Polvorín

Mambo number five sonaba en la radio. Alejandro había decidido contar sus reproducciones por la difusora local. El sol acuchillaba la mañana y ésta sería la decimotercera marca sobre el papel. En la cocina preparaba la salsa borracha que enmarcaría los tacos de arrachera y cuitlacoche. Era su primer fin de semana sin guardia.

Había sido un agosto frenético de servicios y formación. Los galones de Comandante lo comprometieron con la última hornada de voluntarios, de entre quienes descollaba Omar, clásico chavo problema que en el Cuerpo de Bomberos encontró la camaradería y disciplina reclamadas. A Alejandro le complació el entusiasmo por su primer guardia, pese la visita de su novia queretana.

Los chiles guajillo en la licuadora, en vez de con las aspas, estremecieron con la explosión que silenció la ciudad, seguida de una trepidación que hizo tintinear las copas en su vitrina. Alejandro apuró a la calle para mirar al firmamento. No había más que deslumbrante azul. Giró y encontró lo que buscaba, la columna de humo negro. En el garaje sintonizó su radiotransmisor:

Todos los elementos en servicio o descanso, deben presentarse de inmediato en la base. Repito, …

En la estación de bomberos, luego de equiparse, subió al camión surtidor sin mediar palabra. Él lo conducía. Otro veterano, Ezequiel, ocupó el lugar del copiloto e hizo sonar la bocina, anunciando la puesta en marcha. Alejandro le preguntó por el estado de la situación.

—Llegó el aviso de un incendio. Un polvorín clandestino sobre Antonio Plaza, en frente a la central camionera. Salieron los de guardia y, según su último reporte, tenían controlado el siniestro. Después fue la explosión, la grande, que seguro sentiste. Desde ese momento no hemos tenido contacto.

—¡Me lleva la chingada, eran novatos! —Alejandro respiró profundo. —¿Sabemos qué ocasionó esa explosión?

—La neta, no. Pudo ser un tanque de gas. Pero algo me dice que la primera detonación fue sólo la puntita. Pueden haber toneladas de pólvora, y quién sabe si queden más por arder.

Llegar a la esquina con Adolfo López Mateos exigía abandonar toda esperanza: una áspera neblina cubría a la gente en camuflaje gris e hilos de lodo por las mejillas, huyendo sin dirección; otros, rendidos sobre el asfalto, forzaban dolorosas muecas.

Abriéndose paso por la calle divisaron el camión cisterna. Estaba con las llantas hacia arriba, como carroña al sol. Alejandro entornó los ojos buscando a sus compañeros, pero aquel paraje negaba la promesa: cientos de cuerpos desmembrados, calcinados, formaban un tapiz de polvo y coágulos.

Entre ambos acoplaron la manguera al tanque y echando gruesos chorros de agua avanzaron, cautelosamente, hacia al camión.

—¡Jano, no mames, aguanta! No sabemos si hay más pólvora o tanques de gas.

Pero Alejandro tenía suficiente fuerza para controlar la manguera solo y desoyó a Ezequiel, quien se plantó con obstinación. Pudo llegar hasta el vehículo y miró a su alrededor. Bajo la cisterna halló un torso enfundado en chaleco ignífugo y casco. De su vientre desgarrado aún brotaba sangre fétida. Cerró la manguera agachándose para remover el casco. Era Omar.

Una tercera explosión anegó el escenario. Alejandro se sintió atrapado dentro de una pesada escafandra, incapaz de moverse o sentir los escombros que lo aprisionaban. Le escocía la oscuridad en sus ojos. Y silencio. De pronto saltó una melodía:

A little bit of Sandra in the sun
A little bit of Mary all night long
A little bit of Jessica here I am

Omar, fastidiado, apagó la radio. No podía soportar otra vez la canción. Cocinaba huevos rancheros para dos. Claudia estaba de visita y pasarían juntos el fin de semana.

No podía creer su suerte con el Comandante, quien al enterarse de su invitada, le ofreció intercambiar guardias. Sacó del refrigerador una Coca Cola cuando un estallido empujó una potente bocanada de aire caliente por la ventana abierta. Luego la estructura del edificio se cimbró. Dejó caer la botella derramando el refresco; se asomó por la ventana y vio una estela de humo elevarse. De su radiotransmisor, encendido, escuchó:

Todos los elementos, en servicio o descanso, deben presentarse de inmediato en la base. Repito, …

Domingo Negro. Celaya. 1999

Domingo Negro en Celaya, Septiembre 1999 (fuente)