Los desposeídos de Le Guin

Como otras experiencias, este libro, The Dispossessed, llegó tarde a mi vida. Pero debía llegar.

Había abandonado la ciencia ficción desde hacía tiempo hasta que descubrí a Philip K. Dick y su profundidad metafísica. Este nuevo retorno ha sido de la mano de Ursula K. Le Guin, quien, de paso, abrió mis ojos a las escritoras del género.

Ursula K. Le Guin

Ursula K. Le Guin. Circa 1972 (fuente).


La premisa de la novela es simple: un científico viaja al planeta vecino para colaborar con sus colegas extra-planetarios.

Aparece uno de los mecanismos literarios usados por Le Guin: la mirada alienígena, extranjera, de una sociedad desconocida, pero familiar para el lector; de allí emanan extrañamiento y crítica social, que toda buena ciencia ficción hace.

Un sistema binario de planetas: Urras y Anarres. Urras, el más grande, similar al nuestro, con vastos mares, pletórico en recursos naturales, alberga varias naciones: un país hiper-capitalista, como EEUU, A-Io; otro, con un socialismo estatal parecido al de la URSS, llamado Thu; y una tercera nación, Benbili, con gobiernos inestables, en la mirilla colonizadora de las otras potencias, en conflicto entre sí. Por el otro lado, Urras, es un planeta pequeño, con limitados recursos acuíferos, extensos desiertos, escasamente habitable.

Shevek, originario de Anarres, es un prometedor físico teórico; propone una nueva comprensión del tiempo, sugiriendo la posibilidad de viajar a velocidades mayores a la de la luz. Es por ello reconocido e invitado a colaborar en la universidad de Ieu Eun, capital de A-Io.

La incógnita en la narración es la sociedad de Anarres, ya que desde su mirada, el protagonista, Shevek, escudriñará la estructura social de A-Io, es decir, al capitalismo.

En aquél remoto pasado, Anarres era una colonia minera de A-Io. Sin embargo, hasta hace poco más de doscientos años, hubo una gran insurrección que prácticamente derrocó al gobierno de A-Io. Los insurgentes, influenciados por los escritos de Laia Aseio Odo, deciden no tomar el poder, disponiéndose, en su lugar, habitar la inhóspita colonia minera, declarando su independencia y aislamiento. Le Guin dice sobre el odonianismo [1] (la traducción es mía):

El Odonianismo es anarquismo. No como los paquetes bomba, que es terrorismo, sea cual fuere el nombre con el que intenta dignificarse a sí mismo; ni es el 'libertarismo' económico con darwinismo social de la extrema derecha; sino como el prefigurado tempranamente por el pensamiento taoísta, y explicado meridianamente por Shelley y Kropotkin, Goldam y Goodman. El blanco principal del anarquismo es el estado autoritario (capitalista o socialista); su principal eje práctico y moral es la cooperación (solidaridad y ayuda mutua). Es la más idealista, y para mi la más interesante, de todas las teorías políticas.

Instalados en Anarres, los emigrados deciden construir una sociedad desde sus cimientos, siguiendo las ideas del odonianismo. Comenzaron con un nuevo idioma: el Pravic. Este hecho me recordó una frase atribuida a Confucio que ahora he podido localizar:

En una ocasión le preguntaron al sabio chino por dónde empezaría a gobernar un país, y él respondió: “Mejoraría el lenguaje”. Asombrados, sus discípulos le dijeron que esa respuesta nada tenía que ver con su pregunta: ¿qué significaba mejorar el lenguaje? Entonces, Confucio aclaró: “[…] Si se trata de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje”.

—José María Pérez Gay, El imperio perdido, México, Cal y Arena, 1991.

El Pravic carece de pronombres posesivos: no hay un mio, ni un tuyo. Para la gente de Anarres no existe la propiedad, sino el uso; se tienen derechos exclusivos sobre aquello que se usa; en cuanto deja de usarse, se pone a disposición de quien lo necesite. Acumulación y atesoramiento son aborrecibles vicios.

