Reed y la Revolución Mexicana

[…] En los años de vida que tengo, durante los que vivieron mi padre y mi abuelo, los ricos se han quedado con el maíz y lo han retenido con los puños cerrados ante nuestras bocas. Y solamente la sangre les hará abrir las manos para sus semejantes.

—John Reed. México Insurgente.

Compré esta obra el año pasado en la feria del libro de la ciudad, en el estanco de una librería vasca especializada en temas libertarios (no confundir con liberalismo -económico-, nada más opuesto).

John Reed comenzó a rondar mi consciencia cuando me supe que él era uno de los dos norteamericanos enterrados en la Necrópolis de la Muralla del Kremlin. Fue una sorpresa enterarme que hay norteamericanos enterrados allí, allende al mausoleo de Lenin, el hombre de la Revolución Bolchevique.

La vida de Reed es inspiradora hasta la envidia. Algunos trazos de ella pueden verse en la película de 1981, Reds, que fue otra sorpresa: una película sobre comunistas en EEUU, producida durante el fragor de la contra-revolución capitalista, bajo la égida de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, a la postre dominante en el planeta entero.

John Reed

John Reed (Fuente).

El trabajo periodístico que catapultó a Reed fue la presente obra sobre la Revolución mexicana. Un día marchó hacia la frontera con México, para encontrarse con las tropas del ya entonces mítico Pancho Villa. Peleaban contra los pelones, el ejército Federal, dirigidos por el general golpista Victoriano Huerta. Villa luchaba de lado de los Constitucionalistas, antiguos partidarios de Francisco I. Madero, cuyo objetivo inicial fue defenestrar al dictador Porfirio Díaz. Ganada la revuelta y Madero investido presidente, estos viejos partidarios no consintieron su ulterior asesinato a manos de su Ministro de Guerra, el susodicho Victoriano Huerta.

Huerta, a final de cuentas, era un simple sustituto de Díaz a los ojos de los gringos y otras potencias europeas, para así continuar con sus privilegios coloniales. Huerta era la negación misma del alzamiento encabezado por Madero, un claro ejemplo de las fuerzas reaccionarias en toda revolución.

Porfirio Díaz

Porfirio Díaz (Fuente)

Desde la presidencia de Salinas de Gortari y la imposición de las políticas neoliberales, hace más de 30 años, ha habido una insistencia por parte de los intelectuales orgánicos al poder, como Enrique Krauze, en recuperar la imagen de Porfirio Díaz como abuelito paternal que trajo progreso a la nación. Omiten, cizañosamente, los crímenes de lesa humanidad que cometió Díaz en nombre de dicho progreso. Basta recordar el genocidio de los pueblos Yaqui y Maya. El progreso, cuando se impone, es mero colonialismo.

La tropa llamaba a Reed el míster, quien ganaba su corazón con facilidad. Reed estaba constantemente asombrado por la simultanea docilidad del mexicano humilde, a la vez fiero en el combate y bravucón en el festejo. Se mantuvo lejos de los chupatintas, letrados y políticos rastreros, hasta de sus colegas, los corresponsales de guerra. En cambio bebía sotol, dormía encobijado entre piojos y chinches, compartía tortillas con chile, bailaba con las mujeres que acompañaban a la tropa. No tenía duda alguna de su perspectiva, estaba políticamente posicionado. Consciencia de clase, le llaman. No presumía de objetividad ni demás imbecilidades que se dicen para ocultar la sumisión al poder.

El estilo narrativo de Reed ha sido aleccionador para mi. No reflexiona, ni hace ensayo, tampoco filosofía abstracta. Únicamente describe escenas, narra los hechos que presenció. Pero no de cualquier manera, hay un mensaje en estas escenas, el orden totalizador en la palabras de sus interlocutores, su intensidad. En términos nietzschianos, da preferencia a lo vivido (lo dionisiaco) sobre lo sabido (lo apolíneo). Es la complejidad de lo concreto, de lo material, lo existente, lo que finalmente confirma, o no, las hipótesis que fabulamos.

Pancho Villa

Pancho Villa (Fuente)

Cuando Reed encuentra a Villa éste rápidamente lo apoda el chatito. Reed ve en Villa una figura refulgente. Se comporta como niño hiperactivo. No fuma ni bebe. Solía bailar día y noche. No se perdía ni una corrida de toros.

[…] Cuando sólo era un muchacho de dieciséis, repartiendo leche en las calles de Chihuahua, mató a un funcionario del Gobierno y se echó al monte. Se dice que el funcionario en cuestión había violado a su hermana, pero lo más probable que la causa hubiera sido la insoportable altanería de Villa.

Villa fue absolutamente fiel a la causa de Madero. Por eso fue fiel a Venustiano Carranza mientras abanderó la causa maderista. Cuando Carranza, dibujado por Reed como un ser oscuro, mórbido, vampiresco, traiciona la cara agraria y campesina de la revolución, para trocarla en una revuelta burguesa más, Villa se levanta en su contra. Pero algo bueno tenía Carranza: era anti-imperialista. Supo mantener a raya los apetitos de EEUU e Inglaterra. Al contrario de Porfirio Díaz, Carranza buscaba el desarrollo de una burguesía nacional.

Hay una escena maravillosa con Villa reunido con sus consejeros, discutiendo la manera de financiar la revolución.

[…] proponían financiar la revolución emitiendo bonos del Estado que redituaran al 30 o 40% de interés. Villa manifestó:

—Entiendo que el Estado deba pagar algo al pueblo por el empleo de su dinero, pero ¿cómo puede ser justo que le sea devuelto éste triplicado o cuadruplicado?

