poema a su muro de facebook que me abismó y terminé publicando aquí mismo, en mi blog.

Pasaron los meses, y M. seguía publicando poemas de Nordbrandt en su muro y finalmente no pude evitar comprar su poemario, que es una recopilación de varios poemarios suyos.

Leer poesía no es como leer prosa. Cada poema es un pequeño territorio a explorar, a leer y a releer, con paciencia pero con entusiasmo. Tal como nos explica John Berger:

Los poemas no se parecen a los cuentos, ni tan siquiera cuando son narrativos. Todos los cuentos tratan de batallas, de un tipo o de otro, que terminan en victoria y derrota. Todo avanza hacia el final, cuando habremos de enterarnos del desenlace.

Indiferentes al desenlace, los poemas cruzan los campos de batalla, socorriendo al herido, escuchando los monólogos delirantes del triunfo y del espanto. Procuran un tipo de paz. No por la hipnosis o la confianza fácil, sino por el reconocimiento y la promesa de que lo que se ha experimentado no puede desaparecer como si nunca hubiese existido. Y, sin embargo, la promesa no es la de un monumento. (¿Quién quiere monumentos en el campo de batalla?) La promesa es que el lenguaje ha reconocido, ha dado cobijo, a la experiencia que lo necesitaba, que lo pedía a gritos.

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El poeta sitúa el lenguaje fuera del alcance del tiempo; o, más exactamente, el poeta se aproxima al lenguaje como si fuera un lugar, un punto de encuentro, en donde el tiempo no tiene finalidad, en donde el propio tiempo queda absorbido y dominado.

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—Una vez en un poema (John Berger)

Y así fue mi aproximación a este poemario. Leí cada poema en silencio, luego en voz alta y volvía a repetir. De pronto, los poemas (no todos) se me abrían en significado, como una flor al recibir los rayos del sol, y la flor sobrecogía al sol por su profundidad.

Leí el poemario durante las siete horas que estuve varado en el aeropuerto de Alvedro, esperando por un vuelo a Barcelona. Leí el poemario en la habitación del hostal, en su terraza que daba hacia las ruidosas Ramblas y hacia el Palau Güell. Leí el poemario en el parque de Santa Margarita de A Coruña, y el aeropuerto de El Prat. Leí el poemario en bares y leí un par de versos, en voz alta, a una señora y a su nieta que iluminaron los días en Cataluña.