Il Gattopardo

Desde que tengo conciencia para atender tertulias políticas, citar El Gatopardo de Lampedusa ha sido un lugar común meritorio: quien primero lo enuncia se ubica bajo el aura de vasta cultura; al resto de tertulianos sólo queda asentir, dando por zanjado el tema. Hasta se acuñó su sustantivo: gatopardismo. De tal circunspección atribuía la cita, que imaginaba la obra un profundo tratado político.

Ahora que he leído la novela, toda aquella pose de tertuliano se me ilumina bajo la gracia de la estupidez supina. Referir al gatopardismo es dar una opinión vacía y quedar bien. Es limitarse a decir lo que se dice, pensar lo que se piensa, asegurando público y aprobación. Es apostar a lo seguro, como tanto gusta a los arriesgados übermenschen capitalistas.

La repetida referencia viene al principio de la novela, en una conversación entre el príncipe Fabrizio y su sobrino Tancredi:

«… Se preparan grandes cosas, tiazo, y no quiero quedarme en casa, donde por lo demás, me cogerían enseguida, si me quedase.» El príncipe tuvo una de sus visiones repentinas: una sangrienta escena de guerrillas, escopetazos en los bosques, y su Trancredi en el suelo, con las tripas fuera como aquel pobre soldado. «¡Estás loco, hijo mío! ¡Ir a meterte con esta gente! Son todos mafiosos y estafadores. Un Falconeri tiene que estar con nosotros, por el rey.» El muchacho tuvo uno de esos accesos de seriedad que lo volvían más enigmático y a la vez entrañable. «Si nosotros no participamos también, esos tipos son capaces de encajarnos la república. Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. ¿Me explico?»

—El Gatopardo, página 57 (tercera edición de Anagrama, 2020)

La novela es más profunda, abarca más allá de esta cita, porque la obra misma evidencia las contradicciones intrínsecas de la cita. El Gatopardo es mayor que el gatopardismo.

La obra narra los últimos 40 años de Don Fabrizio Corbera (entre mayo de 1860 y julio de 1883), príncipe de la Salina, duque de Querceta y marqués de Donnafugata, quien se enfrenta, estoico e íntegro, a la marcha de la historia. El blasón familiar era la cabeza de un tigre o gatopardo. Inspirado en el bisabuelo del autor: Fabrizio Tomasi, príncipe de Lampedusa. (Tanto la Salina como Lampedusa son pequeñas islas cercanas a Sicilia).

Giuseppe Tomasi Di Lampedusa

Giuseppe Tomasi Di Lampedusa (fuente).

Hasta antes del siglo XIX, Italia estaba dividida en diferentes estados, prácticamente feudales. Durante ese siglo varios movimientos e insurrecciones coincidieron con la unificación de Italia. Entre aquellos estados, estaba el Reino de las Dos Sicilias, recién formado durante el Congreso de Viena, tras la derrota de Napoleón. Abarcaba a los reinos de Sicilia y Nápoles. Así, Don Fabrizio, era uno de los principales aristócratas del flamante Reino que se ve enfrentado al proceso de unificación, en particular al avance del barbón revolucionario, Giuseppe Maria Garibaldi, quien, con sus mil camisas rojas, invadió Sicilia en 1860, auspiciado por independentistas de la isla, y que posteriormente entregó al reino unificado de Italia, bajo la tutela del rey Víctor Manuel II.

Don Fabrizio lee claramente los hechos que atestigua y, sin embargo, reconoce que, tanto él como su clase social, no tienen ya cabida en la nueva Italia. No así su sobrino Tancredi, más acorde al espíritu oportunista del momento, y cuya familia, arruinada económicamente, sobrevivía a base de abolengo. Tancredi tomó primero partido por los camisas rojas, para luego jurar lealtad al ejército de Victor Manuel II. La dicha integridad de Don Fabrizio queda perfectamente retratada en el siguiente pasaje, cuando un burócrata del nuevo reino le ofrece una senaduría al príncipe:

… Un Salina no gasta su tiempo en bagatelas. Prefirió hablar claro: «Y bien, caballero, explíqueme un poco en qué consiste realmente el ser senador. La prensa de la monarquía anterior no dejaba pasar las noticias relacionadas con el sistema constitucional de los otros estados italianos, y una estancia de una semana en Turín hace dos años no bastó para ilustrarme al respecto. ¿De qué trata? ¿Es un mero título honorífico, una especie de condecoración? ¿O entraña funciones legislativas deliberativas?»