No podía admitir que se adjudicaran grandes extensiones de tierra a los ricos y no a los pobres. Toda la compleja estructura de la civilización era nueva para él. Había que ser filósofo para explicar cualquier cosa a Villa: sus consejeros sólo eran hombres prácticos.

Hombres prácticos. Tecnócratas se llaman ahora. Gente que en nombre del pragmatismo matan, por omisión, a miles de personas de hambre, enfermedad, por crímenes o accidentes. Villa estaba lo cierto: hace falta filosofía para tomar decisiones de Estado.

Una digresión. Con la ascensión de la cultura del narco en la sociedad mexicana, una frase se volvió de recurrente: ¡Fierro, pariente!. Que significa algo así como «vamos darlo todo, compañero», pero está más asociado al sicario que anima al asesinato. El lenguaje es dúctil y la historia pesa. Me pregunto sí la frase podría relacionarse inconscientemente con Rodolfo Fierro, mano derecha y amigo íntimo de Pancho Villa:

[…] Fierro, el apuesto, duro y altanero, a quien llamaban El Carnicero por que mataba a sus prisioneros indefensos personalmente, lo mismo que a sus propios hombres, sin provocación alguna.

La historia pesa y se repite.

El papel de la mujer en la revolución no está ausente en el texto de Reed, y aunque secundario, no es marginal. Las adelitas, las soladeras, mujeres que acompañan a la tropa, luchando en el frente, pero sobre todo formando parte de la estructura logística militar, como el aprovisionamiento: acampaban allende la vía del tren y se las ingeniaban para conseguir maíz y preparar el fuego para que sus parejas tengan algo que llevarse a la boca.

Soldadera

Soldadera. Circa 1915. Fotógrafo: Víctor Casasola (Fuente)

Al igual que Frantz Fanon, quien hace un análisis de los cambios en la estructura familiar y de pareja durante la guerra de Argelia, Reed ofrece pinceladas sobre este tema en la revolución: los protocolos y pretensiones románticas se diluyen. La relación de pareja es un instrumento de supervivencia en un medio hostil. El capitulo sobre Isabel me impactó: la chica indígena cuyo hombre recién muerto en la escaramuza previa, "tomada" luego por un teniente desagradable y violento, le pide a Reed que duerma con ella esa noche, ya que le es insoportable la mera imagen del teniente. Me impactó sobre todo por el giro en la actitud de Isabel: primero rebelde y determinada, al día siguiente sumisa, resignada al hombre que la "tomó". También Doña Luisa, la gringa de Nueva Inglaterra, dueña de un hotel decrépito en la ciudad de Jiménez, quien plantó cara al traidor Pascual Orozco y al mismísmo Rodolfo Fierro.

Otra escena relacionada con el tema de género es cuando Reed hace ver a Villa que las mujeres son igual de aptas para tomar decisiones de guerra y que pueden ser aún más despiadadas que un hombre.

[…] Miró despacio hacia donde su mujer ponía la mesa para almorzar.

—Oiga —exclamó—, venga acá. Escuche. Anoche sorprendí a tres traidores cruzando el río para volar la vía del ferrocarril. ¿Qué haré con ellos? ¿Los fusilaré o no?

Toda turbada, ella tomó su mano y la besó.

—Oh, yo no sé nada acerca de eso —dijo ella—. Tú sabes más.

—No —dijo Villa—. Lo dejo completamente a tu juicio. Estos hombres trataban de cortar nuestras comunicaciones entre Juárez y Chihuaha. Eran traidores, federales. ¿Qué haré? ¿Los debo fusilar o no?

—Oh, bueno, fusílalos —contestó la señora Villa.

Es indiscutible que el machismo es patente e invade todas las estructuras sociales en México, ayer y hoy. Es hora de quitarnos ese lastre.

El punto álgido de la obra es la toma de Torreón por parte del ejército Constitucionalista, dirigido por Pancho Villa. Batalla decisiva que desemboca en el derrocamiento y posterior huida de Victoriano Huerta.

Al igual que muchos, supongo, dada mi mediocre educación en historia de México, antes argumentaba que la Revolución había sido una gran sinsentido, sin ningún tipo de ideología detrás, rozando con el discurso de la derecha a favor del porfiriato. Por suerte, he podido replantearme esa mentalidad facilona y hegemónica. No puedo dejar de recomendar este episodio del programa de televisión «Filosofía aquí y ahora», del pensador argentino Pablo Feinmann, sobre la Revolución Mexicana, a pesar de sus erratas e imprecisiones toponímicas e históricas.

Un último apunte a propósito del programa de Feinmann. Coincido con él, al igual que con muchos pensadores a ambos lados de espectro: la Revolución mexicana fue llevada a cabo por caudillos, líderes y militares excepcionales. La población que los seguía, los adoraba. Pero jamás hubo un proceso, realmente revolucionario, libertario, de transferir el poder, de unas cuantas manos, a las masas; la construcción del poder popular. Esa misma adoración al líder, de la que tanto se mofan con la dinastía Kim de norcorea, o Hugo Chávez, o hasta López Obrador, es la misma que reproduce la derecha con los Kennedy, Christine Lagarde, o los nefastos Luis Videgaray y Pedro Aspe.

  1. Hegel, Marx, Nietzsche (o el reino de las sombras). Henri Lefebvre. (12/04/2016 - 01/19/2017)
  2. The Man in the High Castle. Philip K. Dick. (01/20/2017- 02/10/2017)
  3. Poemas escogidos. John Keats. (02/16/2017 - 02/26/2017)
  4. La Comuna de París. K. Marx, F. Engels, V. Lenin. (02/27/2017 - 03/30/2017)
  5. México insurgente. John Reed. (04/01/2017 - 04/22/2017)