En la pragmática Anarres, los nombres de las personas son elegidos por los padres a partir de una lista proporcionada por un ordenador central, compuestos por combinaciones de 5 o 6 letras. Así se asegura que cada individuo vivo tiene un nombre único, sin requerir más para identificarse.

La sociedad de Anarres goza de libertad sexual. Cada individuo tiene control de su capacidad reproductiva. Desde niños pueden experimentar con sus cuerpos sin restricciones. Los menores se independizan de sus padres pronto, comparten dormitorios mixtos en las instalaciones donde estudian y desarrollan la vida en común. La orientación sexual tampoco supone tabú alguno. El protagonista mismo, durante un pasaje, se reencuentra con un amigo de la infancia y mantienen una relación durante un tiempo, aunque Shevek no se identifica como homosexual. Y es por esta relación que Shevek conocerá a su compañera de vida, Takver.

El matrimonio, como institución, no existe en Anarres. Las parejas pueden elegir formar una unión más o menos estable y mudarse a una habitación sólo para ambos. Las parejas deciden su exclusividad sexual, su deseo de procrear, o acuerdan el rompimiento sin mayor trámite.

El trabajo en Anarres es muy cercano al voluntario. El tren es un sistema de transporte global eficiente, por tanto, la movilidad es ágil. Un sistema informático centralizado mantiene las ofertas de trabajo y la gente, libremente, se anota a ellas, no a cambio de un salario, sino bajo una comprensión marxista del trabajo como realización humana. Los trabajos más ingratos, que nadie quiere hacer de manera voluntaria, son sorteados, y la población cede una semana al mes para realizarlas, a cambio de ciertas prebendas. El caso más extremo sería la minería, dada su peligrosidad. Finalmente, uno puede cambiar de empleo y de ciudad, cuantas veces quiera, sólo es cosa de anotarse en la oferta de empleo y buscar un espacio disponible para dormir.

La perezosos son visibles socialmente y en consecuencia, por ejemplo, es que quienes laboran en los comedores comunitarios no los atienden. Ellos tendrían que cocinarse con lo disponible.

La violencia se contiene localmente, entre los involucrados, y la justicia se procura de igual manera.

La organización social y de la producción es a través de sindicatos y asambleas federadas. Cualquier individuo puede participar en las que desee, o fundar nuevas, si fuese necesario. Me recuerda a las propuestas de Murray Bookchin, eco-anarquista que inspiró al gobierno de la Federación Democrática del Norte de Siria, y amigo personal de Le Guin.

En Anarres el individuo es el motor del grupo y el grupo es la protección material del individuo.

Pero la utopía está amurallada, como Shevek descubre. Los muros no protegen, aíslan.

El intercambio de ideas y mercancías con Urras es extremadamente limitado, controlado por la Asamblea de Defensa y la PDC (Production and Distribution Coordination), órgano central de la federación de asambleas y sindicatos. Para Shevek esto suponía un problema, ya que la física desarrollada en Anarres estaba constreñida y bajo el dominio, no declarado, de algunos popes, contrariando al espíritu del odonianismo. Shevek logra trapichear su trabajo con investigadores de A-Io, enfrentándose al poderoso PDC, creando su propia asamblea para la publicación de material científico y literario, desdeñado extrañamente por otras asambleas, como la obra misma de Shevek o la pieza de teatro de un amigo suyo, que critica el repudio dogmático a la propiedad o al beneficio privados.

Fue entonces cuando Shevek es invitado a A-Io, en Urras, donde la física está desarrollada al nivel de su obra y tendría, teóricamente, la posibilidad de continuarla hasta donde sus capacidades le permitan.

Una vez allí, Shevek es tratado con deferencia. La asignan un sirviente personal, habitaciones de lujo en la universidad, acceso a tecnología de punta. Sumando a lo anterior, atestigua la efervescente naturaleza en Urras: bosques, lagos, lluvia, animales, aves. Abundancia nunca vivida en Anarres.