El piamontés, el representante del único estado liberal italiano, perdió los estribos: «¡Pero, príncipe, el Senado es la Cámara Alta del reino! En él la flor de los hombres políticos de nuestro país, escogidos por la sabiduría del soberano, examinan, debaten, aprueban o rechazan las leyes que el gobierno o ellos mismos proponen para el progreso del país; funciona al mismo tiempo como espolón y como brida, incita a actuar bien e impide que se cometan excesos. Cuando acepte formar parte de él, usted representará a Sicilia junto con los diputados electos, hará que se escuche la voz de esta bellísima tierra suya que ahora se asoma al horizonte del mundo moderno, y que tiene tantas heridas que curar, tantas aspiraciones justas que satisfacer.»

Chevalley habría seguido, quizá, hablando mucho tiempo aún en aquel tono, si al otro lado de la puerta Bendicò no hubiera suplicado a la «sabiduría del soberano» que admitiese su presencia; don Fabrizio hizo ademán de levantarse para abrir, pero con suficiente lentitud como para que alcanzase a hacerlo el piamontés; meticuloso, Bendicò husmeó largamente los pantalones de Chevalley; después, convencido de que se trataba de una buena persona, se acurrucó bajo la ventana y se durmió.

«Escuche, Chevalley: si se hubiera tratado de un nombramiento honorífico, un mero título para poner en la tarjeta de visita, lo habría aceptado con todo gusto; considero que en esta etapa decisiva para el futuro del estado italiano todos tenemos el deber de manifestar nuestra adhesión, para borrar cualquier imagen de discordia ante aquellos estados extranjeros que nos observan con un temor o una esperanza que a la postre resultaran injustificados pero de momentos muy reales.»

—El Gatopardo, página 195 (tercera edición de Anagrama, 2020)

Como se puede observar, la prosa de Lampedusa es filigrana: precisa y bella. Con especial reconocimiento al traductor, Ricardo Pochtar. El autor tiene un don para construir y comunicar atmósferas, desde el tórrido páramo siciliano, hasta los fastuosos bailes de la aristocracia; desde decadentes palacios, hasta vetustas casas rurales. Y estos entornos están íntimamente ligados con los personajes y a su estar frente a los acontecimientos. Las atmósferas son el peso material de los personajes.

Y tornando al tema político-filosófico. Para mi, El Gatopardo es un momento dentro de la dialéctica del Señor y el Siervo, de Hegel: El señor ha avasallado al siervo, ahora el primero se dedica a su espíritu olvidándose por completo de lo material, porque su siervo le provee de todo lo necesario para su subsistencia. Sin embargo, la cultura, la comprensión del estar en el mundo, surge del actuar sobre la materia; así, el siervo construye al mundo a espaldas de su señor, y cuando menos esperado, el siervo toma conciencia para sí y descubre que puede deshacerse de su señor.

«Los "señores" no son así, claro que no; viven de cosas ya manipuladas. Los sacerdotes les servimos para tranquilizarlos acerca de la vida eterna, así como ustedes, los herbolarios, les sirven para obtener emolientes o estimulantes. Con esto no quiero decir que sean malos: al contrario. Son distintos; quizá nos parezcan tan extraños porque han conquistado algo que todos buscan salvo los santos: poder despreciar los bienes terrenales a fuerza de poseerlos. Quizá por eso no les preocupan ciertas cosas que a nosotros, en cambio, nos importan mucho; …»

—El Gatopardo, página 214 (tercera edición de Anagrama, 2020)

No obstante, la modernidad ha echo a los Señores más cautelosos, y el capitalismo, más oportunistas. Don Fabrizio representa a la pasada generación, que al ver a la locomotora de la historia sabe que su tiempo ha terminado. Tancredi, su sobrino, en cambio hace lo que puede para treparse a ella con las mayores ventajas posibles; se pondrá del lado de los siervos mientras le convenga, para luego traicionar la causa, que nunca abrazó, y volverse a colocar en la parte más alta que pueda de la pirámide social. Cambiarlo todo para que nada cambie es máxima de la democracia burguesa electorera, pero hay más de fondo. La negación de esta máxima existe y ebulle. El liberalismo burgués electorero no es el fin de la historia.


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