La buena terrorista de Doris Lessing

Quedamos para comer. Sin habernos visto jamás cara a cara, acordamos encontrarnos en la editorial para ir luego a un restaurante cercano. Apersonado, se ofreció a darme un recorrido por las oficinas, pretexto para hacerme aguardar en su escritorio mientras concluía su faena. Junto a dicho mueble crecía una maciza estantería cargada de libros con encuadernación similar. Me acerqué para examinar los títulos. Ensimismado, recorriendo autores, su voz me asaltó:

—Trabajo en esa colección. ¿Te gusta?

—Hay títulos muy interesantes.

Sus ojos tornaron gatunos, aviesos; la blancura polaca de sus mejillas se inflamó.

—Escoge dos y mételos discretamente en mi mochila. Regreso y nos vamos a comer.

Quedé con el reparo anudado al ver su espalda alejarse. Di media vuelta y apuré mi recorrido, consciente de lo complejo que sería una determinación. Mas un título capturó pronto mi codicia: La buena terrorista. Había oído sobre Doris Lessing en debates de literatura feminista, pero sobre todo el título era un emotivo significante de ese pequeño crimen de lesa editorial.

—¿Listo?

Doris Lessing.

Doris Lessing (fuente)

Doris Lessing, al escribir La buena terrorista, sabía de lo que hablaba.

De padres británicos, emigrados finalizada la Gran Guerra, Doris May Tayler nació en Persia, hoy Irán, en 1919. Se mudaron a Rodesia del Sur, actual Zimbabue, cuando ella tenía seis años, bajo promesas de tierra y prebendas para colonos blancos, ya que ese protectorado británico era patria del apartheid.

Rebelde, Doris abandonó la frustrante escuela a los trece años y el estricto hogar paterno a los quince. Emancipada y autodidacta de manera precoz.

De día, enfermera, durante la noche, en grupos de formación y células comunistas, organizando la lucha contra el apartheid y su sostén: la burguesía blanca. Fue allí donde conoció a su segundo cónyuge, Gottfried Lessing, de quien mantuvo el apellido aún después de separados.

En 1949, con treinta años, Doris Lessing abandona su condición de madre, esposa, agitadora política y profesional de la salud, para emigrar a Londres y entregarse a su vocación literaria que la llevaría, tras sesenta y ocho arduos años, a recibir el Premio Nobel de literatura.

Las experiencias de vida son la materia prima de la ficción, al universalizarse. Este principio guió la pluma de Doris Lessing. De sus vivencias en aquellas caóticas células de agitadores en Rodesia, y posteriormente, de su militancia en el Partido Comunista de la Gran Bretaña, surgen los andamios de sus novelas, y de ésta en particular.

La buena terrorista cuenta una historia casi lineal, sin digresiones, con la ingenuidad de la protagonista, delegando al lector la carga interpretativa, de desgajar las capas y dimensiones que hacen de la novela un palimpsesto, aunque plana a simple vista.

La protagonista es Alice Mellings (nótese la semejanza en los apellidos). La novela, narrada desde su perspectiva, aunque en tercera persona, recorre los días desde que llegan a una casa ocupada hasta el trágico desenlace. Alice, treinta y seis años, estudios universitarios en economía y política, había decidido llevar una vida revolucionaria.

Para Alice la vida revolucionaria se limitaba a vivir en casas ocupadas, rechazando tajantemente el modo de vida de la clase media, representada alegóricamente por sus padres; a participar en manifestaciones y piquetes, e intentar fundar un nuevo partido entre colegas, el CCU, hueco de teoría y nulo empuje social.

En mi opinión, Alice, en su naturaleza íntima, sí era una revolucionaria, aunque incapaz de hallar las mediaciones necesarias para su desarrollo.

Es allí donde está una de las dimensiones interpretativas de la novela: el problema de la falta de mediación entre las distintas relaciones dialécticas a las que nos enfrentamos constantemente; por ejemplo, individuo-grupo, teoría-práctica, abstracto-concreto, capital-trabajo, reforma-revolución, etcétera.

Entiendo como revolución la mediación que permite un cambio de raíz de las relaciones de producción, basadas en explotación y sometimiento desde que la humanidad fundó Ciudades-Estado, a decir, desde el neolítico. Este vuelco es, en última instancia, un trastocamiento de las relaciones sociales que permiten la reproducción de la vida diaria: alimento, vestido, casa, salud, educación, etcétera. Y ésta reproducción de la vida es mediada, a final de cuentas, a través de nuestra relación material con la naturaleza.

Nuestra protagonista siempre asumía, individualmente, las tareas más necesarias para la reproducción de la vida: permisos de ocupación concertada, servicios de gas, agua, electricidad; la preparación de los alimentos, ahorrando costos de la comida preparada; la gestión de la basura, acumulada por años; las buenas relaciones con los vecinos; procurar cuidados a los habitantes que enfermaban, o a aquellos que el sistema socio-económico sencillamente había doblegado. Mientras tanto, los "fuertes" de la comuna tenían objetivos de tan altas miras que desdeñaban semejantes fruslerías. Ellos estaban preocupados por encender el lado violento de la revolución; ellos querían establecer contactos con el IRA y la KBG; ellos citaban de manera apócrifa a Lénin.

Es decir, Alice reconocía la importancia del trabajo necesario para la reproducción de la vida, al contrario de sus compañeros de ocupación. Los "fuertes" habían invertido el propósito de la organización revolucionaria, que no es la violencia por sí misma, sino el establecimiento de los medios que permitirían la reproducción de la vida de a quienes se les niega. Ellos habían convertido la revolución en un fetiche.

Los personajes "débiles", Philip, Jim, Roberta, con sus cuerpos rotos, sus fuerzas menguadas, hacen mucho más por el sostén de la célula, que los "fuertes" como Bert, Jasper o Jocelin. Sin embargo, desarrollan relaciones de dependencia tan inexplicables racionalmente como omnipresentes en la realidad.

Aquí es donde se ilumina la crítica que propone Doris Lessing en esta novela: la reproducción de la vida bien tendría que ser organizada de manera transversal por todos los miembros de la organización revolucionaria, evitando replicar las relaciones acostumbradas, basadas en esquemas patriarcales y en beneficio del más fuerte, sino al contrario, explorando nuevos caminos para establecimiento de la equidad en la reproducción de la vida.


  1. Capitalist realism. Is there no alternative? Mark Fisher (12/26/2018 - 01/06/2019)
  2. Poesía completa. Ingeborg Bachmann (01/13/2019 - 02/17/2019)
  3. Velocidad de los jardines. Eloy Tizón (02/10/2019 - 03/01/2019)
  4. Calibán y la bruja. Silvia Federici (11/17/2018 - 03/25/2019)
  5. Dialéctica de los abstracto y lo concreto en "El Capital" de Marx. Evald Iliénkov (03/01/2019 - 05/12/2019)
  6. Mademoiselle. Bruno Monsaingeon (04/18/2019 - 06/02/2019)
  7. Jodidos turistas. Varios autores (06/02/2019 - 06/12/2019)
  8. El hombre que amaba a los perros. Leonardo Padura (06/12/2019 - 07/13/2019)
  9. La buena terrorista. Doris Lessing (07/13/2019 - 07/28/2019)