Imagino así cuando alguien de pueblo va la capital, o un paisano cruza la frontera con EEUU, o tras la caída del Muro de Berlín, cuando los alemanes del este tienen acceso al modo de vida capitalista.

Shevek se doblega ante el poderoso hechizo, lo que Marx llamó el fetichismo de las mercancías.

La vida torna en constante esfuerzo por acceder a mercancías, objetos de deseo que prometen felicidad, saciar lo insaciable. El acceso implica su apropiación: sólo puede consumirse lo que se apropia y el consumo implica la destrucción del objeto.

Todo se convierte en mercancía: el amor, la salud, la belleza, la educación, hasta la mínima subsistencia.

Las relaciones sociales desaparecen mágicamente, se subsumen a esta técnica de mercado. Las relaciones humanas se convierten en relaciones entre mercancías. Las personas son desechables.

Shevek pone especial atención a la mujer de Urras: es una propiedad más, de naturaleza decorativa, de trabajo no asalariado, responsable forzada de la procuración de cuidados. Jamás una igual.

Shevek se percata que él también es una mercancía para el poder de A-Io. Él no es importante para ellos, ni la ciencia ni su trabajo teórico, sino la posibilidad de construir naves que viajen a velocidades superiores a de la luz, en aras de su industria bélica y de sus aspiraciones de dominación y colonización.

La única salvaguarda es la ayuda de las otras naciones y de los desposeídos de Urras, comenzando por su sirviente.

En una arenga a los marginados de Urras, inspirando a la Revolución, Shevek dice (de nuevo, la traducción es mía):

[…] si es el futuro lo que buscas, debes ir a él con las manos vacías; solo y desnudo, como recién nacido, entregado a tu futuro, sin pasado ni propiedad alguna, absolutamente dependiente de quienes te rodean. No puedes tomar lo que no te es dado, pero debes entregarte. No puedes comprar la Revolución. No puedes hacer la Revolución. Sólo puedes Ser la Revolución. Está en ti o no está en ningún lado.

—Ursula K. Le Guin. The Dispossessed.

Hay varios vídeos de Ursula K. Le Guin en YouTube. He visto algunos muy buenos. Sobre todo me gustó su discurso cuando le entregaron el National Book Award. No tiene desperdicio, pero si he de remarcar algo, sería esto:

Vivimos en capitalismo. Su poder parece ineludible. También lo era el poder divino de los reyes. Cualquier poder humano puede ser resistido por seres humanos. Resistencia y cambio con frecuencia comienzan en el arte, y seguido con nuestro arte, el arte de las palabras.

Como comentario final, he decir que el odonianismo, como la misma Le Guin afirma, es idealista. No se puede cambiar la realidad material cambiando el idioma; ni la democracia directa, asamblearia, crea mágicamente condiciones de igualdad material. Se deben propiciar las condiciones materiales. Por supuesto, no reniego, en lo absoluto, de reformar el idioma ni de la democracia asamblearia; las enarbolo, pero son insuficientes.

En el pasado, tras el descubrimiento del continente americano, hubo muchos intentos por construir utopías lejos de las corrupción mundana del momento, a partir de socialismo utópico y de religiones, pero todo acabó igual, la corrupción permeó.

Ya no hay más continentes por descubrir, ni tenemos otros planetas habitables a mano. El idealismo por sí mismo no es suficiente. Estamos aniquilando los sistemas ecológicos que dan sustento a nuestra propia existencia en el planeta. Es necesario cambiar la realidad material de manera inmediata y para ello hay que cambiar la forma de relacionarnos entre nosotros y la naturaleza. Y en este sentido pragmático y coyuntural, miro a Stalin, por la manera en como pueblo soviético, bajo su mando, salvó al mundo del nazismo.


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